jueves, septiembre 25, 2008

Una idea genial

Queridos amigos,

no es por nada, pero ayer tuve una idea genial. Disculpen la inmodestia, pero no se me ocurre otra manera de llamarlo. Una genialidad que, quizá para entrada en el blog resultaría algo larga, pero muy divertida y con un final desternillante. Buenísimo, buenísimo.

Así es como me gusta a mí escribir. No me gusta el "a ver qué me sale", que es una técnica demasiado Paul Auster para mi gusto, una lotería, una decepción en potencia. Escribo el blog, fundamentalmente, para mí, porque me lo paso bien confesándome aquí cada mañana y firmar un texto redondo, completo, es una enorme satisfacción personal. Desvariar, dar vueltas, rodeos, meterme en callejones oscuros de Nueva York y tener que dar marcha atrás, me pone muy nervioso, Paul. No me gusta como lector. Eso es caca. Eso es, como dijo Rafael Reig en una ocasión, "una novela que trata de un escritor en busca de una novela". Bufffffff.

A mí me entusiasma tener la idea, la idea buena, buena, en el coco estructurada y conocer a grandes rasgos el camino aproximado por el que voy a llevarla a un final sin sorpresas (para mí). Luego, en el desarrollo, puede que me enrolle más o menos, que me vaya por las ramas, que surjan, al hilo, otras ideas secundarias o alguna digresión, pero una salida y una meta claras son fundamentales para este viaje, dos puntos en un mapa que hay que unir con una línea más o menos recta, más o menos curva. Nada de Deus ex machina, como Pérez Reverte (Tenebroso de la Fuerza), el señor oscuro del Deus ex machina.

Así que tuve una idea genial, que es de lo que iba la entrada de hoy, y vuelvo a pedir disculpas por la inmodestia, pero es que era una grandísima idea. De vez en cuando me pasa, no sé cómo funciona el mecanismo (ojalá lo supiera), si se activa rascándome la coronilla, colocándome los testículos para no pillármelos con la costura del pantalón cuando me siento a conducir o metiéndome el dedo en la nariz en un semáforo.

Estaba en la gasolinera, el coche iba pelado de sopa (pero pelado).

-- ¿Me lo llena de diésel, por favor? -le dije al tipo, antipatiquísimo que me atendió (sé que es un tópico, coño, pero es lo que dije).

Pagué 50 euros en la caja con la tarjeta, pedí la factura. Me volví a meter en el coche. Iba, como siempre, conduciendo y escuchando la radio. Eran cerca de las ocho de la tarde. Estaba acabando el informativo local de Madrid. El alcalde de Getafe, Pedro Castro, había dado un discurso en la Asamblea General de la ONU. Remataron con una noticia de última hora, aunque de alcance nacional (¿cuál, cuál?)... y justo empezaba el "jurgol". En ese momento, pum, apareció la idea en mi cabeza, luminosa, maravillosa, aromática, reciente y tierna como un pan recién parido por el horno. Humeante, cálida... Una idea absolutamente genial. Es lo que tenemos los genios (perdón, de nuevo, por la inmodestia).

¡Oh! ¡Oh! ¡Qué idea más genial!

¡Ups! Les dejo, que mi niña llora. Son las siete y media. Ha pasado mala noche. Ahora vuelvo.

Bueno, ya son las nueve y no tengo tiempo para nada. Mis niños se han levantado pronto y la hemos echado larga en el desayuno, con cámara de fotos... Me encanta esa luz amarillita de la madrugada en mi casa...

Les iba diciendo que me dan rabia esas novelas en las que no hay una idea, sólo hay una frase, más o menos brillante, y el autor se pasa todo el libro buscando un desarrollo, un camino, que le lleve a un final honroso que, generalmente, soluciona con un Deus ex machina. ¡Qué rabia me da! ¡Qué pérdida de tiempo para el autor y para el lector! ¡Qué engaño!

Mi idea era genial, se lo juro, pero, ¿saben qué? Se me olvidó a los dos minutos. No podía apuntarla porque iba conduciendo, se me fue la bola detrás de alguna gilipollez y adiós idea. No queda ni rastro en mi atrofiado cerebro, me cago en la leche. Me he pasado toda la noche intentando recordarla, repasando lo que hice ayer, paso por paso, dando yesca al pedernal para resucitar la chispa que generó la idea genial. Esta entrada, de hecho, la he concebido a lo Auster (con permiso, ¿vale?) para acordarme de la puta idea de los cojones.

Pero nada.

Nada de nada de nada.

¡Qué rabia me da, coño!

Ya lo dice mi hija Ana: "Papá tienes la cabeza a pájaros".



Rodrigo opina que mi problema es de enfoque. Será eso.



Para compensarles por la pérdida de tiempo, unas fotos de mis niños desayunando. Son recientes. De esta misma mañana. Son guapos, ¿verdad? Tener a estos dos sí que fue una idea genial y, además, me solucionan la entrada. Son mi Deus ex machina.

X. Auster-Reverte (agente antiecológico que contribuye, con sus rollos, a la desforestación del globo).

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martes, junio 24, 2008

Rafael Reig (Entrevistas parásitas)

Queridos amigos,

vuelvo, brevemente, a explicar el mecanismo de las ¡Entrevistas Parásitas!, por si alguno no se ha enterado: elijo una entrevista ya hecha y publicada y hago esas mismas preguntas a otra persona... A un amigo, claro, porque si no ya me dirán ustedes quién se presta a semejante memez... ¿Tiene sentido? No, pero se ríe uno. Hoy: Rafael Reig contesta a un cuestionario hecho en su día a Enrique Iglesias. Disfruten.



Rafael Reig
"Mis novelas son inundables:
hay que leer con katiuskas"



Rafael Reig y yo tenemos muchas cosas en común: él escribe un blog, yo también; él tiene bigote, yo también (ilusión por dejarse bigote es lo mismo que tener bigote... ¿Podemos discutirlo, cariño?); a él le gusta el whisky y a la Guardia Civil de Tres Cantos y a mí, también; él se resigna a que le capen el nombre (Rafa) y yo también (Javi); a él le gusta mi mujer, a mí también... Rafael es un monstruo que, tanto en sus novelas como en su blog, se mueve entre el humor más desternillante y la carga de profundidad, en un equilibrio impensable que no deja indiferente, que desata la risa un instante antes de ensombrecer el rostro. Este baile del gesto, principal causa de las patas de gallo, parece demostrar que Rafael está metido hasta las cachas, junto a Isabel Preysler, en una oscura conspiración detrás de la que sólo se puede encontrar la poderosa mano del lobby de los fabricantes de cremas antiarrugas. Por eso, entrevistas parasitas de H.Wells & X.Bea-Murguía ha elegido para él una entrevista hecha a Enrique Iglesias.

