
Pues sí, pues sí, amigos,
ya ven. Primero de Octubre, casi nada, y un mosquito me ha comido a besos esta noche. ¿Qué les parece? Cosas del cambio climático digo yo o, peor aún, que los mosquitos, con tanto antimosquito, se están convirtiendo en moscones de un cachas insufrible. Este de anoche, en concreto, era el puto mosquito
Schwarzenegger (¿se escribirá así? No lo voy a buscar). Vas a matarlo de una palmada y se te rompen las muñecas.
Les voy a explicar mi convalecencia, que no quiero provocar alarmismo injustificado, aunque por el aluvión de llamadas recibidas interesándose por mi estado de salud, casi estoy por afirmar que no he causado alarmismo alguno... Es más, he generado un desinterés total. Excepto en mi madre, claro (gracias, mamá, estoy bien). He llegado a la conclusión de que la gente se toma demasiado a coña todo lo que digo en el blog. Está bien. Casi todo es coña, salvo que me operaron el lunes a vida o muerte de un abceso en el pecho.
Fui a una clínica de Corporación Dermoestética porque pensé que para una operación de reducción de pecho era el sitio indicado. Demasiados pechos, me han dicho siempre, pueden producir una lesión de espalda. En ese momento yo tenía tres: lo que son mis dos tetillas naturales, que cuando corro (pocas veces, lo confieso) suben y bajan y un bulto del tamaño de una bola de golf entre la izquierda y el sobaquillo.
No es por hacerme la víctima, pero me dolía todo desde el codo izquierdo hasta el huevo derecho. Encima, mi hija
Ana, con esa puntería tan propia de los inocentes, me hacía ver las estrellas cada vez que la cogía en brazos. No iba a renunciar a abrazar a mi hija ni a que ella golpee su nombre sobre mi esternón como si fuera morse, Ana en tam tam sobre mi abceso. Así que me fui a Corporación Dermoestética y le dije a la doctora (casualidad, de nombre Ana):
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Mira tu nombre tatuado en este trozo de mi piel- tirando de la camisa hasta arrancar los botones para mostrar a la doctora mi pecho turgente (me refiero al tercer pecho, los otros dos van, digamos, algo flojetes).
No por ella, evidentemente, pero Ana, al fin y al cabo, mi hija, con sus golpetazos sobre mi tercera teta, había dejado grabado en mi pecho su nombre en forma de recuerdo del dolor.
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Túmbate en la camilla -me dijo. No quiero que piensen que la doctora fue seca o antipática. Todo lo contrario. Fui muy maja.
No sé por qué, será por mi optimismo natural, pensé que lo mío se solucionaría en un abrir y cerrar de pecho y entré soltando por la boca mis clásicas bromas médicas, pero cuando vi que uno de ellos me pintaba la zona de color cochinillo antes de asar, como en las películas, que me ponían un foco de luz mortecina sobre la chola y, sobre todo, que me cubrían con una sábana verde con agujero, se me pasaron las ganas por un momento.
Luego volvieron.
Me dejaron solo como a un condenado al que le permiten un instante de reflexión solitaria antes de la ejecución, y entonces, concentrado, sublime, lúcido, pensé: "
Coño, coño". Y me hice caca (mental, eso sí, de la que no canta). Yo soy así: valiente y torero.
Cuando volvieron, le pregunté a la doctora si me iban a poner anestesia o a darme una botella de whisky, como cuando extraen flechas del pecho en las películas.
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Aquí, como mucho, una cerveza -me contestó.
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¡Cómo está la sanidad pública!- me asombré.
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Esto te va a molestar un poco- me advirtió.
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Un poco... Ya... -me temí lo peor.
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Escuece un poquito- me advirtió más la enfermera.
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Un poquito... Es decir... Me va a doler- traduje yo.
Y sí que dolió, sí. Les iba a ahorrar los detalles, pero me metieron tres pinchazos (la anestesia local) que me provocaron un escozor interior bajo mi tercera teta equivalente a desollarte la cara afeitándonte y usar como after shave ácido sulfúrico. Un poquito, dice. Joder.
Al tercer pinchazo, temiéndome un cuarto, pedí sopitas a la doctora.
