miércoles, enero 16, 2008

Ihr habt nun Traurigkeit

ENCIENDE EL SONIDO DEL ORDENADOR
Y PON EN MARCHA EL VÍDEO



"Ahora estáis afligidos, pero yo os volveré a ver, vuestro corazón se regocijará y nada podrá privaros de vuestro gozo". (San Juan 16, 22-23)

Queridos amigos,

a la mayoría de las personas les gusta predecir el mal. Es como si, de alguna manera, te lo desearán. Entiendo que no es así, pero es que nadie te dice un "¡Qué bien! Una muñeca para el hermano mayor". Al contrario, todos te advierten de lo malo que será lo que suceda cuando los niños se encuentren, te ponen sobre aviso de los celos. Incluso aquellos que no tienen hijos, ni piensan tenerlos, te hablan de sus sobrinos, de los niños de otros... Es como si supieran que el que acaba de ser padre se enfrenta a una situación nueva y vertiginosa sin otra arma que el instinto, que se siente uno vulnerable, perdido y desconcertado, como si quisieran aprovechar toda esa incertidumbre para librarse de una parte de su carga de negatividad.

-- Ya verás -te dicen cuando yo les digo que Rodrigo babea con su hermana-. Eso es sólo al principio, después... Ya verás, ya...

Yo creo que se equivocan, pero no discuto. Se equivocan todos. Mi madre tuvo cinco hijos en nueve años (1969, 1971, 1972, 1975 y 1977) y nunca, nunca, nunca jamás se ha comentado en mi casa que el inmediato mayor curtiera al recién llegado por celos.

Y puede pasar (¡por supuesto!) porque, sin duda alguna, Rodrigo puede llegar a sentirse desplazado, pero yo creo que mi hijo es lo suficientemente mayor (casi siete años) como para comprender que él juega en otra división de mi cariño. Otra primera división.

Cuando Ana no puede dormirse, su padre se apresura a cogerla en brazos para mecerla. Me la llevo al despacho y pongo música de fondo. No sé qué dirán los tratados de puericultura, pero a mí me encanta hacerlo porque es un momento especial, ella y yo, de enorme recogimiento. Ana me clava su mirada de almendra y yo bajo la cabeza hasta que me crujen las cervicales para rozarle los dedos con los labios y la carita con la nariz. Creo, imagino, que me devuelve las caricias, rozándome con el aire de sus yemas, huellas de hormiga por mi rostro, con delicada torpeza; me gusta pensar que ella también siente que sumidos en la penumbra que se crea a dos palmos de la pantalla del ordenador, tenemos nuestro vacío, nuestra atmósfera aparte.

El otro día, "La gran pascua rusa" de Rimsky-Korsakov dio con su cuerpecito en tan profundo sueño, tan entregado a los brazos de su padre, que el calor de su peso me estremeció. No sé si yo, en alguna ocasión en mi vida, me he entregado tan confiadamente al abrazo de alguien. Es un momentazo.

Anoche, "Ihr habt nun Traurigkeit" del requiem alemán, de Brahms (eso que estará oyendo ahora mismo si ha puesto en marcha el "video"), durmió a Ana y despertó a Rodrigo, que vino al despacho, descalzo y despeinado:

-- No puedo dormir- me dijo.
-- ¿Quieres que papá te coja en brazos y te duerma como a Ana?- le pregunté con tono de burla cariñosa.
-- Sí, sí- me contestó fingidamente mimoso.

Le hice un hueco de pie entre mis piernas. Sujeté a Ana sobre mi brazo izquierdo. El codo me dolía pero ya no me dolía. Empujé a Rodrigo dentro de nuestro agujero, pasándole el brazo derecho por la espalda y, así, abrazados los tres, llenamos el vacío.

X. Bea-Murguía (y no son celos)

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