jueves, mayo 10, 2007

Viaje a Tailandia con esposas (y 5): puesta de sol

Queridos amigos:

rompo, pero voy a ser breve, mi pequeño periodo vacacional entre otras cosas porque ustedes no me han rogado insistentemente que me quede. En serio, voy a pedirles un poco de refuerzo positivo.

El sábado dejé de fumar y estoy como el del chiste:

-- ...es que he dejado de fumar.
-- ¡Coño! ¡Enhorabuena! ¿Y cómo lo llevas?
-- Bien, muy bien. Tampoco me está costando tanto. La gente exagera mucho.
-- Pero, ¿cuánto hace que lo has dejado?
-- Pues 107 horas, 7 minutos y 34 segundos... 35... 36... 37...

Esto me está pasando a mí. Además, el tiempo es real (jeje).

La otra vez que dejé de fumar, y me mantuve casi dos años y medio, no me costó tanto. Fueron, en verdad, tres días malos. Hoy, en mi quinto día de abstinencia, estoy a punto de tirar la toalla. No lo voy a hacer, pero estoy a puntiiiiito.

Hace poco más de un año, en Koh-Lanta, Tailandia, más que una rendición, volver a fumar fue una entrega apasionada, un dejarse llevar por las circunstancias. Tienen que imaginar ustedes la puesta de sol en el bar "Viva Zapata" (y aquel de ustedes que tema hacer un esfuerzo de imaginación por miedo a algún tipo de isquemia o a un marichalazo, haga CLIC aquí y lo vea).

Nunca he visto atardeceres tan espectaculares como aquellos, y no es sólo por el color rojo que tiñe todo el cielo ni por el mar convertido en una enorme chapa de cobre ni por la luz que se apelmaza y otorga a la escena una sensación de laxitud del tiempo o de pereza vital o de turbia irrealidad profusa en sombras... Dan ganas de avanzar hasta el borde del mar para comprobar con los nudillos que el fondo no es un decorado. En la calma de las chicharras, que no han parado de cantar en todo el día en repentinas y contagiadas oleadas de violenta inspiración, el ambiente se adereza con la llamada de la sangre de los mosquitos, que mezclan su zumbido de moscardón con el eco de la otra llamada de la puesta de sol: la del muecín que convoca a la oración desde el cercano pueblo de Salamán. Curiosamente, los mosquitos y el muecín quieren lo mismo de los hombres, a la misma hora.

Cuando, cerca de la línea del horizonte, el sol comienza su última caída (y de verdad que parece que va a ser la última), Lek, la camarera superborde, enciende la hoguera de la playa. Antes, ha mitigado el canto de sirena del almuédano con una pátina de música chill de corte místico hindú o, tal vez, budista, muy relajante; después te sirve una cerveza, una Singha-Beer ("¿big o semol?" "Big, coño, que la circunstancia lo requiere") y, aunque no hay aceitunas, te sientas en un confortable banco de madera dispuesto a la charla con los compañeros de viaje o a la sencilla contemplación del panorama, la curva descendente de un sol que pinta una estela en el recuerdo; la metamorfosis que, justo antes de ser engullido por el mar, lo convierte en una gran bola roja.

Entonces te das cuenta de que ese círculo cálido a punto de extinguirse en el mar, no es otra cosa que el extremo incandescente de un cigarrillo fumado por Apolo que se relaja, como tú mismo, en la oscuridad del trabajo bien hecho, al pie del carro recién aparcado.

Así que le pides un cigarrillo a tu cuñado y relajas el esfínter sobre los travesaños del banco de madera.

Ayer, un tipo muy desagradable, dijo con enorme vehemencia en la televisión: "La salud es lo único que importa". Esto ya no se lo cree nadie. Recordar puestas de sol como la de Koh-Lanta es, para mí, mucho más importante.

X. Bea-Murguía (y me vuelvo a mis "vacaciones").

ERNESTO VILLAR CIRUJANO... Muchas felicidades. Luego te llamo, si no me abducen.

