lunes, noviembre 24, 2008

Mis hijos

Jodó, qué frío, maños.

Al eucalipto que comparte las mañanas conmigo, que casi toca mi ventana, se le ha ido la permanente a tomar vientos. Seguro que se había gastado una pasta en Rupert y ahora anda con las hojas más revueltas que una loca de película de Pedro Almorrana.

Qué lunes más lunes. Esta semana me toca lo mismo que la semana pasada, así que no sé cómo andaré de tiempo. Bueno, sí lo sé: voy a andar mal de tiempo, con cierzo en el reloj, corriendo al aeropuerto y a la estación de Atocha, de arriba a abajo, como el Imperio Asirio. Mañana estoy en Santiago. El jueves, en Sevilla. El lunes que viene, en Albacete y ya. A ver si se pasa esta racha (de viento del norte). A ver si vuelve la primavera.

Por lo menos, la niña ya está bien. Vean, vean. Aquí una foto que ha hecho mi mujer. Me encanta.



Guapos, ¿verdad? Tela de guapos. Estos son niños hechos con calidad superior y punto. Si alguna de ustedAs quiere un niño de esta calidad, que me lo diga. Sin problema. Barato, barato, además. Manden primero una foto porque yo, a pesar del poderío de mis genes, sólo puedo asegurar la mitad de esa calidad y luego no quiero reclamaciones que ya advierto que la otra mitad no es cosa mía. Y en el caso de mis hijos, que no se parecen en nada a mí, que son calcados a mi señora, casi se hace verdad eso que dicen siempre en el pueblo:

-- Son iguales a Beatriz. ¿Tú qué has puesto aquí? Si no has puesto nada.

Pues es verdad, joder. Mejor para ellos, claro, que serán más guapos, pero aunque parezca que yo no he puesto nada, la calidad de mi genética se nota en lo blanco de los ojos y en otras muchas cosas. ¿Que en qué? ¡Pues en un montón de cosas, hombre! Al menos, yo la noto. Bueno, miren, si quieren un niño de calidad, hablen con Beatriz y que les dé el teléfono del padre de mis hijos y tan amigos. Además, yo a mi edad, no quiero líos.

En todos estos años, desde que soy padre, y va para ocho, sólo una persona, una, se ha parado ante mí y me ha dicho:

-- Esta niña es clavada a ti.

Fue este verano. En la puerta de la peña. Las chicas de oro iban a misa, como cada día. Y no, no fue el vendedor de la ONCE. Fue la Encarna. Muy maja la mujer. No ve tres en un burro, es cierto (y desconsolador), pero tampoco vende cupones. Los demás, siempre preguntan... Así, con acento segoviano...

-- ¿A quién se parece esta niña? ¿A quién se parece este niño? -metiendo el dedo en el cochecito para verle la cara y añadiendo- Porque a ti no se parece.
-- Pues no sé a quién se parecerá-contesté en una ocasión pasando ya de contrariado-. ¿Por qué no le haces una foto y la vas comparando con todos los tíos del pueblo y así nos enteramos los dos?

No te jode. A mí no me importa, la verdad. Me la pela. Creo que padre es quien se lo gana. Padre es el que pasa noches sin dormir acunando la fiebre de los hijos, el que limpia culos y canta en el baño, el que levanta al niño cuando se cae de la bicicleta, el que lo lleva al colegio, el que castiga a su pesar, el que no se pierde ni una sola exhibición de judo, el que deja que la niña chupe su teléfono móvil, el que cree que el trabajo es importante, pero secundario. Lo que quisiera, si se confirmara esto que sólo una madre sabe y todo padre sospecha, es que si hubiera un quien por ahí, pasara la pensión alimenticia, ¿no? Que por lo menos colaborara en la manutención. Que no le saliera gratis. Eso sí, sin derecho a pasar la noche en vela ni entradas para la exhibición de judo. Eso no lo comparto, que el cálido abrazo de mis hijos es sólo mío.