Wells&Bea-Murguía.- Me ha dicho la gente de prensa que te llamas Elvis, ¿has estado en Graceland?
Rafael Reig.- De hecho sí, estuve hace años, y me hipnotizó. Todas aquellas personas disfrazadas de Elvis, de todas las edades, complexiones y tallas: es conmovedor, invita a la reflexión. Mucho mejor Graceland que la petardez del Camino de Santiago.

W&BM.- Y tú, ¿no te animas a casarte?
RR.- ¿Otra vez? Yo ya me casé una vez y no soy nada partidario de la reincidencia.

W&BM.- Empecemos por tu disco. El primer sencillo, Do you Know (The Ping Pong Song), usa de base de percusión el sonido de una pelota de pinpón botando. ¿A quién se le ocurrió la idea?
RR.- ¿Idea? Hombre, yo no diría tanto. Nosotros lo llamamos actuación imaginativa, por ejemplo. Lo cierto es que hay personas de mi entorno incapaces de beber con responsabilidad: de ahí arranca el problema. A mí las ideas se me ocurren en la ducha siempre. Claro, como no puedo apuntarlas, mientras no haya libretas sumergibles, pues en cuanto me seco ya se me han olvidado. De ahí el que parezca tonto.

W&BM.- Ahora se juega más a las consolas...
RR.- Sí, pero con apuestas mínimas. A mí me gusta más el póker y desplumar a mi cuñado.

W&BM.- Los artistas repetís machaconamente cuando sacáis un disco que es producto de una evolución personal y de un estado de madurez. ¿Es tu caso?
RR.- ¿Machaconamente? Pues nadie se da por enterado. Claro que en mi caso, las dos cosas: lo repito machaconamente y es una verdad como un puño. No va a ser el resultado de la evolución de la sociedad y del desarrollo emocional interrumpido, ¿no te parece?

W&BM.- Tres temáticas inundan las canciones: la soledad, el amor roto y la nostalgia.
RR.- No logro encontrar la pregunta, pero venga, ahí va una respuesta: mis novelas son inundables, como ciertas carreteras; de hecho, hasta se inunda en ellas la Castellana. Aparecen caudalosas temáticas y lo anegan todo, hay que leer con katiuskas, porque son tremedales (míralo en el diccionario, tío) (*) y tremendas. ¿Soledad? Claro, por eso dejo mi número de teléfono en la contraportada. El amor irrompible no me interesa nada, ese amor que (como las ministras) se dobla pero no se rompe, ¿a quién le puede gustar eso? El amor debe ser incapaz de flexibilidad y, si lo doblas, se hace astillas. La nostalgia es sobre todo del porvenir.



"El amor irrompible no me interesa nada, ese amor que (como las ministras) se dobla pero no se rompe"

W&BM.- Parece que te hubieras empachado de música blues y de Mario Benedetti.
RR.- Ni por el forro. Yo no he leído a Benedetti ni cinco minutos en mi vida. Conmigo no valen razonamientos infantiles, de los que se usan con el niño que no se quiere comer las acelgas, del tipo: ¿cómo sabes que no te gusta si nunca lo has probado? Yo no necesito probar ni las acelgas ni a Benedetti para saber que detesto ambos alimentos, ¿pasa algo? Si los ingiriera o ingiriese, vomitaría o gomitaría. Tanto los niños como los genios universales cual yo tenemos un sexto sentido para detectar lo insípido: nos alimentamos de bollería industrial, coca-colas, Galdós, whisky, chocolate con avellanas, García Hortelano, pasteles y chucherías. ¿Música? Yo vivo en Madrid: aquí sólo se oyen martillos neumáticos, hormigoneras y las alegres tonadas de los ruiseñores del andamio, que suenan a Quilapayún.

W&BM.- Tanto como Cortázar, Bryce Echenique, Vargas Llosa o Gabriel García Márquez. Por cierto que algunos, cuando leímos "Cien años de soledad" nos hicimos un árbol genealógico para no perdernos. Lo mismo que pasa con tu familia...
RR.- ¿Qué pintan Cortázar y los otros? ¿Qué has bebido? En fin, en cuanto a mi familia, sí, es necesario un mapa para orientarse. Somos cinco hermanos, suma cuñados y cuñadas, esos amigos gorrones que son como de la familia, sobrinos, las entretenidas de los sobrinos y los que chulean a las sobrinas... en fin, un lío, hay que ir con brújula y mapa.

W&BM.- Está de moda que algunos oligarcas mundiales os llamen para fiestas privadas. ¿Has ido a alguna?
RR.- Sí, claro.

W&BM.- ¿Como cuáles?
RR.- Una fiesta del Emir de Qatar, en Doha.

W&BM.- ¿Y cómo fue la cosa?
RR.- Confusa, etílica, con mujeres con velo y hombres con bigote, se podía fumar y aplaudieron con ganas mi actuación, que fue totalmente improvisada.


"Conmigo no valen razonamientos infantiles, de los que se usan con el niño que no se quiere comer las acelgas"

W&BM.- Ahora vas a participar en algo parecido al Live Aid pero con Al Gore, y para concienciar sobre el medio ambiente.
RR.- No estás bien informado. A mí Al Gore me cae gordo, he dicho que no. El medio ambiente no me quita mucho el sueño y no creo que se deba "concienciar" a los seres humanos sobre esa tontería. A mí me preocupa la explotación, la injusticia, el abuso de poder, la impunidad... ésa es mi línea de trabajo y la preocupación por las focas se la dejo a Brigitte Bardot.

W&BM.- ¿Por qué te convenció?
RR.- Que no me convenció. Al Gore no me podría convencer de nada. Le vi en Galés, en el festival de Hay, y es incapaz de convencer de nada, está demasiado lustroso, demasiado satisfecho de haberse conocido y con una cara de bribón que tira de espaldas.

W&BM.- Tú no votas en Estados Unidos, aunque vives aquí desde hace más de veinte años.
RR.- Exacto, no voto. Vivo allí, porque Estados Unidos es un estado de conciencia. Los niños españoles somos norteamericanos congénitos. En el cole no hablábamos de otra cosa y hasta el chicle norteamericano nos parecía mejor que cualquier embutido ibérico. No podemos salir de Estados Unidos igual que no podemos abandonar la infancia. Viví en ese otro Estados Unidos, el lugar geográfico, una media docena de años, también sin derecho a voto. Es menos excitante que el Estados Unidos interior que creó toda una generación de niños españoles en el patio del recreo.

W&BM.- Creo que padeces insomnio, que es como has bautizado a tu disco.
RR.- De eso nada, yo madrugo mucho, me acuesto reventado y ni siquiera tengo sueños, porque estoy concentrado sólo en dormir a pierna suelta. En cuanto me levanto, me pongo a trabajar. He ideado un sistema especial para hacer la cama desde dentro. No hago la cama y me acuesto y, desde dentro, estiro las sábanas y la hago, con embozo y todo. Es una técnica difícil y que requiere entrenamiento.