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martes, mayo 16, 2006

Viaje a Tailandia con esposas (4): Aromas de Asia



Queridos amigos:

antes de la brevísima charla de hoy, me gustaría transubstanciarme en Coco (si es que Coco tuviera substancia, más allá de la mano que lleva metida por el culo y que lo domina) y darles una lección sobre cómo se gana con elegancia: Rafael Nadal se da un revolcón en la arena, saluda al contrario, se muestra en su sitio, sencillo, deportista; Dani Pedrosa (Pedosa, a decir por el locutor de TVE) se echa la manos al casco con humildad (como queriendo decir que no se lo puede creer), demuestra respeto por el rival derrotado; Frenando Alonso, haciendo el gorila o el elefante o el troglodita, dando volantazos en línea de meta, pedorreteando... El Valentino Rossi de la F1. Sigue su estela.

Antes de ir por Asia, siempre me habían llamado la atención esas imágenes que sacan en TV, cuando te quiere dar el coñazo con un pandemia de moda, en las que se ve a la peña caminando con la alegría propia de estos lugares, con los ojos cuasi cerrados como si se estuvieran durmiendo, y una mascarilla blanca de cirujano en la boca. Usted ve esas imagen y no puede evitar una exclamación llena de pánico: "¡Cielo santo! La gonorrea asiática ataca de nuevo" y el locutor casi le convence a usted de que los gonococos están a la orden del día por Bangkok, que son unos animalitos dicharacheros, a los que gusta la juja y el chipún-chipún, que si no tienen mucha resaca, disfrutan de un paseo matutino para abrir boca y, después de un buen aperitivo, se dedican a saltar de nariz en nariz en busca de alguna virgen a quien infectar, sólo por el morbo de saber qué contara en casa. Esto, amigos, es posible que nos lo cuenten un día para que usted mire donde se siente, no vaya a aplastar a un pobre y simpático gonococo y después los de ADENA le monten un juicio.

Lo cierto es que, al menos en Bangkok, si ves gente que va por la calle con mascarilla cirujana. ¿Por qué? ¿Por los gonococos? ¿Por la peneumonía atípica? ¿Por la gripe del pollo? ¿Por el catarro de la mosca? No, no, no... No asusten a sus niños con estos terribles personajes imaginarios. Llegado el caso... Una araña... Una buena víbora... la Baronesa Von Tyssen... (¿sescribe asín? Ni lo pienso comprobar). El uso de la mascarilla está bastante de moda, sobre todo, por el mal olor. No quiero negar la posibilidad de que un gonococo salte a su boca, pero lo veo chungo. Hombre, si usted ya le ha dicho eso a su mujer para justificar que le gotea el grifo y necesita que le apoye, lo haré. Pero... En fin.

El olor de Bangkok me recuerda bastante al de La Habana, esa especie de aroma a pollo cocinado que flota en el ambiente y que no viene de otro sitio que de los tubos de escape. En La Habana, por los carburadores de los coches de los años cincuenta que aún circulan, el hedor de la contaminación es extraordinariamente fuerte en toda la ciudad. En Bangkok, a pesar de sus diez millones de habitantes y del tráfico densamente caótico (creo que deberíamos exportarles a Alberto Ruiz Galardón para que les hiciera unos agujeros por allí), el olor a cocinilla de pollo caducado está presente, pero no de una manera tan intensa. Quizá las pituitarias demasiado finolis podría precisar de una buena mascarilla, que, además, filtra la guarrería que se respira y amortigua, al detener las grandes partículas de olor, buena parte del pestuzo.

La mezcla del fuerte olor a pollo con la humedad y el calor, hacen que la atmósfera, en ciertos momentos del día, esté bastante sobrecargada, con el añadido del sudor. Incluso para los que no sudamos mucho habitualmente, parece inevitable sudar al mínimo esfuerzo en Bangkok... Sudar incluso sin hacer más esfuerzo que pensar... Y, sobre todo, sudar a chorros tratando de hacerte entender por el taxista que quiere darte el palo... Vamos, que se suda quiera uno o no.