Bromas aparte. Mis hijos son guapos, son buenos, son listos y son simpáticos... Como su padre. Ahí se nota el podería de mi genética.



Y punto.

X. Bea-Murguía (buen lunes a todos).

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jueves, octubre 23, 2008

En una oscuridad desconocida

Queridos amigos,

fíjense si seré idiota, cabeza-buque... Más no se puede ser.

Paro en una gasolinera de estas de prepago por necesidad perentoria (del coche) y por los pelos no me piro sin repostar, pero con la gasolina pagada. ¿Qué les parece? Estoy empezando a preocuparme. Voy, prepago la gasolina, digo mis gilipolleces de turno, arranco, avanzo y sólo una mirada instintiva al manómetro del depósito me hace darme cuenta de que he pagado pero he echado la sopa.

Menos mal que no se me pegó la impaciencia de nadie al culo. Si no, problema. Matata, que dicen en Kenia. Matata sana. Eché marcha atrás y reposté.

Iba a Toledo, a la inauguración del Club Tristán, de mi amigo Pedro Pablo Gamero, un bolo, rebolo, chapeau. Otro día les digo por qué. El plan era dormir allí. El año pasado, volviendo de un acto de fumadores de puros, organizado también por Pedro, tuve una mala experiencia en la carretera. La conté aquí, si lo recuerdan.

"Toledo-Madrid"



Recordando aquello, decidí dormir en Toledo y fresco, bien madrugado (que no, que a mí no me cuesta nada madrugar), poner ruta a mi casa. La idea era llegar en torno a las 8:00 horas a Tres Cantos.

Me puede la obligación, qué quieren que les diga y no me estoy poniendo una medalla, ni mucho menos. Me duele tener que dormir fuera de mi casa, donde me siento tan necesario, sobre todo por las mañanas, cuando actúo de desayunero oficial. Herencia de padre, ¿qué le vamos a hacer?

Así que dije que no al copeo posterior al acto. Era medianoche cuando me acosté. Los amigos, Fran, Alberto, Juanjo, Eduardo... Pedro mismo... Se iban a quemar la noche toledana (nochecita toledana que fue...). Yo opté por la partenidad. No es desinteresado, no se crean. Esperaba la recompensa de mi mujer. Esperaba su gesto de sorpresa al levantarse y encontrarme allí, haciéndole el desayuno, exprimiendo naranjas, batiendo biberones y dándole vueltas al nesquick como si hubiera dormido, una noche más, a su lado. Esperaba su sonrisa cálida. Esperaba el tacto de sus manos, pintadas por el Greco, en mi espalda.

Dije que no a la juerga y los oí llegar a las cinco y pico de la mañana al hotel. (Coño, ya me he chivado). Había sido de las buenas. No es que me arrepintiera. El arrepentimiento es inherente a toda decisión, pero mi objetivo era más alto y más satisfactorio: sorprender a mi mujer, decirle sin palabras lo mucho que pienso en ella, lo duro que es dormir en un hotel en una oscuridad desconocida.

A las seis de la mañana, me levanté animoso. Sé que parece raro pero, insisto, no me cuesta madrugar. A las cinco había oído llegar a la patrulla nocturna porque andaba en duermevela, nervioso, alterado, con miedo a no oír el despertador, a dormirme y no llegar a tiempo de mi sorpresa en casa. La única ventaja de dormir fuera de casa, por trabajo, es precisamente esa: poder descansar, pero yo ni me fui de juerga con los amigos, ni descansé. Dormí seis alteradas horas pendiente del móvil, de que sonara su martillo musical en mis oídos con fuerza suficiente para despertarme y darme tiempo de llegar a mi casa.

Me duché y me fui del hotel sin tomar siquiera un mal café. No había nada que echarse al coleto a esas horas y no me importó fumar en ayunas, mientras escudriñaba la carretera, con picor de ojos, bajo una lluvia intensa, en la oscuridad tenebrosa de un día que aún no se había atrevido a asomar.

