viernes, diciembre 12, 2008

Donde otros se divierten



Queridos amigos,

mi amigo José Manuel, el rey del Cristasol de la avenida de San Luis, me dice a menudo que envidia mi trabajo, pero, claro, él conoce la parte llamativa, la que cuento cuando estamos entre amigos, porque de la oscura labor diaria, del menudeo de marrones, de los cierres desesperados, de las comidas con sapos que nunca se convierten en princesas... De esto, no sabe nada. De lo desagradable que es comer en el mejor restaurante del mundo cuando la compañía es mala no se habla.

Y es verdad que tengo un buen curro lleno de inconvenientes y que estoy contento y satisfecho, y a veces cansando, que me gusta mucho el mundo del tabaco... Del cigarro... El del cigarrillo, no tanto. Y que está muy bien esto de organizar catas de puros, ir a comidas, cenas, actos varios, tomarme un whisky con alguien por trabajo. Es divertido, por supuesto, aunque hay veces que no tiene ninguna gracia.

Soy consciente de que soy un privilegiado en muchos aspectos, que hay zanjas mucho más ingratas, tajos duros donde no se da cabida a una alegría, obras al aire libre con un frío helador y jefes gilipollas que no conceden un respiro (los míos no lo son), pero, como digo, mi trabajo también tiene sus peros. Al fin y al cabo, es un trabajo, algo a lo que me dedico porque tengo que hacerlo.

A Jose, cuando alucina con el compendio de restaurantes donde como y ceno o con los viajes que hago (que es la parte que más me gusta), siempre le digo lo mismo:

-- La de mariscadas que me tengo que comer para llevar unas lentejas a casa.
-- Joder, macho.

Él se descojona, pero es cierto, es amargamente cierto que, como el chiste del ginecólogo, yo trabajo donde muchos se divierten. Tal vez por eso les resulte a los demás tan atractivo, tal vez por eso levante envidias. No han sido pocas las veces que yo mismo he pensado que el trabajo de otros es divertido, sobre todo, cuando es alguien que curra en algo a lo que yo soy aficionado: el culmen de todo currante, lo ideal, sería poder ganarte la vida haciendo aquello que más te gusta, ¿no? Por ejemplo, el buceo. Pienso en mi amiga Isabel López Insausti, que es bióloga (como Ana Obregón ¡Jojojojoojojo! Acabo de perder a una amiga), pero que se dedica profesionalmente al buceo...

Qué guay, ¿verdad? Todo el día dedicada a algo que es tan divertido. Pero...

Cuando haya pasado una noche de perros, cuando se encuentra mal por la razón que sea, cuando los alumnos son una panda de gilipollas... Ese día frío y lluvioso en que le apetezca meterse en el agua lo mismo que olerle el culo a un luchador de sumo sudoroso, Isabel se calza el neopreno y para abajo. Al gorgo. Es una profesional (y muy buena, por cierto).

Eso ya no da tanta envidia. ¿Y el tío del centro de buceo que, por narices, tiene que hacerse todos los días cuatro inmersiones? Estará deseando llegar a su casa y que le hablen de cualquier otra cosa.

Ayer mismo, en el restaurante Alboran de Madrid y en compañía de unos amigos (fallaron dos personas a última hora que es una de las partes más desagradables de organizar un acto), catamos nada menos que un Montecristo Sublime Edición Limitada 2008. No les voy a aburrir con el puro, pero ha levantado muchas expectativas su próximo lanzamiento y no va a defraudar a nadie. Es un cigarro con una capa carmelita, colorada, espectacular que parece la de Superman y con una potencia fuera de serie, no recomendado para no iniciados pero que va a hacer las delicias del buen aficionado. Eso, seguro. Lo mejor que ha venido de Cuba desde el Magnum 50 de H.Upmann.

Ayer mismo, decía, ante un Montecristo Sublime Edición Limitada 2008, esa joya cubana, ese regalo de los dioses de las Vegas de San Luis, Vuelta Abajo, con su aspecto sedoso y rojo como una condena y yo...

Yo con un resfriado de cojones.

Y fúmatelo, majo.

Menos mal que la compañía era buena. El rodaballo, no, pero la compañía era superior.



X.Bea-Murguía (toses pa'tos)

Voy a echarme un cigarrito a ver si consigo sacar el hígado por la boca.

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martes, abril 15, 2008

Operación Cachete II (La puerta de aluminio)

Queridos amigos,

el DAFO (este acrónimo que ha entrado hace poco en mi vida que, para quien no lo sepa, como yo hace un mes, son la siglas de Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades) de la Operación Cachete ha mostrado un escenario de actuación que se parece bastante a Dresde después de la guerra.