Fuimos al Templo del Buda de Esmeralda, que, por cierto, es de jade, un lugar que merece la pena visitar, aunque para entrar te obliguen a descalzarte. Como he dicho en otra entrada, yo ni un problema con la chanclas, las dejé en la puerta y entré descalzo. Los más escrupulosos se llevan unos calcetines para no pisar directamente la huella caliente del chino de delante. Es una opción que yo de ustedes miraría, aunque, para mí es suficiente con no ver ni sentir dedos de los pies de los demás. Entramos en el templo y era majestuoso. Me llamó mucho la atención la rica decoración, con frescos y cuadros que cuentan escenas de la vida del Buda (la misma literatura para iletrados que en las iglesias españolas) y, sobre todo, lo que me alucinó fue el enorme altar de oro, o bañado en oro o labrado en oro, pero deslumbrantemente áureo, sobre el que descansaba, sentado en flor de loto, una estatuilla verde bastante pequeña y flaca: el famoso Buda de Esmeralda, que en verdad es de jade. El lugar daba para el recogimiento y la reflexión, como casi todos los espacios sagrados. Vimos que la gente se arrodillaba o sentaba ante el buda para rezar e hicimos lo propio. ¡Ay, amigos! Descubrí otra dimensión de mi ser, de golpe me encontré con otra forma de entender la vida, con una sensación antigua y conocida, pero, al mismo tiempo, nueva y distinta: ¡Qué olor a pies! ¡No se lo pueden ni imaginar! ¡Hace falta ser cerdo! Porque yo entiendo que hace calor y entiendo que se suda, pero ese olor era de noja (bonarse) y eso yo ya no... Es decir, el ser guarro, ya es mucho. ¡Qué olor! No aguanté sentado ni dos segundos. Tuve que salir del templo a respirar, no sin antes mirar cara a cara a Buda y asentir: "Ahora comprendo por qué eres verde".

En otra historia de pies, aunque de nácar, esa misma mañana fuimos a visitar el otro gran templo de Bangkok, el Wat Poh, donde se puede ver una impresionante figura de unos cincuenta metros de largo que representa a un Buda recostado, bañado en oro, con una iluminada sonrisa en la cara. En este templo, me llamó poderosamente la atención un cartel que decía, claramente y en varias idiomas: "NO TOCAR". Lo que no podía ser sobado eran las plantas de los pies del Buda, que eran preciosas, trabajadas en mármol negro (creo) muy ricamente adornado con nácar. Sin embargo, todo el que pasaba, ¡chas!, echaba la garra al pie, acariciaba los adornados callos del Buda, primero tímidamente con las yemas de los dedos; después, en confianza, con toda la palma; al final, a golpes sonoros como quien acaricia un caballo. Con razón el Buda del Wat Poh mostraba esa feliz sonrisa: ¿no sonreirían ustedes si todo el que pasara le hiciera cosquillas en los pies?

X. Bea-Meolía

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miércoles, mayo 10, 2006

A trip to Thailand with spouses (1): The shoes


Dear friends:

following yesterday's subject, I'm in the debt of inform you that, actually, there are women like Nuria Esther that, in addition to her hard work, she takes care of her children and uses the washing machine, but she knows how to fix a plug and is handy with the drill too (Alberto Marugán dixit). This huri­ of the Spanish Plateau, I have to add, is SINGLE, a complete bargain you just cannot leave, wether your name is José Antonio or not (and I say this name just to say one, I could have said Jose Alfredo). To be honest and true, I will say that she knows nothing abut cooking.

The encounter with Thailand, among other things, has been a freedom trip. As you know, the reason to go to so distant beach was not other than a wedding, the one of my brother-in-law Diego with Wenneke, a tall, pretty and smart Dutch that, I am afraid, does not know to handle the drill (or wimble), although she cooks very well. I just have to say that my brother-in-law knows exactly what he is doing.

For so big event, taking place in a barefoot paradise, I bought a pair of well-known shoes in an expensive shop in Madrid, which have never seemed to me much my style, that is the same one since I was fourteen (and what?), satisfying therefore the will of my wife, to whom I obey in these circumstances, mainly because I don't like being an added problem to the many that, no matter how hard you do to take it easy, are derived from any familiar celebration. I proved on the expensive shoes in the store in Madrid and they were my perfect size, they came into my feet softly as if I had greased the foot with butter and I certainly have to recognize that they were comfortable and they had threatening dot neither to cause me blisters nor gallings, so I got them, in spite of its price. What the hell! It is less than my brother-in-law deserves: good shoes for his wedding.