El trecho entre Toledo y Madrid se me hizo eterno. Iba mirando el reloj y calculando mentalmente: a este ritmo, a las siete y media estaré en casa. Es perfecto. A esa hora, hasta me da tiempo a tomarme un café con tranquilidad antes de que empiece la actividad matutina de mi familia.

Pero Madrid es un atasco. Un atasco enorme y gusano, una tumba para las prisas, un panorama desolador de luces rojas que se suceden hasta la desesperación. Llegué, porque al final llegué pese a que en algún momento de la mañana pensé que no lo conseguiría, y eran más de las nueve. Mi mujer notó que la llave rascaba la puerta y me abrió.

-- ¡Hola! -me dijo-. ¡No te esperaba! ¡Qué bien me vienes!

Ya ven que es un claro caso de hagas lo que hagas, te arrepentirás (incluso sin necesidad de unirte a Worren Sánchez). Al final, no me fui de copas con los amigos, no descansé y no llegué a tiempo de ser útil en casa como esperaba y todo el esfuerzo de la mañana quedó esparcido en el tiempo muerto inacabable y desesperante del atasco de la M-30. Y, sin embargo, qué momento más dulce es el encuentro inesperado.

¿Verdad?

X. Bea-Murguía (bonitos túneles los de la M-30, Gallardón. ¿Para qué dices que sirven?)

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miércoles, octubre 15, 2008

A punto de estallar

Así, como cuando la dinamita se prepara para el ahora,
ahora, AHORA, sin que cambie la forma exterior del cartucho
”.

"Luz de agosto".
William Faulkner.




Queridos amigos,

parece que esto se anima un poco, ¿no? Es que llevamos un mes de septiembre y medio octubre un poquito aplatanados, como si no hubiéramos acabado de sacudirnos de encima la pólvora del verano. Siento decirles que me parece que hoy yo les voy a dar poca cera. Ayer tuve un día perfectamente olvidable. No me pregunten qué me pasó, porque no fue nada en absoluto, pero lo fue todo. Un encadenamiento de decepciones, tal vez. Una serie de pasos mal dados. Un par de caídas inexplicables. Una palabra desorientada que nunca debí decir. Un pensamiento no nacido que rompe el silencio.

Perdí al mus.

Iba a profundizar en el sentido de mi derrota, pero para qué hacer más sangre si en esas tres sencillas palabras de sujeto omitido ya ríe un universo de humillación, un big-bang del honor perdido. Prefiero contar que llegué a mi casa y hallé consuelo, que mi mujer me esperaba sonriendo, que mi hija cumplía diez meses y que mi hijo me enseñó lo bien que toca "Smoke on the water" con la guitarra eléctrica que le ha regalado su tío Diego.

Hice mis tareas, las de San José en Belén viviente que me corresponden por derecho, que no por obligación, bailé y canté con mi hija en el baño. Mi niño me agarró de la oreja mientras nos entregamos juntos a esos apasionantes dibujos animados que tanto nos gustan (zzzzzzzzzzzzzzzzzzz). Acostamos a los niños, Beatriz se marchó a andar y, con todo hecho, con las derrotas y los fracasos colgados del perchero de la entrada, dueño por fin de mi tiempo, me entregué a la lectura.

Estoy leyendo un libro de John Irving que es una montaña rusa sobre la estructura del fracaso. "La epopeya del bebedor de agua" tardó en animarse dos líneas, después se ralentizó hasta el punto en que no sabes si es que la mecha es demasiado larga o que hay un fallo en el mecanismo. Ese silbido siempre tenue y lejano, cerca de la extinción y de la deflagración, que tan bien maneja un artificiero como Irving y que estalla de manera impredecible, pero perfectamente medida, en el momento justo en que estás decidido a ir a comprobar que la carga esté bien colocada.

Impresionante.

Sirvan de recomendación sincera. Las dos cosas: el libro y que no hay como llegar a casa cuando se está a punto de estallar.