Así que creo que ha llegado el momento de salir del armario, más que nada porque el Tom Cruise este de las pelotas me está metiendo una brasa con la cienciología que ya no lo aguanto más. Que se quede él dentro, si quiere. Yo me salgo. Además, está muy oscuro dentro y no es la primera vez que me pongo unos calcetines desparejados. ¿Usted no lo ha hecho nunca? Pues a mí me pasa cada dos por tres: cuando me quiero dar cuenta, los calcetines que llevo se parecen, pero no son pareja.

Venga, sin más rodeos, que me veo hablando de calcetines por no soltarlo, sin gilipolleces, que estas cosas hay que hacerlas de sopetón, así, sin pensarlo, a la buena de Dios, sin encomendarse ni a este ni al otro, pum, a la primera, vamos chaval, dilo de una puta vez, no te lo pienses más, que tampoco es nada malo, si te van a querer igual tonto, salta a la piscina, suéltalo, dilo, a tomar por culo del armario: me he apuntado a un gimnasio (pásame la mantequilla).

Ya. Buff. Me he reído tanto y tan a gusto de los que van al gimnasio a machacarse, que ahora me da vergüenza, pero es que el DAFO me ha señalado al gimnasio como la primera opción de la Operación Cachete. Y no es otra mi pretensión que ponerme un poco a tono: no bufar cuando me ato los zapatos, subir y bajar a casa de Bárbara y Javier sin botella de oxígeno (es un cuarto sin ascensor), en fin, batir el récord mundial de los 100 metros lisos. Cosas fáciles, que estén a mi alcance.

Así que al gimnasio que voy. Ya lo he pagado, y por tres meses, lo que creo que me obligará de alguna manera a someterme a esta disciplina, del mismo modo que hacerlo público también obliga un poco. Esto es como dejar de fumar: si usted no se lo dice a nadie es porque sabe que va a fracasar y no quiere dar después explicaciones. Si de verdad quiere dejar de fumar, dígaselo a todo el mundo.

El gimnasio al que voy no es nada del otro jueves. Hay pocas chicas y las que hay no me distraen... Bueno... El otro día, una octogenaria contorsionista, remaquillada como una borracha del este, me clavaba la mirada mientras se colocaba una pierna a la altura de la nariz como si fuera un fenómeno circense, tanto por la postura como por la melancolía de sus ojos, y eso sí que me despistó un poco... Salvo esto, mucho "posturista" haciendo pesas y admirándose en el espejo y cuatro o cinco gorditos, como yo, que preferiríamos que no hubiera espejos (ni "posturistas") y sí alguna que otra chica (vestida, por supuesto).

Hablaré con el encargado.

Es curioso lo ajeno que soy a este mundo. Me siento desubicado, extraterrestre, despistado y fuera de lugar. En los vestuarios, por ejemplo, yo soy de natural recatado. No me gusta pasearme en pelotas delante de desconocidos, pero hay peña, y en esto el tamaño no importa, que parece que en lugar de ir allí a ducharse y vestirse van darse un garbeo para airear el pene. El primer día, estaba yo con mi toalla a punto de meterme en la ducha cuando salió, de una puerta de aluminio que hay al fondo del vestuario un pene enorme. Primero se asomó el pene y, no es por exagerar, a los cinco minutos llegó el dueño. Nunca en mi vida había visto nada igual y ¿qué pasa cuando uno nunca en su vida ha visto nada igual? Pues que me quedé pasmado.

Ojoplático.

Leto.

El tío me miró y como no supe qué decir, le pregunté qué había detrás de la puerta de aluminio.

-- Un baño turco -me dijo y añadió un breve resumen de la historia de Turquía desde la caída de Constantinopla hasta el conflicto del Jurdistán, recreándose por los detalles de la vida de Atatürk, mientras su tercera pierna campaneaba como el rabo de una vaca. Como yo lo que quería era huir de su monólogo, me metí en cuanto pude en el baño turco e intenté bloquear la puerta, porque las anacondas me dan mucho miedo.

Cuando salí, que no fueron más de cinco minutos, porque hay que ver cómo pega el bochorno en Turquía, el hombre llamado caballo todavía hacía el Tarzán, con liana incorporada, por el vestuario, pero no le di opción a que me contara la leyenda de Greystock: me metí directo en la ducha y allí me quedé un rato. El suficiente.

Me sequé bien, fui a la banqueta donde había dejado mi ropa, me puse la camisa, cogí un calcetín y, al principio, me extrañó. Reconocía la prenda sin duda, pero recordaba haberme puesto otros calcetines más finos. Como es habitual en mí, me dije: "Si seré imbécil. Ya me he vuelto a poner dos calcetines diferentes".