W&BM.- ¿Qué te quita el sueño? En España, a la gente de tu edad (32 años) los dos problemas que más le preocupan son el paro y el acceso a la vivienda.
RR.- Soy un poco mayor, 44, y no me preocupa casi nada. La pasta. La injusticia. La transformación del mundo. Que no se acabe el whisky ni el tabaco. Mi peso. Cosas así.

W&BM.- ¿Sabes qué es un mileurista?
RR.- Sí, alguien que gana un poco más que la mayoría de las cajeras, peones de construcción o becarios.

W&BM.- ¿Tú te ves con los cantantes españoles que viven aquí y que cada vez más fijan aquí su residencia?
RR.- ¿Aquí, en Madrid? Sí, cantantes y sobre todo plumíferos. Nos vemos a menudo y casi siempre doble y borroso, entre copas y cigarrillos. Me gusta salir por ahí y ver gente, preferiría top-models y mujeres fatales, pero en general me junto con escritores, qué le vamos a hacer.

W&BM.- Esto parece Torremolinos a lo bestia.
RR.- Es que no conozco Torremolinos. Conozco Benidorm. Me parece un gran sitio Benidorm, donde todo el mundo obtiene lo que iba buscando. En mi caso, cuando fui con menos de veinte años: follar con inglesas, algunas borracheras terminales y una estricta dieta a base de pollo al ast. Volví feliz. Estoy deseando regresar.


"Me gusta salir por ahí y ver gente, preferiría top-models y mujeres fatales, pero en general me junto con escritores, qué le vamos a hacer"

W&BM.- ¿Has visto en YouTube vídeos que no te dejan muy bien?
RR.- Sí, los he visto. Hay poco respeto a la intimidad. Hay un video en el que salgo bailando con un vaso en la mano.

W&BM.- Somos la primera generación de padres divorciados. ¿Ha condicionado en aspectos como el egoísmo o la soledad?
RR.- Mis padres no se divorciaron nunca. Yo sí. La generación rara es la de mi hija: casi todos hijos únicos y encima con dos hogares. Dan miedo.

W&BM.- ¿Cuál ha sido la leyenda urbana que más te ha impactado acerca de ti?
RR.- Circula una leyenda que afirma que no desayuno y me levanto tarde. Es inconcebible, porque lo cierto es que me suelo levantar a las cinco de la mañana y trabajo y desayuno varias veces seguidas. No entiendo de dónde ha podido venir ese bulo.

W&BM.- Un rumor que se repite sin cesar y que llega a parecer verdad.
RR.- El rumor de que de vez en cuando me como una rosca. Falso. Sin embargo, como llevo bigote, la gente da en pensar que a la fuerza debo tener costumbres licenciosas. Nada más falso.

W&BM.- Prepárate, porque con una canción en el disco como "Sweet Isabel", la prensa rosa te va a freír. Van a analizar la letra...
RR.- Bueno, mis últimos dos libros son un "Manual de literatura para caníbales" y otro que se llama "Visto para sentencia", donde hemos recogido mis sentencias de El Cultural y muchas entradas sobre literatura de mi blog. Así las cosas, cuando publique mi próxima novela, no espero ninguna compasión. Me van a apalear, qué le vamos a hacer. La novela se llama "Fuego amigo" y es una de espionaje internacional, ambientada en Jordania. Lo he copiado casi todo de Graham Greene, claro.

Rafael Reig es autor, entre otras novelas, de "Sangre a borbotones", "Autobiografía de Marilyn Monroe", "Guapa de cara" y "Manual de literatura para caníbales". Próximamente saldrá a la venta su última obra, una de espías con la que nos lleva intrigando unos meses, "Fuego amigo", donde no cuenta la aventura de nadie que se haya quedado sin fuego en un país donde no dejan fumar ni a escondidas en el baño. Ésa está por escribir.

(*) Tremedal. (Del lat. tremĕre, temblar).
1. m. Terreno pantanoso, abundante en turba, cubierto de césped, y que por su escasa consistencia retiembla cuando se anda sobre él.

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viernes, junio 13, 2008

Por un amigo...

Queridos amigos,

no sé si lo huelen. Yo sí: soy carne de vacaciones. Empiezo a oler a mar y a desmemoria. Lo digo porque ya no recuerdo bien, de esta tercera temporada de H.Wells & X.Bea-Murguía, lo que les he contado y lo que no. Este trabajo de mar que me he impuesto por las mañanas consiste en pegar un manotazo a la arena tras otro, todos distintos, pero indistinguibles. Y en esta niebla empiezo a creer que se va acercando el momento de detener las mareas.

Ayer estuve en la presentación de los libros de David Torres en el Hotel Kafka: la novela tan mencionada en este blog, "Niños de tiza", y una recopilación de perfiles, que publicó en El Mundo y que ahora Román Piña ha editado bajo el título "Bellas y bestias". Estuvo muy bien el acto. Me reí mucho.

Recomendados quedan los dos libros.

Cuando fui a despedirme, a una hora bien decente... ¡Qué coño! A una hora bien indecente, que no eran ni las nueve y media... Rafael Reig me deseó que pararan en el control de alcoholemia.

-- Hoy no, Rafael -le dije-, que no he bebido más que dos sorbitos de vinos.

Quería decir que, por esa buena suerte que me caracteriza, los del globo sólo me están esperando cuando saben, no sé cómo, que hay posibilidades de dar positivo. Yo bebo más bien poco, pero tengo esa suerte.

-- Lo decía -me aclaró- porque a ti te paran y nosotros lo disfrutamos.

Gracias, Rafael. Aquí, un amigo. Los halagos me sientan tan bien como a todos los demás. Si vienen de una persona con criterio, como Rafael, mucho más. Me vine a casa dándole vueltas a si he contado o no la historia que me dispongo a relatar ahora, que tiene que ver con la Guardia Civil. Creo que se la he contado a algunos de ustedes, pero en el blog no la he publicado completa, porque me da mucha vergüenza.

Si me repito, ustedes sabrán perdonarme, pero lo hago por un amigo...

Me había tomado un whisky. Uno... Bueno, casi dos, porque a mitad del Talisker 12, mi amigo Jesús Bernad consiguió Talisker 18 y, claro, me cambié. El vino prácticamente ni lo probé, y con esa mínima carga de alcohol en el aliento, convencido de que habría un control de alcoholemia esperándome, me marché para casa. Sería la una y media.

Fui todo el camino pensando en la lotería funesta de las entradas a Tres Cantos, que son tres como un timo de trileros: ¿detrás de cuál de ellas se habrían puesto esa noche los del globo? Apostar, en mi caso es perder: por la que elija, estarán esperándome con una sonrisa maliciosa. Sin embargo, esta vez pensaba ser más listo que ellos. El Pescaílla del Guadiana me había recordado una trocha que, tomada con habilidad, permite entrar en el pueblo, asomarse al lugar habitual del control de alcoholemia y ver, sin ser visto, si han montado la parafernalia de "Bienvenido Mr. Bea-Murguía" o no.

