martes, febrero 05, 2008

Galería y desfile de tal y cual (...recordar por qué) (II)

"La bella y graciosa moza... Este, bueno... lalalá lalalá... la colgó de un abedul".
Les Luthiers.

Pues lo mismo.

Queridos amigos,

esta botella, whisky Talisker (18 años), se compró el 7 de marzo de 2007, cumpleaños de Jaime Briones, en la propia destilería situada al sur de la isla de Skye (en gaélico An t-Eilean Sgitheanach, que significa "Plasticuero que se pega en las pantorrillas"), prácticamente al pie de los Cuillin, un lugar de película. Podría parecer que esa botella es fruto del ingenio humano, pero, en verdad, el hombre por sí es incapaz de producir algo tan majestuoso, por lo que podemos menospreciar su influencia en el resultado final. El ingrediente básico de Talisker es la propia isla donde nació. En Skye el mar es gris y violento y el aire sopla como una mano que acariciara sin cesar los cabellos de los Cuillin, donde espera la turba que ha de proporcionar al whisky ese sabor especial a Escocia, a yodo marino, a monstruos ahumados de leyenda, al sonido de la cornamusa en la niebla, a soplagaitas con faldas y bolsito de cuadros que lleva las bolas libres y a la buena de Dios (con claro riesgo de resfriado genital).

Acabo de descubrir que soy capaz de decir un montón de gilipolleces sobre el whisky cuando lo que quiero expresar es que el líquido ambarino que, en su día, contuvo esa botella era digno de la etimología de su nombre: usquebaugh, el agua de la vida. Y es verdad que ahora parece vacía y puede que quien no ha participado en el proceso de su sacrificio piense que no es más que un vidrio reciclable, pero lo único que ha salido por su cuello es el agua: la vida sigue dentro.

Después de hacer de Gracita Morales por tierras de Escocia, de traductor, guía y fiel criado, ya en Madrid, Rodrigo y Cristóbal me sorprendieron agradeciendo mis servicios (que siempre fueron gratis et amore) con esa botella. Por eso, su caja azul resume un viaje inolvidable con dos buenos amigos. Yo, que no me lo esperaba, la recibí emocionado y, en los abrazos y besos, juré que la pondría encima de la mesa la próxima vez que nos juntáramos. Así que, esa botella es, además, una promesa de amistad inquebrantable.



Lo que pasa es que, como yo soy así, que pienso que la felicidad que no se puede compartir se convierte en amargura, un día que vinieron Vernia, el Frutero y Pablo a jugar al mus a casa, no me pude resistir y dije:

-- Tengo un whisky cojonudo.

Por lo que esa botella de Talisker es un icono de la generosidad y el sacrificio, del afán por compartir la vida espléndidamente, más allá de la palabra dada. A lo mejor ustedes lo ven como una traición, pero, en todo caso, lo sería por una causa justa.

También un poco de inocencia, porque, al ponerla sobre la mesa, pensé que probaríamos un poco, pero nos la bebimos entera. Salud y felicidad en un rito que, aderezado con el humo de los puros, hizo partícipes a tres amigos más de la dicha del viaje a Escocia con Cristóbal y Rodrigo: ya éramos seis los que habíamos ido a saborear Skye.

Ahora se lo dejo a su arbitrio: tiro la botella a la fosa común del depósito de vidrio o guardo sus cenizas en la estantería, como recuerdo de vida, generosidad, agradecimiento, besos, abrazos, mus, puros... Amistad... Felicidad compartida.

Ya saben que yo soy partidario de dar un entierro digno a mis muertos.

X. McBea-Murguía (haré lo que me digan: amnistía o muerte).

Y no todo lo que aquí se dice es verdad. Ahora, voten.

Etiquetas: , , ,