The great day arrived, I took my new footwear, but, fuck!, I couldn't find the way to put the fucking shoes in the foot (or better the fucking feet into the shoes). You can't even have a certain idea of the titanic fight I had. I attribute it to the fact, as I said, that the trip to Thailand has been a freedom one for many reasons. I have always criticized those who take off the shoes in the minimum opportunity, but Bangkok was too much, is a feet suicide. Too much heat and too much humidity, at the end your feet look like sausages (the white ones), which gives a more disgusting aspect to them, if I can say, to those ten worms that culminate our body. I paid attention to a good advice I had and bought a pair of slippers in the Janujak Market, but, for sure, because of the disgust that have always produced feet to me, I am not used to wear anything but closed footwear and, all day long walking, I wasn't able to get used to the feeling of the strap nibbling to me the interstices, causing me a pair of bothering and painful gallings, very attractive for flies.

Is this disgust, not doubts about it, that push me to walk (not in Bangkok, where I held with the slippers) by Relax Bay, Koh Lanta, all the day barefoot. My feet felt, then, the sensation of recovering their lost freedom, refusing to go again into the narrow discipline of the leather, no matter how expensive and comfortable were the shoes.

Minutes before the wedding, dressed in shirt and trousers of linen, in impossible escorzo (the one thar my belly allows to me that is not, indeed, the curve of Praxi­teles) I fought with the shoes like Laoconte against the snakes, but it was in vain. My feet rejected to return to jail, my wife was hurrying me, my kid did not want to put the trousers on, we were going to be late, mmmmmmmmm, the fucking feet... Nothing in hell to manage with them, the heat was tremendous, the suffocating humidity... The sweat began to extend by my linen shirt, as if my pride bled stabbed by the oppression of last minute.

I must say that, as I am a tenacious guy, I won. I put the shoes on. I sweated a lot, I ruined my unpolluted aspect, but I left my hut the way it has to be: with the shoes on. In fact, I only had to give a rest to me in the fight, breathe deeply, take impulse, realize that the cords were not an adornment (but true abutments), undo the knot, put them on at last and tie them up. That was everything. A pirric victory, without a doubt, but victory in the end. Sweated, but happy, we went the three of us to the ceremony of the wedding that took place in the same beach, under a leafy tree whose name I do not know (and either I could not find out, although I asked).

There, in that small barefoot paradise, the hotel staff had put some carpets for the assistants since, according to the rite, all the guests must remain bent or seated at any moment and always below the height of the monks. When I arrived at the carpets, dear friends, the first thing I had to do (someone told me to do it), was to take my shoes off.

My feet have become to the buddhism.

Those expensive and stubborn shoes were used only throughout twenty meters. No more. And I did no longer put them on in all the afternoon-night. On the following day I had to look for them, because it did not remember where it had left them (in what point of the island). I found them buried in the sand. They are in good state. I guess I still can give them back to the store.

X.Buddha-Murguía

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martes, mayo 09, 2006

A trip to Thailand with spouses (3): Water!


Dear friends:

the fact that seems to me a reviewable chance we arrived at Thailand, a country in which the king Rama IX is considered saint and, therefore, save of sarcasm (punished with the jail), the day of the II Spanish Republic, 14th of April. It was our first trip to Asia and very we were warned: everything is very different, everything is shocking. And, partly, it was truth. The first shock we had, when coming out of Bangkok airport, in the exciting moment before the unknown, was a punch of humidity that threw us back nothing else to show the face to the street. The exhausting humid heat slapped like the stench of the rotted deadbody of Winter. Water! A baptism of fire in our entrance to Asia with 35 degrees and more of a ninety percent of humidity. I did not know, then, if I was walking or diving, while, metamorphosis or adaptation, my same body undid in water to camouflage itself into the Thailander liquid air.

Overwhelmed by the pressure of atmosphere, when we arrived at the Davids Hotel, first that we did it practically was to ask for the swimming pool. They told us that it was in the ninth plant, so, once we finished the eternal burocracy of the check-in, we signed, went up to the room, tore with anxiety the bathing clothes out of the luggage and Water! the boy and I jumped to it as if it was an oasis and we had been lost in the dessert for one week. I jumped like a bomb, considering my present weight (cubical root of 636.056 kilos) we could call it atomic, causing a tsunami that untied curses in thousand languages: all the tourists of around the swimming pool stabbed to me with the glance. What a sensation! You can't imagine! It was a fucking soup! If I had seen a giant spoon, I would have get scared. The only swimming pool of the world with views to the Carrefour ("Stupid joke in Spanish that doesn't make sense in English, as it is the motto of Carrefour written in Thai accent") in which, to refresh yourself, you have to go out of it.