Más listo que nadie, insisto, decidí probar. Llegué a la rotonda anterior al punto peligroso, que es un pequeño otero, y me asomé un poco. ¡No estaban! Respiré aliviado. Avancé un poco más y... Grasiento (sic) error. Sí que estaban, sí, pero aún había escapatoria porque quise creer que no me habían visto. Di marcha atrás cinco metros de nada y aparqué de culo en la rotonda. Me bajé del coche como si me quemara el asiento y me dije: Javier, a casa a patita. Estaba lejos, justo al otro lado del pueblo, pero mejor era eso que soplar. Whisky y medio no es para dar positivo, desde luego, pero no olvido que la otra vez consideré lo mismo y fueron 600 euros.

Esa noche, sin embargo, la suerte estaba de mi lado. Apenas había caminado veinte metros cuando pasó por delante de mí, a toda velocidad, un Golf negro y, detrás, dos o tres patrullas de la Guardia Civil en modo persecución, con las sirenas puestas. El control había sido desmantelado. El paso quedaba expedito gracias a que un capullo armado con un 16 válvulas se lo había saltado por las buenas.

¡JA! ¡JAJA!

Raúdo, regresé a mi coche y, ya tranquilo, sosegado, sonriente, puse la proa hacia casa. Antes, como serían pasadas las dos de la mañana y no tenía tabaco, decidí parar en una de las calles de bares del pueblo, aún muy lejos de mi zona, para comprarme un Lucky. Aparqué en el bulevar, fui a por el tabaco y, con esa pachorra que me caracteriza, mi traje y mi gabardina azul, me apoyé en el capot de mi coche a fumarme un pitillo tan pichi.

Me encanta fumar de noche en la calle, más aún si hace un poquito de frío y me siento satisfecho y feliz, si hay una pequeña victoria contra la histeria que celebrar.

¡Jeje!

Tan campante, a eso de las dos y cuarto, fumando apoyado en el coche que estaba yo cuando un Patrol de la Guardia Civil se detuvo a diez metros de mí. Antes de aparcar, los guardias me miraron y, por lo visto, me reconocieron. Salieron del coche cada uno por un lado y se me acercaron separados, uno por la izquierda y otro por la derecha, como obedeciendo a un protocolo de detención de un sospechoso probablemente armado.

Flipé. El sospechoso era yo. El sospechoso de la gabardina azul que no dejó de fumar ni hizo ningún otro movimiento que llevarse el pitillo a la boca y exhalar humo y miedo (¡mamá!).

-- Buenas noches, ¿es este su coche?

A punto estuve de decir que no, pero asentí. Creo que fue de lo poco que hice bien esa noche (aparte, claro está, de trincarme un whisky). Seguro que una respuesta negativa sólo habría traído más pesquisas; seguro que no me iban a decir "Ah, pues usted perdone, señor, muchas gracias, circule, buenas noches" y pirarse.

-- Sí, es mi coche -empecé a ser consciente de que me habían pillado.
-- ¿Me puede usted mostrar la documentación?
-- Claro -dije intentando simular sosiego- pero... No entiendo. ¿Pasa algo?
-- Su coche coincide con la descripción de un turismo que se ha saltado un control antiterrorista...

¡Antiterrorista! No alcoholemia. ¡Antiterrorista!¡Me he saltado un puto control antiterrorista y soy tan idiota que me pongo a fumar mirando las estrellas!

En cosa de cinco minutos, mientras los dos primeros guardias comprobaban mi carnet de conducir y los papeles del coche, doce guardias más, cuatro patrullas y un Golf negro (el mismo que pasó a toda leche para arriba), me rodearon, me cachearon, registraron mi coche de arriba a abajo, el capot, el maletero, los asientos... Me apabullaron con preguntas. La más frecuente, la que me hicieron más veces, fue:

-- ¿Urgoiti? ¿Es usted vasco?

Venía un guardia y luego otro distinto, siempre con mi carnet en la mano.

-- Urgoiti, ¿no? ¿Vasco?

A la deseperada, hice varias gilipolleces más. La primera negarlo todo. Yo estaba en mi casa tan tranquilo y había bajado a comprar tabaco.

-- Mire con qué pintas he bajado -dije para dar fuerza a mi testimonio, pero me percaté de que llevaba traje oscuro, camisa con gemelos y gabardina, es decir, las típicas pintas de uno que está tan a gusto en su casa y se ve obligado a bajar a por tabaco.

-- Usted vive en el otro lado del pueblo, ¿por qué ha venido a comprar tabaco aquí?
-- Cerca de casa suele estar todo cerrado a estas horas.
-- Jose, llama al Tugurio a ver si está abierto.

El puto Tugurio. Siempre abierto. Si lo sabré yo que voy a menudo con Vernia y el Frutero después del mus.

-- Urgoiti... Vasco, ¿no?

¿Por qué no leerán el puto carnet de identidad? Pone claramente "Nacido en La Coruña". No entiendo por qué no viene el gilipollas y me pregunta "Nacido en La Coruña, ¿no? ¿Gallego?". En este caso, me temo, aplican la máxima: "los de Bilbao nacen donde les da la gana".

En cuanto pude, a pesar de la oposición de uno de mis custodios (en todo momento tuve a dos o tres guardias a mi alrededor), llamé a mi amigo Jesús, por sí podía hacer algo por mí. Tiene unas influencias en la poderosa 112 Comandancia, uno de los bastiones antiterroristas de la Guardia Civil que, para mi desgracia, está en Tres Cantos.

-- Jesús, sálvame (fuente de piedad).
-- ¡Cuelgue usted el teléfono inmediatamente! -me increpó el guardia en cuanto me vio-. Está usted retenido. No puede llamar... Tampoco puede fumar -y, como vio que me estaba entrando la risa, añadió más serio aún- y tampoco puede sonreír.

La situación estaba empezando a ser cómica, pero de dramática. A mí el llanto y la risa me suelen venir juntos. No lo puedo evitar. Que no me deja sonreír este tío, no te jode. Ni fumar. Échame sifón al careto si quieres, que yo fumo y sonrío.

-- ¿Todo este tinglado es por mí? -intenté parecer jocoso.
-- Sí, señor -me explicó con severo tono de reproche-. No tiene usted ni idea de lo que ha hecho. Hemos mandado patrullas a Colmenar Viejo a buscarle.

Empezaba a hacerme una idea de lo que había hecho. Jesús, el pobre, no dejaba de llamarme al móvil. Le había metido un buen susto, pero el guardia no me dejaba contestarle.

-- No descuelgue -me advertía.
-- No sea así, hombre -y, por un instante, casi le supliqué-. Le he metido un buen susto. Déjeme que se lo aclare.