X.Bea-Murguía (no hay tiempo para más)

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miércoles, octubre 01, 2008

El agujero seco de la lanza de Longinos


Pues sí, pues sí, amigos,

ya ven. Primero de Octubre, casi nada, y un mosquito me ha comido a besos esta noche. ¿Qué les parece? Cosas del cambio climático digo yo o, peor aún, que los mosquitos, con tanto antimosquito, se están convirtiendo en moscones de un cachas insufrible. Este de anoche, en concreto, era el puto mosquito Schwarzenegger (¿se escribirá así? No lo voy a buscar). Vas a matarlo de una palmada y se te rompen las muñecas.

Les voy a explicar mi convalecencia, que no quiero provocar alarmismo injustificado, aunque por el aluvión de llamadas recibidas interesándose por mi estado de salud, casi estoy por afirmar que no he causado alarmismo alguno... Es más, he generado un desinterés total. Excepto en mi madre, claro (gracias, mamá, estoy bien). He llegado a la conclusión de que la gente se toma demasiado a coña todo lo que digo en el blog. Está bien. Casi todo es coña, salvo que me operaron el lunes a vida o muerte de un abceso en el pecho.

Fui a una clínica de Corporación Dermoestética porque pensé que para una operación de reducción de pecho era el sitio indicado. Demasiados pechos, me han dicho siempre, pueden producir una lesión de espalda. En ese momento yo tenía tres: lo que son mis dos tetillas naturales, que cuando corro (pocas veces, lo confieso) suben y bajan y un bulto del tamaño de una bola de golf entre la izquierda y el sobaquillo.

No es por hacerme la víctima, pero me dolía todo desde el codo izquierdo hasta el huevo derecho. Encima, mi hija Ana, con esa puntería tan propia de los inocentes, me hacía ver las estrellas cada vez que la cogía en brazos. No iba a renunciar a abrazar a mi hija ni a que ella golpee su nombre sobre mi esternón como si fuera morse, Ana en tam tam sobre mi abceso. Así que me fui a Corporación Dermoestética y le dije a la doctora (casualidad, de nombre Ana):

-- Mira tu nombre tatuado en este trozo de mi piel- tirando de la camisa hasta arrancar los botones para mostrar a la doctora mi pecho turgente (me refiero al tercer pecho, los otros dos van, digamos, algo flojetes).

No por ella, evidentemente, pero Ana, al fin y al cabo, mi hija, con sus golpetazos sobre mi tercera teta, había dejado grabado en mi pecho su nombre en forma de recuerdo del dolor.

-- Túmbate en la camilla -me dijo. No quiero que piensen que la doctora fue seca o antipática. Todo lo contrario. Fui muy maja.

No sé por qué, será por mi optimismo natural, pensé que lo mío se solucionaría en un abrir y cerrar de pecho y entré soltando por la boca mis clásicas bromas médicas, pero cuando vi que uno de ellos me pintaba la zona de color cochinillo antes de asar, como en las películas, que me ponían un foco de luz mortecina sobre la chola y, sobre todo, que me cubrían con una sábana verde con agujero, se me pasaron las ganas por un momento.

Luego volvieron.

Me dejaron solo como a un condenado al que le permiten un instante de reflexión solitaria antes de la ejecución, y entonces, concentrado, sublime, lúcido, pensé: "Coño, coño". Y me hice caca (mental, eso sí, de la que no canta). Yo soy así: valiente y torero.

Cuando volvieron, le pregunté a la doctora si me iban a poner anestesia o a darme una botella de whisky, como cuando extraen flechas del pecho en las películas.

-- Aquí, como mucho, una cerveza -me contestó.
-- ¡Cómo está la sanidad pública!- me asombré.
-- Esto te va a molestar un poco- me advirtió.
-- Un poco... Ya... -me temí lo peor.
-- Escuece un poquito- me advirtió más la enfermera.
-- Un poquito... Es decir... Me va a doler- traduje yo.