Bangkok was specially busy in our arrival. It is a very populated city in which an eternal scent to chicken floats due to the contamination. After being a long while in the pot of the hotel's roof, time enough to cook a Madrilenian stew properly, to untimed fire, plop plop plop, we took our first walk by the city. We lucky arrived in Thailand in the second day of the Songkran Festival, the Thailander New Year's Day that had put them completely into year 2549, marked by the date of the birth of Buddha in 543 a.C. The Songkran lasts three days, from the 13th to the 15th of April, and the Thailanders celebrate it, basically, Water! throwing water to each others. One fiesta. You see gangs of kids riding pick-ups with water barrels splashing everyone, but also you see adults armed with machineguns of water, tourists, waiters of the hotel... People goes by the street with the clothes very wet that, sure soon are lamented by the chicken influenza. Is understandable that, with the scent to chicken and the Songkran, the desease is chronic there.

The only place in that, truely, we had refreshment was in the cold shower of Koh Lanta resort. There wasn't hot water, nor no need of it. For what? For that you have the Andaman sea, plop plop plop. The night of the wedding, after the fiesta, about half-past five in the morning, with tongue of rag, Diego, my brother-in-law, asked me if I thought, as him, that it was time for a "chick-pea" bath watching the stars. I agreed with without a doubt, it was the perfect closing and there we went, Water! followed by a Swedishman, a Turk, an Englishman, a Dutchman (I am not sure of this point) and a couple of Spaniards. It was like a joke of international quizz, only that, with certain guys, is better not to compete. Believe me if I say that it was an unforgettable sensation. The situation lead me to think about that if the UN celebrated in these conditions its general assemblies, perhaps the reasons of Sub-Sahara Africa would have some more weight. In the particular case of some, and I do not want to talk about anybody, much more weight.

X.Water!- Murguía

posted by Wells & Bea-Murguí­a AT 7:13 A.M.

10 Comments:

beach said...
How we go of Haikus?In order to participate in the aid, today I respond to you thus:

Again in Koh Lanta
I swim without balls
in the Andaman sea.

I don't know if it is ok, I am a rookie :)

08 May, 2006 10:56
Wells & Bea-Murguí­a said...

Jajajajajajajajaja

Lying down in the water
I stretch the arms.
I point to the sky.

At the moment, by me, although it was only because you're brave, you have the prize.
Javier

08 May, 2006 11:14
beach said...

JIIIIIIIIIiJIJIJIJIJI

Floating as you could
you believed to stretch the arms
with the unfloating ass

(In addition I doubt that you can remember it)

08 May, 2006 11:18
Wells & Bea-Murguía said...

Jajajajajajajajajajajaja

Deep sea, distant beach.
With the moon in the ass
I occurred with a rock.

We are the Camela of blog. (No sense)

Kisses

08 May, 2006 11:31
beach said...

PIMPINELISMO: (no sense again. Impossible translation).

Neither in Swedish, nor in Dutch nor in English
you swore in provincial
nothing happened

08 May, 2006 11:38
Wells & Bea-Murguía said...

They call me the eagle
by the length of my nails.
But my foot didn't touch the rock.

I'm so delirious...

Pimpi answer!

08 May, 2006 11:47
the brother-in-laaaaaaw said...

We have already returned
married and brown,
loaded batteries.

je je je, I remember that the following day, Charlotta (the Swedish) sighed alleviated of which it was not happened to us to bath dressed, worried about Peter's trousers... so, it is not to ruin them!!!

08 May, 2006 15:12
Wells & Bea-Murguía said...

Hey man, brother-in-laaaaw!
I remember that it was me, who got bathed with the trousers on... or not? Hell, that this blog is read by my wife... And my mother-in-law.

Javier

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lunes, mayo 08, 2006

Viaje a Tailandia con esposas (3): ¡Agua!