Y el hombre reblandeció un poco el gesto adusto y feroz y me dio permiso. En el fondo, pienso ahora, se trataba de meter un susto a un capullo con cuatro ruedas. Le conté a Jesús lo que me pasaba en treinta segundos con lo que lo único que conseguí fue quitarle el sueño a él.

Ni recuerdo a qué hora, como yo seguía negándolo todo, a pesar de que mi versión no se sostenía por ningún lado, uno de los guardias se me acercó a decirme que me iban a denunciar por conducción temeraria y no sé cuántos delitos más. Hubiera cantado un tango si los huevos no me estuvieran oprimiendo la glotis, pero sí que me vino a la mente:

-- Deténgame sargento y póngame cadenas, si soy un delincuente, que me perdone Dios.

Como yo seguía negando más que San Pedro y aún quedaba un buen rato para que cantara el gallo, uno de los guardias, supongo que el de más rango, que no había intervenido aún, se me acercó con gesto de estar hasta las narices de mí y me increpó:

-- Mire, usted. No me haga perder más tiempo. Si lo que ha pasado es que usted ha bebido y se pensaba que era un control de alcoholemia, dígalo ya y nos olvidamos de todo esto.
-- ¿Quiere decir que, si les digo que he bebido, me dejan ir?
-- Eso mismo.

Parecía una salida. No esperé a que cantara el gallo. Ya canté yo de plano.

-- He bebido- y a punto estuve de decir que me había bebido todo Palazuelos de Eresma y que de pequeño había intentado meter mano a mi prima, por si había por ahí alguna otra cosilla que perdonar, pero esa noche ya había superado con mucho el cupo de las imprudencias.

-- Vale. De acuerdo. No le vamos a denunciar. Jose, llama a la Municipal y que vengan a hacerle el control de alcoholemia.

JAJAJAJAJA. ¡Qué cabrón! Como que te ibas a ir de rositas, so capullo.

Perdonado, ¡qué enorme alivio espiritual es la confesión!, fumando de nuevo, llegó el momento de darle una explicación más larga a Jose, que resultó ser fumador apasionado de puros.

-- ¡Hombre! Eso se dice. ¿Cómo te apellidas?

Me dijo su apellido, M., pero me prohibió tajantemente mandarle puros a la comandancia.

Llegaron los pitufos con el globo, como si aquello fuera el final de una fiesta (de hecho, a pesar de ser las tres de la mañana o más tarde, había una buena cantidad de mirones, que a veces parece que los traiga la Guardia Civil en el Patrol o que los haya puesto de atrezzo del ayuntamiento) y, lo que me faltaba, es que el pitorro no funcionara bien.

-- ¿Le han hecho usted el control del alcoholemia alguna vez? -me preguntó, el cachondo.
-- Lo que me duele de su pregunta -le dije-, es que denota que no se acuerdan de mí, porque me someten ustedes a la prueba semanalmente.

Pero el pitorro no funcionaba y el municipal se estaba empezando a mosquear. Cogió un pitorro nuevo y sopló él (dio 0,0) para comprobar que funcionara. Funcionaba.

-- Sople usted bien que vamos a tener problemas.
-- ¿Problemas a mí? Como no me dé una embolia de soplar, no sé que otro problema se me puede plantear esta noche.

Yo soplaba, soplaba y soplaba como el lobo de los tres cerditos, pero, por lo que se ve, tenía poco fuelle, seguramente porque estaba aún bastante nervioso. Ahora me descojono, pero la Benemérita me metió un susto de narices.

-- Perdone, agente -y creo que fue de lo poco sensato que dije en toda la noche-, pero estoy un poco nervioso. Le ruego que tenga paciencia.
-- Vale, vale. Tranquilícese un poco... Pero no fume, hombre, que va a ser peor.

¿Peor? La embolia que viene.

Me costó lo menos un cuarto de hora que la prueba fuera válida: 0'6 (creo recordar). Negativo. El guardia Jose M., el amante de los puros, me miró extrañado y me dijo:

-- ¿Para esto tanto? ¿Para esto se salta usted el control?
-- Ya me han atizado una vez y, ¿qué quiere?, tampoco entonces había bebido mucho.
-- Ande, ande. ¡Váyase! ¡Váyase a casa! Y dé gracias, que no sabe usted de la que se ha librado esta noche.

Eran las tres y media. Di gracias. Me fumé un pitillo. Me senté al volante de mi coche sin saber si reír o llorar. Mandé un mensaje a Jesús, para que el hombre se pudiera dormir.

Un mes más tarde, me encontré, por la noche, con el guardia Jose M. en el Tugurio. Yo venía con Vernia y el Frutero de jugar al mus y llevaba dos o tres puros que me habían sobrado. En cuanto le vi, me acerque a saludarle y a regalarle un Padrón nº9 de la serie 26.

-- De buena te libraste -me recordó tuteándome-. Tiene buena pinta -y queriendo devolvérmelo, añadió-. ¡Será muy caro!
-- 32 euros, Jose, pero fúmatelo a mi salud -le pedí-. Por un amigo...

Y nos dimos la mano.

X. Bea-Murguía (buen fin de semana a todos).

Yo miento mucho en el blog, siempre se lo digo.

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miércoles, abril 30, 2008

En la capacidad de asombrarse

Queridos amigos,

ayer me pasó una cosa que no me asombra, lo cual, según se dijo en la presentación de "Niños de tiza", de David Torres, me aleja aún más de mi infancia, ese paraíso perdido que, para mi gusto, tenemos demasiado idealizado: un político me dio plantón. ¿Qué les parece? ¿Un señor que dice que va a cenar contigo y no se presenta? ¿A que no es nada asombroso?

No quisiera ponerme serio hoy, joder, pero no lo voy a conseguir. ¿Vosotros os acordáis del día en que fuisteis conscientes de que teníais manos? ¿A que no? Pues no hay asombro en ese descubrimiento, que es mágico, pero fragil en la memoria: hay inmensa curiosidad.

Cierro esta minisemana dedicada a mis niños, dos días antes de sumergirme en el agüita calda del Mediterráneo, previo esperado atasco (menos asombroso que un político que dice que viene y, luego, resulta que no viene), con una disertación profunda, aguda, en mi línea de "intelectuás" de primer orden, sobre la capacidad de asombro de los niños. Es una chorrada, como todas las mías, pero para el que le interese...

Todo porque, según mi amigo David, lo que caracteriza a la infancia es la capacidad de asombro, con lo que podría estar algo de acuerdo, si no fuera porque, evidentemente, yo tengo mi infancia bastante más reciente que David, que Rafael Reig y que Abraham García y, además, vivo la de mis hijos con toda la intensidad que puedo (lo que no niego ni en Rafael ni en Abraham, pero sí en David que, gracias a Dios, aún no se ha reproducido y estamos a tiempo de evitarlo).

