Teoría de la relatividad de los Federicos

Queridos amigos,
perdonen el retraso, pero llevo un par de días de poco descanso y no he tenido mucho tiempo para nada.
Quería contarles hoy una teoría mía, que no tiene ninguna base (como todas mis teorías) ni fundamento ni una misérrima prueba empírica que demuestre su validez, pero como este es mi blog y es mi teoría, la expongo a su buen criterio y, por supuesto, a su crítica. Para que vean qué teoría tan chusca y tan poco consistente, la voy a enunciar comenzando con un "Me da la sensación".
Teoría de la relatividad de los Federicos
"Me da la sensación de que en el inconsciente colectivo se sostiene una opinión u otra sobre Federico que no responde a un impacto directo del mensaje lanzado por él, sino a la trinchera con que se desea ser identificado".
A esto lo he llamado "Teoría de la relatividad de los Federicos" o también "Teoría del blanco y negro".
En su desarrollo práctico, totalmente subjetivo, la "Teoría de la relatividad de los Federicos" reza que "el 95% de los que desprecian y llaman fascista a Federico Jiménez Losantos no lo han escuchado en su vida y el 95% de los que aseguran adorar a Federico García Lorca, no lo han leído, no saben de su vida más que la Parrala, y se basan sólo en su condición de homosexual víctima del horror fascista".
¿Que por qué el 95% y no el 90%? Pues porque es mi blog, es mi teoría y me sale así de los intestinos.
Pero... Objetivamente...
Jiménez Losantos se pasa mucho, es cierto, pero no mucho más (ni menos) que algunos de los colaboradores de Francino. Escuchen ambos programas con las orejas bien abiertas, como hace este bloguero, y sacarán la misma conclusión que yo. Para muestra, esta hermosa carta de Daniel Anido, director de la Cadena SER, que robo sin ninguna vergüenza, del blog de David Torres.
La baba en la pluma
Daniel Anido
"Cuando fluye la baba y el periodismo se acojona la tiniebla va cubriendo el espacio vacío; un territorio abandonado que ocupan pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, cobardes y acomplejados, con nombres y apellidos. Son de ilustres burgos, ansones, losantos, pejotas, usias y alguna que otra schlichting, pero segregan ese líquido viscoso y corrompido por la comisura de sus parpados, acentuando el asco que desprende su mirada. Tenemos que mirar sus caras, seguir con atención el recorrido; ver como avanza ese residuo pútrido que desciende por los pliegues hasta la boca, como carcome gota a gota su lengua relamida; como la inunda y luego la desborda, para proseguir su camino hasta la mano pegajosa que sostiene la pluma y derramar allí toda su miseria. Cuando fluye toda esta baba compartida y el periodismo se acojona, estos mirones clandestinos, estos fetichistas de la mugre, se proclaman profetas con derecho de pernada, levantan púlpitos con barrocos tornavoces, apoyan sus falanges en el antepecho, despliegan su abyección más tenebrosa y corrompen el espacio compartido. Cuando el periodismo se acojona delante de estos usurpadores del oficio, la cloaca extiende su dominio, se adueña de la plaza pública y construye allí su pasatiempo favorito: el juego delictivo del insulto, donde prevalece y se premia la discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, como pueden ser la orientación sexual, la fe o falta de ella, la ideología, la gestación, la edad, el nombre o el apellido. Cuando el periodismo se acojona delante de estos mediocres, que confunden la baba con el intelecto, nuestra profesión pierde el futuro; los ciudadanos, su libertad, y la democracia, el sentido. El periodismo tiene que hacer frente a la contaminación que desprenden estos exhibicionistas de la baba en la pluma, a la perversión que esconden bajo el necesario paraguas de la libertad de expresión. Son previsibles. Se plantan delante de sus víctimas y abren con rapidez sus gabardinas, dejando ver su desnudez intelectual. Pero, son cobardes. Si les plantamos cara, mirando fijamente sus despojos orgánicos, señalando con el dedo su minusvalía y mostrando nuestro desprecio con una sonora carcajada, que al tiempo alerte al resto de la ciudadanía, salen corriendo a esconder sus complejos y sus colgajos... en el fango. (A ellas, que sufren estos días el maltrato de quienes quieren robarnos el oficio: disculpas.)"
