jueves, febrero 28, 2008

Niños sin calendario (laboral)

Queridos amigos,

contra mi costumbre, voy a hablarles por tercer día consecutivo de mi viaje por Nicaragua y Honduras. Siento aburrirles de esta manera pero, como ya he dicho, el viaje pasa por uno como ese vecino cotilla que se cuela en su hogar, lo mira todo, lo toca todo y cambia las cosas de sitio. Ya retomaré mañana mis chorradas habituales.

A veces piensa uno que alejándose verá los problemas empequeñecerse por la perspectiva, que lo que en casa nos parece un león en la distancia no pasará de mosca, pero una vez más allá del horizonte, será porque la separación es cóncava como una lupa, el león no deja de ser león y los problemas no dejan de ser problemas, aunque vistos con catalejos. A todo esto hay que sumar la añoranza, ese sentimiento que incomprensiblemente se apodera de uno cuando lo que más quiere está lejos, aunque sea por unos días. Yo lo he sentido, fíjense qué tontería: he echado mucho, mucho de menos a mi mujer y a mis hijos.

El sábado, más relajados, comimos en un restaurante muy bonito en la montaña, cerca de Valle de Ángeles, a unos treinta kilómetros de Tegucigalpa. Acababa de hablar por teléfono con Beatriz y Maya Selva, fundadora y alma de los cigarros "Flor de selva", tal vez porque vio que mi gesto mudaba y ya no era el mismo que, con vehemencia, quince minutos antes había discutido con sus padres sobre el problema judío-palestino, me preguntó si todo iba bien.

-- -contesté-. Fenomenal, pero me pasa que llega un momento en que estoy ya deseando irme a mi casa.

No recuerdo cómo me lo preguntó, pero se mostró extrañada: ¿no lo has pasado bien? ¿No te gusta esto?

-- Me encanta. Lo he pasado muy bien, pero echo de menos a mi mujer.

No es raro esto, ¿no? Le pasa a todo el mundo cuando está lejos de la gente que quiere.

Además de para ver tabaco y más tabaco, que es lo que he hecho porque, piensen lo que piensen, hemos currado muuucho pateando tabacales y fábricas, uno de los objetivos del viaje, para mí, era hacerme una cura de sueño y olvidarme del ajetreo de los niños, los baños, las cenas, las prisas... No es que me dijera "voy para olvidarme y descansar", sino al revés, que yo no soy de los que huyen: "ya que voy, aprovecho para descansar".

Pero ni por esas, amigos. Ni por esas. Todo suma para la añoranza: me he perdido ocho, casi nueve, días de mi hija Ana que, de pronto, en ausencia de su padre, ha dejado atrás las engordaderas y ha descubierto la sonrisa. Mientras tanto yo, como Odiseo en la isla de los lotófagos (sin comer la flor de loto que hace olvidar el deseo de volver a casa) o como Leopold Bloom en los baños, naufragaba en un mar de niños con calendario laboral.



He estado en otro países donde la pobreza no era un misterio, donde uno ha llegado a pensar, triste consuelo, que no es lo que no tienen sino lo que parece que desean tener y no pueden. Pero no iba preparado para ver tanta infancia partida a la altura del espinazo. Supongo que tengo que quitarme el filtro de la mentalidad occidental y pequeño-burguesa, pensar que no hace ni cuarenta años que en España cundía el mismo espectáculo por doquier, pero comprendan que, mi condición de recién padre me lleva a un estado de ánimo superferolítico en todo lo que se refiere a la infancia. No he podido evitar acordarme de mis pequeños, de mi misión de proporcionarles una entera y feliz infancia sin calendario de ningún tipo.




En Estelí, Nicaragua, una pequeña ciudad de casas bajas de colores mugrientos, en la linde de una gasolinera Texaco, dos buitres pequeños se pegan un festín sobre los despojos de un perro que, probablemente, acaba de ser atropellado. Un niño de la edad mi de Rodrigo pide limosna entre los surtidores, descalzo sobre el frío hormigón del suelo. Viste unos pantalones azules pesqueros y raídos y una guayabera blanca enmarronada con churretes de barro. Jorge Padrón, dueño de la fábrica de puros Cubanica, le da un dólar y le dice:

-- Pero fíjate bien, que es un dólar, no un córdoba.
-- Sí, yo sé, señor -responde el niño-. Son 18'50 córdobas.


En Valle de Ángeles, Honduras, Yolanda (cinco años) se pasea por la plaza con una cesta. Vende rosquillas a diez lempiras. Por esta foto, yo le di 100 (seis euros, no llega), pero después me arrepentí: aunque le dije que se guardara el billete para ella, los que la explotan sacaron ese día 100 lempiras más de beneficio.

Y yo no iba preparado para esto. Ésa es la verdad.

X. Bea-Murguía (mañana ya, lo prometo, cachondeo).



Aquesta cançó es para mi mujer y para Laura, de Vic.


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