Quizá por eso, porque en ellos percibo ese deje demasiado adulto de "los niños de hoy no son como éramos nosotros", lo cual es una cantinela, una proclama atávica, cultivada por lo que ya dijeron nuestros padres de nosotros en la melancolía de la niñez, prefiero darle la vuelta a la tesis: lo que caracteriza a la infancia es la capacidad de asombrar. Por lo menos, mis hijos son así.

Por lo que comprenden, cuando tú estás convencido de que no comprenden.
Por lo que saben, cuando tú tienes la certeza de que no saben nada.
Por su agudeza, cuando tú les achacas solamente inocencia.
Porque tienen su pequeña vida aparte, en la que no participas para nada, cuando tú crees que dependen de ti en todo.

Los niños de hoy tienen exactamente lo mismo que los niños de los años 60, pero con tecnología, a la que seguimos mirando con miedo, pensamos que la Wii nos los va a idiotizar, a aislar, a convertir en una novela de Houllebeq, como cuando yo era un crío me decía mi madre "¡Deja ya la Sega Megadrive que llevas dos horas y te vas a quedar tonto!".

Y ya ven: mi madre tenía razón. Tonto del todo.

Lo que ha cambiado, y mucho, son los padres, salvo en el soniquete "¡Ay que ver los niños de hoy que no son como nosotros!", como si nuestra infancia fuera un ejemplo de algo, un paradigma del ideal de la felicidad bucólica y pastoril. Lo es, claro, pero sólo para nosotros, para los que ya la dejamos atrás.

Para mi gusto, y abro el debate que espero intenso, lo que define a la infancia es la capacidad de hacer de todo un juego, de comerse el chocolate de la vida a bocados, sin remordimiento, sin pesar, sin que les importe la consecuencia. En tanto mis amigos sean así, yo estaré de acuerdo en que son como niños.

Aquí, como ven, mi Ana asombrándose: eso que se ha descubierto se llama mano. Espero que un día vea la foto y lo recuerde.



A dos días de bucear, próspero atasco (esas horas de ejercicio zen y reflexión tan productivas para el alma), buen puente a todos y hasta el lunes.

X. Bea-Murguía (besos y abrazos a todos)

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martes, marzo 25, 2008

Tropezando con melones

Queridos amigos,

fíjense bien en la foto, sobre todo aquellos de ustedes que no crean que sea posible hallar el destino escrito en la cáscara de un melón. El rollizo niño que sentado desafía a la ley de la gravedad es David Torres, mimetizado tras el albero de un melón reluciente como el sol de Andalucía, en una playa de roca granadina (Motril, creo). ¡Qué surrealismo más fino para una alegoría! ¡El niño pequeño juega inocente con lo que habrá de ser su cabeza: gorda, sí, pero llena, sabrosa y brillante! Al que hizo la foto, le dieron el premio Octavio Aveces Acierto a la adivinación.

Lo que da de sí tanto melón lo van a poder descubrir dentro de nada, cuando salga a la venta su "Niños de tiza", premio de novela Tigre Juan, Editorial Algaida, (que yo ya he tenido el privilegio de leer, por lo que me siento tan halagado). Ya les avisaré yo para que corran a comprarlo. Mientras, les sugiero que disfruten de un aperitivo del sabroso melón de Torres, que es lo mismo que decir melón con jamón, en su blog que, a partir de ya, está disponible en la lista "Blogs para leelos" y que lleva el título de "Tropezando con melones". ¿Por qué? Leanlo CLIC y se enterarán. Merece la pena leer a David Torres en El Mundo, pero más fuera de él, liberado del corsé de la columna cerrada, fumado puros en una playa de piedra donde el único juego posible, a falta de arena, es abrazar melones.

A mí, en concreto, se refiere cuando habla de los "melones sexuales", porque, aunque también ando bien de melón (no tanto como Torres, claro, o como mis hermanos, que son un reto para un sombrerero intrépido), el mío anda medio lleno y con un cable en masa, así que no llego a tal categoría: me quedo en raja.

Todo melón es una incógnita, una pequeña caja de Pandora pero en cucurbitácea: uno, antes de abrirlo, nunca sabe si va a encontrar en su interior el frescor que alivia los calores del verano o el amargor rectal de los pepinos. Puede usted dárselas de entendido en la tienda y aplastar los polos de ese mundo verde de sabor, que, como en la vida misma, la madurez no garantiza el dulzor ni se encuentra disfrute alguno, ni pesar, si no se clava el cuchillo. O puede hacer caso al vendedor de melones, lo que no quita incertidumbre a la solemne ceremonia de apertura.

Dicho esto, que creo que explica el título del blog de David Torres, he de contar que le he hincado el piño, por indicación del "vendedor", Rafael Reig, a ese melón lleno de sabor que es la novela "Nadie me mata", de Javier Azpeitia, una trama apasionante, una novela negra escrita sobre el tablero del juego de la oca, que ofrece un punto de vista totalmente diferente y sorprendente: un alma que transmigra en vida va dando las claves para comprender el todo, partiendo de la nada (la amnesia), gracias a cada una de sus partes y a la metempsicosis (la "meten sí cosas", que decía Molly Bloom). No quiero decir mucho más. Sólo que me ha gustado mucho y que se la recomiendo. La tienen ustedes en Tusquets.

Creo que como recomendación del mes, ya va bien la cosa. Intentaré volver a decir las gilipolleces de costumbre esta semana, pero, no se crean, he apurado ya mucho el melón y me temo que no queden más que las pipas.

X. Bea-Murguía (¿Dónde vas? Melones traigo).

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miércoles, febrero 27, 2008

La seguridad inteligente

L. CIGES: "Hijo... Me respetarás, ¿no?".
A. RESINES: "Padre, ¿qué cosas tiene?".
L. CIGES: "Un hombre en la cama siempre es un hombre en la cama".
"Amanece que no es poco", brutal película del tal Cuerda que viene a colación a pesar de que no todos pensamos, como él, que el que no es de nuestra cuerda es un imbécil, pero, bueno, la película es simplemente genial).

Queridos amigos,

suscribo al cien por cien lo que dice Rafael Reig en su blog, que muchas veces les he recomendado y que hoy insisto: "Ahora viajar es la forma más popular de hacer penitencia y someterse a humillaciones: registros, prohibiciones de todo tipo, esperas, colas, gastos, instrucciones de seguridad, retrasos sin explicación, disciplina severa, música estridente, comportamiento de jardín de infancia (sin fumar, sin beber, pidiendo permiso para ir al baño)... ¡y encima todo lo hacen por nuestro bien!¡A ellos les duele más que a nosotros!".