En fin. Juzguen. Será mala suerte, pero yo nunca he oído a Jiménez Losantos llamar putero ni pajillero a nadie. No le oigo todos los días, claro, que yo soy más de Carlos Herrera, pero insultos de este calibre y baba venenosa así, nunca.
Pasa lo contrario con Federico García Lorca. El poeta fue fusilado, pero no por su homosexualidad ni por ser de izquierdas (que no lo era), sino por otras razones que se barruntan, en las que anda mezclada su propia familia, y aún están por demostrar, aunque no cabe duda de la ideología de quién lo mandó matar, ni, mucho menos, el acto de fascismo cobarde que fue su asesinato.
Yo adoro a Federico. Y lo adoro por esto y sólo por esto. Disfruten:
"NIÑA AHOGADA EN EL POZO
(GRANADA Y NEWBURG)
Las estatuas sufren por los ojos con la oscuridad de los ataúdes,
pero sufren mucho más por el agua que no desemboca.
Que no desemboca.
El pueblo corría por las almenas rompiendo las cañas de los pescadores.
¡Pronto! ¡Los bordes! ¡Deprisa! Y croaban las estrellas tiernas....
que no desemboca.
Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta,
lloras por las orillas de un ojo de caballo....
que no desemboca.
Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancias,
sin afilado límite, porvenir de diamante,...
que no desemboca.
Mientras la gente busca silencios de almohada
tú lates para siempre definida en tu anillo,...
que no desemboca.
Eterna en los finales de unas ondas que aceptan
combate de raíces y soledad prevista,...
que no desemboca.
¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua!
¡Cada punto de luz te dará una cadena!...
que no desemboca.
Pero el pozo te alarga manecitas de musgo
insospechada ondina de su casta ignorancia,...
que no desemboca.
No, que no desemboca. Agua fija en un punto,
respirando con todos sus violines sin cuerdas
en la escala de las heridas y los edificios deshabitados.
¡Agua que no desemboca!".
perdonen el retraso, pero llevo un par de días de poco descanso y no he tenido mucho tiempo para nada.
Quería contarles hoy una teoría mía, que no tiene ninguna base (como todas mis teorías) ni fundamento ni una misérrima prueba empírica que demuestre su validez, pero como este es mi blog y es mi teoría, la expongo a su buen criterio y, por supuesto, a su crítica. Para que vean qué teoría tan chusca y tan poco consistente, la voy a enunciar comenzando con un "Me da la sensación".
Teoría de la relatividad de los Federicos
"Me da la sensación de que en el inconsciente colectivo se sostiene una opinión u otra sobre Federico que no responde a un impacto directo del mensaje lanzado por él, sino a la trinchera con que se desea ser identificado".
A esto lo he llamado "Teoría de la relatividad de los Federicos" o también "Teoría del blanco y negro".
En su desarrollo práctico, totalmente subjetivo, la "Teoría de la relatividad de los Federicos" reza que "el 95% de los que desprecian y llaman fascista a Federico Jiménez Losantos no lo han escuchado en su vida y el 95% de los que aseguran adorar a Federico García Lorca, no lo han leído, no saben de su vida más que la Parrala, y se basan sólo en su condición de homosexual víctima del horror fascista".
¿Que por qué el 95% y no el 90%? Pues porque es mi blog, es mi teoría y me sale así de los intestinos.
Pero... Objetivamente...
Jiménez Losantos se pasa mucho, es cierto, pero no mucho más (ni menos) que algunos de los colaboradores de Francino. Escuchen ambos programas con las orejas bien abiertas, como hace este bloguero, y sacarán la misma conclusión que yo. Para muestra, esta hermosa carta de Daniel Anido, director de la Cadena SER, que robo sin ninguna vergüenza, del blog de David Torres.