Metí el pie en mi calcetín e, inmediatamente, como si me hubiera encontrado una anaconda dentro, tuve una sensación exturbadora y la certeza de que no es que me hubiera puesto dos calcetines distintos, sino que había cogido ese calcetín negro de dentro de unos zapatos que estaban, bajo la banqueta, justo al lado de mis zapatos, pero que no eran exactamente los míos.

Me sentí como si me hubiera puesto la piel de otro.

X. Bea-Murguía (por supuesto, me volví a duchar).

Hoy, 15 de abril, dos cumpleaños importantes: Jesús Llano Muriel de todos los Santos, con quien procuro comer todas las veces que puedo porque me lo ha recetado el médico, e Isabel López Insausti de los Casenave de Olavarría de Toda la Vida, instructora de buceo y ya amiga imprescindible. Ambos, con sus cositas, son constante inspiración para este blog. Muchas felicidades amigos. Cualquier día de estos os reúno y, después, me tienen que ingresar por un ataque de risa.

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jueves, diciembre 27, 2007

La carretera del trueno

Queridos amigos,

no, no... Fíjense bien. El de la foto, aunque lo pudiera parecer (y que me perdonen las fans), no es Bruce Springsteen. Es Víctor Muñoz, campeón del mundo de prognatismo neardental, seguido de cerca por Arnold Sorsenaguer (o como cojones se escriba, que no pienso perder el tiempo buscándolo en San Google), Mr. Governor Nutcracker.

Bruce, en 1985, tenía este mismo aspecto, sólo que iba ataviado como un camionero de Wisconsin que hace guarradas con la lengua a las chatis que le adelantan en Cadillacs descapotables por la Rute 66. Ahora, con los años, el hombre se ha refinado mucho: ha leído a Steinbeck, ha podido aparcar en lo más profundo del cajón los calzoncillos de barras y estrella, ha logrado desterrar el mítico himno étnico "Born in the USA" para hacer la música comprometida, estilo Dylan, que siempre quiso hacer.

A mí me gusta, me gusta mucho, pero eso no quita para destacar que Bruce anda bastante bien provisto de mandíbula cascanueces y que, por eso, me recuerda a Víctor Muñoz. Lo que pasa es que Muñoz la usa para cagarse en la puta madre del árbitro y, sin embargo, en el Boss se me antoja imprescindible ese desencaje de piñata bajera para ejecutar "Cover me" como si de verdad se tratara de la última gran joya del rock urbano. ¿Qué puedo decir?

Dios bendiga América.



Me gustaba mucho más ese Bruce sin pulir, el que se desgañitaba con "Born to run", que el de ahora. Me encantaba lo de "huyamos de este pueblo del Ohio rural y profundo, donde el futuro que nos espera se puede leer en Faulkner" de "Thunder Road" o "la dejé preñada y tuve que currar en la construcción", porque me parece mucho más puro que el Bruce que denuncia la discriminación a enfermos de sida por la calles de Filadelfia que, además, es un queso deplorable. Lo siento, pero es que como tema de inspiración artística me parece facilón, algo digno de grandes cineastas españoles. El reto, lo chungo, es presentar al discrimador (que ya sabemos todos que es abogado y que es maaaloooo), como una buena persona empujada sin poder evitarlo, como todo el mundo, por sus prejuicios y al enfermo, como un cabrón resentido. Esto es lo difícil.

Sin embargo, me admira que haya gente que aún es capaz de pegarse el madrugón, de tragarse una cola de espanto con más frío que en la Antártida y más lluvia que en Bristol para sacarse unas entradas para un concierto (el que sea). El caso de mi hermana Uxía está completamente perdido: siempre ha sido muy sacrificada y generosa y quería darle la sorpresa a mi cuñado Miguel (por favor, no le digáis nada a Miguel. Guardadme el secreto). Entiendo, que el caso de mi amiga Isabel López Insausti es, sin embargo, una razón de endurance: no en vano se crió en un campamento hitleriano en Peguerinos, Ávila, donde se duchaban con una manguera de agua álgida a las seis de la mañana, al ritmo que marcaba un coro de voces en la megafonía militar, para hacer marchas de treinta kilómetos con mochilas llenas de piedras a la chepa.

Dos valientes, amigos y amigas. Dos chicas sacrificadas. Dos mujeres bravas que no se dieron cuenta de que por internet, ésta vez sí, no costaba sacar las entradas ni cinco minutos.

X. Bea-Murguía (no se lo digáis a Miguel, por favor).

Para Uxi e Isa, esta canción de Bruce Dylan...

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