Y es más, se lo voy a decir con un pesimismo que es muy poco propio de mí, la cosa sólo puede ir a peor. Es lo que los yanquis llaman la "seguridad inteligente". Fíjense que yo siempre había pensado que la "seguridad inteligente" es la que existe sin que se note, sin que sea una molestia, sin que sea un abuso. Para ellos no. Para ellos la seguridad inteligente es aquella en que te cachean, te obligan a sacar los calzoncillos sucios de la maleta, te tumban en el suelo mientras un perro te gulusmea como si fueras una olla de arroz NO PORQUE TÚ SEAS SOSPECHOSO DE NADA... Noooooo... Si no como espectáculo público para tranquilidad del respetable: la administración George W. Bush cuida de su seguridad de forma inteligente. ¡Bájese los pantalones y esté tranquilo que es por su bien! ¡JA!

Yo no sé ustedes, pero a mí, particularmente, ver en las esquinas de la Plaza Central de Danli, Honduras, a dos huevones vestidos de militarote con un M16 en la mano no me reconforta ni me da sensación de seguridad. Muy al contrario, me intranquiliza y mucho porque si están es por alguna razón y porque, en el fondo, un becerro con un pistolón es como un hombre en la cama (de ahí la cita del tal Cuerda, de la cuerda de los sine baculo).

No les voy a contar las mil vicisitudes que pasamos en el aeropuerto internacional de Miami, ni el enfrentamiento verbal que sostuve con un hispano hijo de puta con placa y pistola (sí, Juan, pero sin quererlo ni beberlo), al que, al final de la discusión, con mucha mano izquierda, demostré todo mi desprecio por prepotente y por cabrón (sin que, por cierto, me detuvieran).

Lo que les quiero contar es que si ustedes van a volar a un país de América y pueden evitar la escala en Estados Unidos, ni lo piensen. Hoy, con el plan de seguridad inteligente de Bush, les obligan a entrar en el país y a pasar aduana. Les puede suceder que, de forma completamente arbitraria, les seleccionen para el cuartito del guantecito de látex, lo que le hará perder su conexión, como casi, casi le pasa a una compañera de viaje que fue directa al cuartito porque al tipo de la aduana le pareció que "sus apellidos eran demasiado corrientes".

Si usted se apellida Pérez, ni lo piense: NO VAYA A ESTADOS UNIDOS. No les gustan los Pérez allí. Son peligrosos. María de las Cruces... Montse... Haced como el Ratoncito Pérez, que ya no lleva monedas a los niños americanos.

El trato no es ya inhumano: es vejatorio. Recuerda a las colas de las listas de la muerte de los campos nazis, así de monstruoso es. Estás en la fila, inocente viajero que ni siquiera pretende entrar en Estados Unidos, sino ir a Managua, y no dejas de pensar en la posibilidad de que te toque la china. La seguridad inteligente de Bush es bananera, un indudable paso atrás, algo que vendrá a Europa si no lo evitamos nosotros.

Yo he ido a Estados Unidos cuatro veces, ninguna de ellas con intención de matar al presidente de Estados Unidos (aunque si me pusieran una casilla preguntándome si "Tengo intención de cagarme en su puta madre", diría que SÍ sin dudarlo). Me han hecho toda clase preguntas idiotas en plan interrogatorio incómodo, me han obligado casi desnudarme y así, descalzo, sin chaqueta ni cinturón, me han cacheado sin miramientos, me han tomado las huellas dactilares, me han fichado, me han roto una maleta, me han insultado y todo esto por mi seguridad.

Cuando el lunes recogí mi maleta de la cinta de la T4, comprobé que me la habían abierto en Miami. ¿Por qué? ¿Con qué derecho? YO NO HE IDO A ESTADOS UNIDOS. Era un pasajero en tránsito de Tegucigalpa a Madrid. Ya es la segunda vez. La primera vez sí que fui a Nueva York. Me rompieron la maleta, directamente, y me encontré dentro una papela del Transport Security Administration, que conservo y cuya lectura les recomiendo. No tiene desperdicio, pero el tercer párrafo es sencillamente el sumum de la conculcación de derechos. Encima tienes que leer la divisa "Smart security saves time" ("La seguridad inteligente ahorra tiempo"). Hay que joderse... Siempre y cuando no estés en tránsito, ya que las posibilidades de perder el enlace son muy altas.

Yo llevaba casi cincuenta puros en la maleta, regalos de Padrón y de Flor de Selva. Son puros hondureños y nicaragüenses. Si hubieran sido cubanos, me los habrían quitado... ¿Por qué? Yo no iba a Estados Unidos.

Estados Unidos es un gran país con grandes cosas, entre las que no se cuenta la paranoia en que les ha sumido la administración Bush.

X. Bea-Murguía (perdonen el rollo de hoy)

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martes, diciembre 04, 2007

Mi nombre es Legión

Queridos amigos,

en el día de Santa Bárbara Bendita (muchas felicidades amiga) ¡qué importante es que se acuerden de uno! Decía Rafael Reig en su blog (que les tengo más que recomendado CLIC), que uno no está vivo si no es en el pensamiento de los demás. Es preciosa la idea:

"También sé que yo existo en lo que piensan otros.
Tengo la convicción de que si pasara un día entero, y se hiciera de noche, y no hubiera nadie, ni una sola persona, que hubiera pensado en mí, aunque sólo fuera un momento; yo entonces desaparecería, dejaría de ser. Aunque a la mañana siguiente me levantara igual, y tosiera, y desayunara, y fuera al trabajo: ya no sería yo, sería una cáscara vacía, un envase desechable, un caparazón en el que no hay nada, olvidado en la arena.
Lo que nos mantiene vivos es esa otra vida que llevamos sin saberlo, a través de los demás".

Yo no habría sabido decir por qué antes de este párrafo, pero a mí, que no soy religioso, lo que me gusta de San Francisco Javier, 3 de diciembre, es que los amigos tienen un segundo para mí. Lo prefiero mil veces a mi cumpleaños, ese día apestoso en que celebras que estás un año más cerca del fin.

¡Qué importante es que se acuerden de uno, aunque no te llamen para felicitarte! Eso es lo de menos. ¡Un cumplido, al menos conmigo, totalmente innecesario!

Gracias a todos los que os acordasteis ayer de mí, aunque no me llamarais, y muchas gracias a los que, además, me llamasteis... Es un refuerzo afectivo muy importante.

Las carencias afectivas son jodidas, porque desembocan en trastornos bipolares, dobles personalidades y, a veces, en esquizofrenias paranoides de lo más chungo. Si ustedes se hubieran acordado de la mujer que da las citas en ginecología de Tres Cantos el día de su santo, probablemente, ella no usaría dos voces para concretar la siguiente visita... Una positiva, irregular, que quiere ser amable, pero es pomposamente aguda e impostada, como si hablara con baches o interferencias, como una radio mal sintonizada:

-- A ver, a ver si para la semana que viene...

Y otra voz, que también es suya, que es grave y gutural, sacada directamente de la vibración más profunda de la glotis, que trata de ser reflexiva, como anticipando una respuesta muy sesuda, pero resulta terrorífica, de película de exorcismo...

-- ¡Aaaaaaah! ¡No! Para el treeeeeeeece no hay nadaaaaaa....