Queridos amigos:

me parece una casualidad reseñable el hecho de que llegáramos a Tailandia, un país en el que el rey Rama IX es considerado un santo y, por tanto, sagrado y a salvo del sarcasmo (castigado con la cárcel), el mismo día de la república, el 14 de abril. Era nuestro primer viaje a Asia y estábamos muy avisados: todo es muy distinto, todo es chocante. Y, en parte, era verdad. Lo primero chocante con lo que nos topamos, a la salida del aeropuerto de Bangkok, en ese momento de excitación ante lo desconocido, fue el puñetazo de humedad que nos echó para atrás nada más asomar la cara a la calle. El agobiante calor húmedo nos abofeteó como el hedor del cadáver putrefacto del invierno. ¡Agua! Un bautismo de fuego en nuestra entrada a Asia con 35 grados y más de un noventa por ciento de humedad. No supe, en ese momento, si caminaba o buceaba, mientras, metamorfosis o adaptación, mi cuerpo mismo se deshacía en agua para camuflarse entre el aire líquido tailandés.

Agobiados por la atmósfera demasiado opresiva, al llegar al Hotel Davids, prácticamente lo primero que hicimos fue preguntar por la piscina. Nos dijeron que estaba en la planta novena, así que, una vez que terminamos el eterno papeleo del registro, firmamos, nos subimos a la habitación, arrancamos con ansia el bañador de la maleta y ¡agua! el niño y yo nos lanzamos como si aquello fuera un oasis y nosotros llevaramos una semana en el desierto. Hice una bomba, dado mi peso actual (raíz cúbica de 636.056 kilos) podríamos considerarla atómica, con la que provoqué un tsunami que desató maldiciones en mil idiomas: todos los guiris de alrededor de la piscina me apuñalaron con la mirada. ¡Qué sensación! ¡No se lo pueden ni imaginar! ¡Vaya puta sopa! Si veo una cuchara gigante, me acojono. La única piscina del mundo con vistas al Carrefour ("aholal es esto y en Caleful es posible") en la que, para refrescarse, había que salirse.

Bangkok estaba especialmente agitada a nuestra llegada. Es una ciudad muy populosa en la que flota un eterno olor a pollo fruto de la contaminación. Después de estar largo rato en la cazuela de la azotea, lo suficiente como para cocinar un cocidito madrileño como Dios manda, a fuego lento, plop plop plop, nos dimos nuestro primer paseo por la ciudad. Acertamos a llegar en el segundo día del Songkran, el año nuevo tailandés que les había metido de lleno en el año 2549, marcado por la fecha del nacimiento de Buda en 543 a.C. El Songkran dura tres días, del 13 al 15 de abril, y los tailandeses lo celebran, básicamente, ¡agua! tirándose agua los unos a los otros. Una juerga. Ves pandillas de chavales montados en rancheras con toneles de agua salpicando a todo el mundo, pero también ves adultos armados con metralletas de agua, turistas, camareras del hotel... La peña va por la calle con las ropas empapadas que, claro, luego se lamentan por la gripe aviar. Entre el olor a pollo y el Songkran, el mal allí es crónico.

El único lugar en el que, verdaderamente, tuvimos refresco fue en la ducha fría del hotel de Koh Lanta. Allí no había agua caliente, ni falta que hacía. ¿Para qué? Para eso ya estaba el mar de Andaman, plop plop plop. La noche de la boda, después de la juerga, a eso de las cinco y media de la mañana, con lengua de trapo me dijo mi cuñado Diego que era el momento de darse un baño en garbanzos mirando las estrellas. Convení con él en que, sin duda, era el remate perfecto y allá que nos fuimos, ¡agua! secundados por un sueco, un turco, un inglés, un holandés (no estoy seguro) y un par de españoles. Era como un chiste de concurso internacional, sólo que, con ciertos tíos, es mejor no concursar. Una sensación inolvidable, creanme. La situación daba para pensar en que si la ONU celebrara en estas condiciones sus asambleas generales, quizá los argumentos del África Subsahariana tendrían algo más de peso. En el caso concreto de algunos, y no miro a nadie, mucho más peso.

X.¡Agua!-Murguía

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viernes, abril 28, 2006

Viaje a Tailandia con esposas (2): Añoranzas



Queridos amigos:

me resulta curioso el hecho de que todos estos países exóticos tienen una cerveza enseña, una marca que casi monopoliza el mercado, que te ofrecen en todas partes, junto con la Heineken. En Kenia era la Tusker, que no estaba nada mal, y en Tailandia, la Singha. La tal Singha Beer ha resultado ser un tanto blandurria y con una pujanza muy escasa (no hacía apenas espuma), pero estaba buena, como dicen en el pueblo, se dejaba beber (no decía nada cuando te la bebías). Lo cierto es que estás allí y te hace gracia pedir Singha y por eso pasas de la Heineken (que está mucho más buena, con perdón), sobre todo porque la camarera, con menos voz que fuerza su cerveza, siempre, siempre, siempre te preguntaba:

-- "Semol or big" (Small or big).
-- "Semol, semol, no me vaya a emborrachar con tanta".