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Casi que prefiero el whisky. Si eso, me acerco en un momento a comprarlo al chino y luego seguimos- por no decir, "
mire, déjelo, que me quedo con la teta puesta y tan amigos".
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Tranquilo, que ya está.
Tranquilo, lo que se dice tranquilo, no me quedé, pero es verdad que ya no me pinchó más veces, lo que hizo que me sosegara un poco. Al fin y al cabo, después de la anestesia, no iba a sentir dolor, ¿no?
Pues no. Estaba equivocado. Lo peor estaba por llegar. La extirpación de la tercera teta alargó el tiempo. Cuánto estuve allí tumbado, mientras me hurgaban en la herida, lo desconozco: entre una eternidad y dos. La doctora me decía:
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Venga, que ya estoy acabando -para darme ánimos pero no acababa nunca.
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Tómate tu... uh... tiempo... oh... No tengo prisa... ah... Es curioso el tiempo. Con lo cortas que se me han hecho las vacaciones este año y lo largo que se me hizo el ratito eterno del quirófano.
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Me dará... aah...s dos semana...ah...s de baja, ¿no?--
Sí, claro -me contestó-,
una baja con permiso para irte al Caribe.
"
¡Qué bien!" -pensé, por eso no pongo las exclamaciones de dolor-. "
Al Caribe dos semanas con permiso de mi mujer".
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Pero...oh... ¿Me paga... ah...rá el viaje la Seguridad Socia... aaaaaaah...l?--
Por supuesto. Ahora te doy la receta.
Para que luego nos quejemos de la Sanidad Pública. Dos semanas en el Caribe, para recuperarme. Todo incluido. Hasta el whisky.
Cuando por fin terminó de aplicarme "la guindilla picanta" (pero sin mucho cuidado, porque no es que me haya dejado "ninguno marca", es que tengo un boquete en el pecho al que sólo le falta ponerle el cartel del Canal de Isabel II), todavía temía que me cosieran, así, en vivo y en directo, como a un zapato viejo.
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No, no te cosemos, no te preocupes. Te vamos a poner un drenaje.
¡Ah! Un drenaje, menos mal. Respiré aliviado, la tortura había acabado, y afirmé rotundo.
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Hubiera preferido el whisky: al final, el dolor habría sido el mismo y eso que me llevo.
Apuesto a que, además, el mejor whisky es más barato que la peor anestesia. Di las gracias dos o tres veces, me dijeron que había sido muy valiente (¿cómo serán los cobardes?), me dieron unos nolotiles que no valen para nada, porque me duele de cojones, y me dijeron que tenía que ir a diario, al centro de salud, a que me curaran la herida.
Ayer fui a la primera cura. Ufano, optimista, contento, como soy yo. Enseguida se me pasó el buen humor. Menos mal que me puso un drenaje, pensaba. Pues me hizo más daño que en la operación. Tuve una sensación extraña cuando me vi la herida, abierta como está, sin sutura. Donde antes estaba mi tercera teta, hay ahora un agujero que si abro la boca, se hace corriente; si bebo, se me sale el líquido por ahí como al
Pato Donald. Si alguien me susurrara en el culo, se le oiría perfectamente por el pecho.
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¡Hola! -incluso con un poco de eco, como quien grita en una cueva.
Es un agujero extraño, como he dicho, pero con un punto artístico, como la herida seca de la lanza de
Longinos. Me recordó al Cristo de
Mantegna, con esas laceraciones en las manos y en los pies que son como desgarrones en el cuero, agujeros dúctiles y ásperos en el cuerpo que ni sangran ni respiran porque son la muerte misma.

Hoy, tengo la segunda cura. A las siete. Me ha dicho la enfermera que procure tomarme un Nolotil media hora antes, más o menos.
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Sí, sí. Vale, vale -le he dicho yo, pero lo pienso empujar para dentro con Caol Ila 12 años.
Tengo una botella en casa, que me regaló mi hermana
Bego, y no he encontrado aún la ocasión. Puede ser ésta. Ya les contaré... Si es que me acuerdo de algo.
X. Bea-Murguía (estoy bien, mamá).
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