Vas a pedir cita y te la encuentras "agazapaíta" bajo el mostrador, con los pelos de punta, como si de pequeña se hubiera caído en la marmita de la laca, de cuclillas y en una postura tal que, al asomarte, ves Paris y Roma. Entonces, te mira poniendo los ojos en blanco, da un salto batracio hasta su silla, se atusa los cabellos sin conseguir domeñarlos y te dice, dos veces:

-- Disculpe -con voz impostada-. Disculpeeeee -en modo vibración.

Trastorno afectivo bipolar no puede ser, porque pasa de la fase maníaca a la eufórica en cuestión de segundos. Demasiado para un maniaco depresivo sin medicar. Quizá sea una doble personalidad incipiente... Aunque a mí me resulta mucho más romántico pensar, simplemente, que está poseída. Endemoniada. Mola mucho más. Me encantaría que, antes de atenderme, la cabeza le diera un par de vueltas. Sería la hostia. Una especie de toque futurista, como si hubiera llegado el día en que los robots atienden en los mostradores de la Seguridad Social...

Después, me imagino que su puesto de dar citas es un poste de madera y que ella está de cuclillas, "agazapaíta", mal vestida y despeinada... Bueno... Para esto no hace falta un esfuerzo muy grande de imaginación, porque es la realidad... Llena de cadenas y moviendo los ojos sin descanso. Atraído por su locura, le pregunto:

-- ¿Quién eres?

Y ella, con la voz aguda e impostada, fijando por fin la mirada, atravesándome con sus pupilas negras como bolas de cañón:

-- Mi nombre es Legión, porque somos muchos...

¡Da susto del malo! ¿Verdad?

A mí la locura me apasiona, me da miedo y, al mismo tiempo, me parece tremendamente atractiva. Es como en esas películas malas de terror en las que la protagonista va medio en cueros directa a recibir el hachazo y todo el mundo se tira de los pelos porque el guión es muy malo, que en esa situación la gente normal sale corriendo en dirección contraria... ¡Mentira! Lo primero, las películas que tratan de gente normal son un coñazo; lo segundo, el miedo y la locura son excitantes, irresistibles y atractivos (por eso, entre otras cosas, yo quiero tanto a mi amigo Slow Crab).

Luego, Legión deja de ser Legión y usa el tono grave, pero reflexivo, como de viejo profesor de economía enganchado a una "e" staccato:

-- ¡Aaaaaaaaaaaaaah! Soy Peeeedro Solbeeees...

Que acojona mucho más, porque te crees que va a decir el IPC de diciembre.

No se apenen mucho: el sitio de esta señora es Quitapesares, no el Centro de Salud de Tres Cantos. Si ustedes tuvieran que pasar por su mostrador para que les diera hora para ir al médico, les aseguro que les daría menos pena. A Beatriz, que no puede disimular, se le van los demonios (nunca mejor dicho). A mí, directamente, me entra la risa... Me dan ganas de decir:

-- Vade retro Satanás... ¡Abandona este cuerpo para siempre!

Si supiera cómo montarle un exorcismo express, no duden de que lo haría, pero no sólo por curar a esta pobre endemoniada, sino porque resulta agotador asistir durante veinte minutos a la interminable discusión entre Solbes y Legión, que no se ponen de acuerdo en el día que deben citarte.

Si de verdad quieren hacer algo por su carencia afectiva, antes de que sus personalidades se disgreguen del todo, les sugiero que el 29 de junio se acuerden de ella o, incluso, que la llamen para felicitarla... Creo que el 29 de junio es San Pedro, ¿no?.

X. Bea-Murguía (Slow Crab, ¿te la presento o ya sois compañeretes de electroshock?)

¡Esos endemoniados que se controlen! Les dejo una de mis canciones favoritas, para que le vean el lado bueno a la vida... ¡Y después a ver quién es el que se atreve a decir que el humor inglés no es bueno!

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jueves, junio 28, 2007

¿De qué hablan los escritores?

Queridos amigos:

el primer escritor al que conocí fue a Rafael Reig. Fue gracias a Lucky Strike. No es coña. Fue un golpe de suerte. Es cierto. Me lo pasé muy bien entrevistándole.

Antes había entrevistado a otros muchos y muchas, pero ninguno de ellos, salvo Juan Manuel de Prada, se bajó de la cátedra para hablar conmigo y probablemente, ninguno me recuerda. Juan Manuel me sorprendió desde el primer momento, y después he tenido la oportunidad de conocerlo mejor, pero con Reig me dieron ganas de dejar los bártulos en la mesa de su casa e irme con él a tomar cañas toda la mañana. Entonces, sentía curiosidad por meter mi nariz en ese mundillo intelectual, pero de verdad. No quería hablar con el escritor que te explica los vericuetos de su obra... Ni su intención crítica... Ni... Brrrrr... No, no. Eso para la radio. Para el EPS. Yo estoy hablando de otra cosa, de "Literatura y existencia".

Y allí estaba Reig, destruyendo mitos literarios, tocando lo intocable, riéndose de lo que uno no se puede reír. Me encantó.

Un día, Reig me llamó para hablarme de un tal David Torres, que si le podía echar una mano, que estaba haciendo un reportaje... Ayer comimos juntos y lo recordamos. David es una mina de oro. No tengo palabras. El sí (sobre todo contra los Rolling). Se ha convertido en imprescindible.

El primer día que quedé a comer con David Torres, cambiamos cromos: yo le presenté a Jesús Llano, un monumento, y él, a su vez, me trajo a Álvaro Muñoz Robledano que es poeta, fantástico, sorprendente, de un ingenio acomplejante. Para mi gusto fue un intercambio justo.

Al lado del estanco de Jesús, que no se pudo unir, cuatro amigos que comen y hablan, como pueden ver en la foto que no he robado del blog de Rafael Reig. Aunque se parezca, no es la misma (si esto es piratería informática, yo soy como el top manta de Internet, ¿me vas a denunciar en la SGAE?).

Estos escritores me han hecho un hueco a su lado. Soy el convidado de piedra, una estatua con orejas, como Andoni Zubizarreta en un lanzamiento de penalty. Me siento allí, entre ellos, y escucho. A veces, incluso, opino. Poco. Lo que puedo. No mucho.

Antes tenía curiosidad por saber de qué habla la gente culta, pero ahora respiro tranquilo porque compruebo que los escritores no conversan todo el rato sobre el existencialismo ni sobre autores que no conoce ni Dios ni la comida es un Trivial ni una competición de a ver quién sabe más ni casi se menciona a gente rara como Goethe o Rabelais ni a poetas malditos ni a nadie así, muy insoportable... Los escritores hablan, sobre todo, de sexo y de tías buenas. Como los camioneros, los camareros, los ingenieros, los oficinistas, los taxistas, los fontaneros... Como todo el mundo.

X. Bea-Murguía

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