Lo cierto es que allí, una vez que has pasado el proceso de adaptación, consigues relajarte muuuucho, lo que para mí significa, entre otras cosas, además de que pierdo la noción del tiempo y que no pienso ni en mi trabajo ni en Zapatero, que bajo mucho el nivel de exigencia. Digamos que, una vez que estás allí, te adaptas y aprecias lo que te ofrecen por lo que verdaderamente vale. Una cerveza tan poco nerviosa como la Singha era la ideal para el espectáculo nocturno, por ejemplo. Con el niño ya dormido (pero perfectamente controlado gracias a la tecnología), una Singha acompañaba especialmente bien a la circunstancia del bar de la playa por la noche. Descalzo, en pantalones cortos y camiseta, he hecho buenos amigos internacionales disfrutando de la caricia de la arena, con la crepitación del fuego adornando la charla en noches sin luna pero con un doble espectáculo de luz: más estrellas de las que se puedan contar en un año en Madrid y, al final del mar de Andaman, rayos de tormentas marinas que resquebrajaban el horizonte como un icono de lo lejano de la turbulencia de nuestro día a día. Entonces, intercambiando con Peter, sueco, o con Ugurhan, turco, o con Ben, holandés (amén de un tropel de Spanish people), impresiones sobre la vida, las costumbres de cada uno, la historia de Ataturk o el fútbol, una Singha era el exótico complemento idóneo.

¿Pueden imaginarse ustedes una felicidad más descansada y completa?

Yo sí. La felicidad se construye de pequeños detalles, más que de grandes gestos. Cerveza, amigos, un buen puro, estrellas, rayos, fuego, playa... Todo era casi perfecto, salvo por una verde y diminuta ausencia, rellena de anchoa, que me hizo añorar, en más de una ocasión, las terrazas de Madrid. Koh Lanta se ha ganado un cero en aceitunas. Un paraíso sin aceitunas es como el anuncio de la casera (no me jodas), lo que pasa es que estás allí y te cuesta trabajo decirle a la camarera que si no hay aceitunas, te vas (entre otras cosas porque no te iban a entender). Así somos los humanos: añoramos el ruido cuando saboreamos el silencio.

Nada es perfecto. Como yo soy adicto a las aceitunas (rellenas de anchoa mejor que mejor), nada más llegar a Madrid me abrí un bote de La Española con ansia, cogí una y, posándola sobre mis labios como hago siempre, sorbí con fuerza el relleno por su boca de muñeca hinchable salada antes de devorarla.

¡Oh!

Hay que reconocer que La Española cuando besa...

X.Paleto-Murguía

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miércoles, abril 26, 2006

Viaje a Tailandia con esposas (1): Los zapatos


Queridos amigos:

A colación del asunto de ayer, les informo a ustedes de que, efectivamente, existen mujeres como Nuria Esther que, además de currar sus horas, atender a sus niños y conocer el uso de la lavadora, sabe arreglar un enchufe y se da maña con el taladro (Alberto Marugán dixit). Esta hurí de la Meseta, además de todo esto, está SOLTERA, que para qué quieres más José Antonio (y digo este nombre por decir, como si dijera para qué quieres más José Alfredo, que conste). Pero como a mí me gusta ser objetivo, les diré que no sabe cocinar.

El encuentro con Tailandia, entre otras cosas, ha sido un viaje de libertad. Como saben, la razón para ir a tan lejana playa no era otra que una boda, la de mi cuñado Diego con Wenneke, una holandesa alta, guapa y lista que, me temo, no sabe manejar el taladro (o berbiquí), aunque cocina muy bien. Ya les digo yo que mi cuñado sabe dónde se mete.