La baba en la pluma
Daniel Anido
"Cuando fluye la baba y el periodismo se acojona la tiniebla va cubriendo el espacio vacío; un territorio abandonado que ocupan pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, cobardes y acomplejados, con nombres y apellidos. Son de ilustres burgos, ansones, losantos, pejotas, usias y alguna que otra schlichting, pero segregan ese líquido viscoso y corrompido por la comisura de sus parpados, acentuando el asco que desprende su mirada. Tenemos que mirar sus caras, seguir con atención el recorrido; ver como avanza ese residuo pútrido que desciende por los pliegues hasta la boca, como carcome gota a gota su lengua relamida; como la inunda y luego la desborda, para proseguir su camino hasta la mano pegajosa que sostiene la pluma y derramar allí toda su miseria. Cuando fluye toda esta baba compartida y el periodismo se acojona, estos mirones clandestinos, estos fetichistas de la mugre, se proclaman profetas con derecho de pernada, levantan púlpitos con barrocos tornavoces, apoyan sus falanges en el antepecho, despliegan su abyección más tenebrosa y corrompen el espacio compartido. Cuando el periodismo se acojona delante de estos usurpadores del oficio, la cloaca extiende su dominio, se adueña de la plaza pública y construye allí su pasatiempo favorito: el juego delictivo del insulto, donde prevalece y se premia la discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, como pueden ser la orientación sexual, la fe o falta de ella, la ideología, la gestación, la edad, el nombre o el apellido. Cuando el periodismo se acojona delante de estos mediocres, que confunden la baba con el intelecto, nuestra profesión pierde el futuro; los ciudadanos, su libertad, y la democracia, el sentido. El periodismo tiene que hacer frente a la contaminación que desprenden estos exhibicionistas de la baba en la pluma, a la perversión que esconden bajo el necesario paraguas de la libertad de expresión. Son previsibles. Se plantan delante de sus víctimas y abren con rapidez sus gabardinas, dejando ver su desnudez intelectual. Pero, son cobardes. Si les plantamos cara, mirando fijamente sus despojos orgánicos, señalando con el dedo su minusvalía y mostrando nuestro desprecio con una sonora carcajada, que al tiempo alerte al resto de la ciudadanía, salen corriendo a esconder sus complejos y sus colgajos... en el fango. (A ellas, que sufren estos días el maltrato de quienes quieren robarnos el oficio: disculpas.)"
En fin. Juzguen. Será mala suerte, pero yo nunca he oído a Jiménez Losantos llamar putero ni pajillero a nadie. No le oigo todos los días, claro, que yo soy más de Carlos Herrera, pero insultos de este calibre y baba venenosa así, nunca.
Pasa lo contrario con Federico García Lorca. El poeta fue fusilado, pero no por su homosexualidad ni por ser de izquierdas (que no lo era), sino por otras razones que se barruntan, en las que anda mezclada su propia familia, y aún están por demostrar, aunque no cabe duda de la ideología de quién lo mandó matar, ni, mucho menos, el acto de fascismo cobarde que fue su asesinato.
Yo adoro a Federico. Y lo adoro por esto y sólo por esto. Disfruten:
"NIÑA AHOGADA EN EL POZO
(GRANADA Y NEWBURG)
Las estatuas sufren por los ojos con la oscuridad de los ataúdes,
pero sufren mucho más por el agua que no desemboca.
Que no desemboca.
El pueblo corría por las almenas rompiendo las cañas de los pescadores.
¡Pronto! ¡Los bordes! ¡Deprisa! Y croaban las estrellas tiernas....
que no desemboca.
Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta,
lloras por las orillas de un ojo de caballo....
que no desemboca.
Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancias,
sin afilado límite, porvenir de diamante,...
que no desemboca.
Mientras la gente busca silencios de almohada
tú lates para siempre definida en tu anillo,...
que no desemboca.
Eterna en los finales de unas ondas que aceptan
combate de raíces y soledad prevista,...
que no desemboca.
¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua!
¡Cada punto de luz te dará una cadena!...
que no desemboca.
Pero el pozo te alarga manecitas de musgo
insospechada ondina de su casta ignorancia,...
que no desemboca.
No, que no desemboca. Agua fija en un punto,
respirando con todos sus violines sin cuerdas
en la escala de las heridas y los edificios deshabitados.
¡Agua que no desemboca!".
Todo lo demás, me da igual, pero cuando dice "Tú lates para siempre definida en tu anillo" se me ponen los pelos de punta.
X. Bea-Murguía (y otra idiotez más)
Etiquetas: Daniel Anido, David Torres, Federico García Lorca, Federico Jiménez Losantos, Literatura, periodismo