Para tan magno evento, convocado en un paraíso descalzo, me compré a mi pesar unos mocasines de marca, en una tienda cara de Madrid, de esos que nunca me han parecido mucho mi estilo, que es el mismo desde los catorce años (¿y qué?), satisfaciendo así los deseos de mi señora, a los que me pliego en estas circunstancias, sobre todo, por no ser un problema añadido a los muchos que, por más que uno no quiera complicarse la vida, se derivan de cualquier celebración familiar. Me probé los mocasines caros en la tienda de Madrid y me quedaban perfectos, me entraban como si me hubiera untado el pie con manteca y, ciertamente, he de reconocer que eran cómodos y no tenían pinta amenazante ni de causarme ampollas ni rozaduras, así que me hice con ellos, a pesar de su precio. ¡Qué coño! Es lo menos que se merece mi cuñado: unos buenos zapatos para su boda.

Llegado el día señalado, me dispuse a estrenar calzado, pero, joder, no había manera de meter los putos mocasines en el pie (o los putos pies en los mocasines). No se pueden hacer una idea de lo titánico de mi lucha. Yo lo achaco a que, como he dicho, el de Tailandia ha sido un viaje de libertad por muchos motivos. Siempre he criticado a esos guiris que se descalzan a la mínima oportunidad, pero lo de Bangkok es mucho, es un suicidio pedestre. Tanto calor y tanta humedad, acababa uno con los pies como salchichas (de las blancas), lo que les da un punto más repugnante, si cabe, a esos diez gusanos que adornan nuestro cuerpo a modo de flecos. Hice caso de los buenos consejos que me daban y me compré unas chancletas en el Janujak Market, pero, claro, el asco que me producen los pies siempre me ha obligado a llevar calzado cerrado y tapado y no acababa de acostumbrarme a sentir la correa royéndome los intersticios todo el día, provocando una molesta y dolorosa rozadura atrae-moscas.

Un asco, no lo duden, que me empujó a pasearme (no en Bangkok, claro, donde aguanté con las chancletas) por Relax Bay, Koh Lanta, todo el día descalzo. Mis pies sintieron, entonces, la sensación de recuperar su libertad perdida, negándose en rotundo a meterse de nuevo en la estrecha disciplina del cuero y la piel vuelta, por mucha marca y por muy caros y cómodos que fueran los mocasines.

Minutos antes de la boda, vestido con camisa y pantalón de lino, en imposible escorzo (lo que me permite mi barriga que no es, precisamente, la curva de Praxíteles) pelee con los mocasines como Laoconte contra las serpientes, pero fue vano. Mis pinreles rechazaban la vuelta a la cárcel, mi mujer me metía prisa, mi niño no se quería poner los pantalones, que vamos a llegar tarde, mmmmmñiñiñiñiñi, los putos pies que ni pa'Dios, el calor era tremendo, la humedad asfixiante... El sudor empezó a extenderse por mi camisa de lino, como si mi orgullo se desangrara apuñalado por los agobios de última hora.

Tengo que decir que, como soy un tío tenaz, gané. Me puse los zapatos. Sudé a chorros, arruiné mi impoluto aspecto, pero salí de mi cabaña calzado como mandan los cánones. De hecho, sólo tuve que darme una tregua en la refriega, respirar hondo, tomar impulso, darme cuenta de que los cordones no eran de adorno (sino verdaderos contrafuertes), deshacer el nudo, calzarme y atármelos de nuevo. Eso era todo. Una victoria pírrica, sin duda, pero victoria al final. Sudado, pero calzado, nos fuimos los tres a la ceremonia de la boda que tenía lugar en la misma playa, bajo un frondoso árbol cuyo nombre desconozco (y tampoco pude averiguar, aunque pregunté).

Allí, en aquel pequeño paraíso descalzo, los del hotel habían dispuesto una esterillas para los asistentes dado que, según el rito, todos los invitados deben permanecer en todo momento agachados o sentados y siempre por debajo de la altura de los monjes. Cuando llego a las esterillas, amigos y amigas, lo primero que me dicen es que me tengo que descalzar.

Mis pies se han convertido al budismo.

Los mocasines fueron usados sólo a lo largo de veinte metros. No más. Ya no me los puse en toda la tarde-noche. Al día siguiente los tuve que buscar, porque no recordaba dónde los había dejado (en qué punto de la isla). Los encontré medio enterrados en la arena. Están en buen estado. Supongo que aún puedo devolverlos.

X.Buda-Murguía

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