Y sí que dolió, sí. Les iba a ahorrar los detalles, pero me metieron tres pinchazos (la anestesia local) que me provocaron un escozor interior bajo mi tercera teta equivalente a desollarte la cara afeitándonte y usar como after shave ácido sulfúrico. Un poquito, dice. Joder.

Al tercer pinchazo, temiéndome un cuarto, pedí sopitas a la doctora.

-- Casi que prefiero el whisky. Si eso, me acerco en un momento a comprarlo al chino y luego seguimos- por no decir, "mire, déjelo, que me quedo con la teta puesta y tan amigos".

-- Tranquilo, que ya está.

Tranquilo, lo que se dice tranquilo, no me quedé, pero es verdad que ya no me pinchó más veces, lo que hizo que me sosegara un poco. Al fin y al cabo, después de la anestesia, no iba a sentir dolor, ¿no?

Pues no. Estaba equivocado. Lo peor estaba por llegar. La extirpación de la tercera teta alargó el tiempo. Cuánto estuve allí tumbado, mientras me hurgaban en la herida, lo desconozco: entre una eternidad y dos. La doctora me decía:

-- Venga, que ya estoy acabando -para darme ánimos pero no acababa nunca.
-- Tómate tu... uh... tiempo... oh... No tengo prisa... ah...

Es curioso el tiempo. Con lo cortas que se me han hecho las vacaciones este año y lo largo que se me hizo el ratito eterno del quirófano.

-- Me dará... aah...s dos semana...ah...s de baja, ¿no?
-- Sí, claro -me contestó-, una baja con permiso para irte al Caribe.

"¡Qué bien!" -pensé, por eso no pongo las exclamaciones de dolor-. "Al Caribe dos semanas con permiso de mi mujer".

-- Pero...oh... ¿Me paga... ah...rá el viaje la Seguridad Socia... aaaaaaah...l?
-- Por supuesto. Ahora te doy la receta.

Para que luego nos quejemos de la Sanidad Pública. Dos semanas en el Caribe, para recuperarme. Todo incluido. Hasta el whisky.

Cuando por fin terminó de aplicarme "la guindilla picanta" (pero sin mucho cuidado, porque no es que me haya dejado "ninguno marca", es que tengo un boquete en el pecho al que sólo le falta ponerle el cartel del Canal de Isabel II), todavía temía que me cosieran, así, en vivo y en directo, como a un zapato viejo.

-- No, no te cosemos, no te preocupes. Te vamos a poner un drenaje.

¡Ah! Un drenaje, menos mal. Respiré aliviado, la tortura había acabado, y afirmé rotundo.

-- Hubiera preferido el whisky: al final, el dolor habría sido el mismo y eso que me llevo.

Apuesto a que, además, el mejor whisky es más barato que la peor anestesia. Di las gracias dos o tres veces, me dijeron que había sido muy valiente (¿cómo serán los cobardes?), me dieron unos nolotiles que no valen para nada, porque me duele de cojones, y me dijeron que tenía que ir a diario, al centro de salud, a que me curaran la herida.

Ayer fui a la primera cura. Ufano, optimista, contento, como soy yo. Enseguida se me pasó el buen humor. Menos mal que me puso un drenaje, pensaba. Pues me hizo más daño que en la operación. Tuve una sensación extraña cuando me vi la herida, abierta como está, sin sutura. Donde antes estaba mi tercera teta, hay ahora un agujero que si abro la boca, se hace corriente; si bebo, se me sale el líquido por ahí como al Pato Donald. Si alguien me susurrara en el culo, se le oiría perfectamente por el pecho.

-- ¡Hola! -incluso con un poco de eco, como quien grita en una cueva.

Es un agujero extraño, como he dicho, pero con un punto artístico, como la herida seca de la lanza de Longinos. Me recordó al Cristo de Mantegna, con esas laceraciones en las manos y en los pies que son como desgarrones en el cuero, agujeros dúctiles y ásperos en el cuerpo que ni sangran ni respiran porque son la muerte misma.



Hoy, tengo la segunda cura. A las siete. Me ha dicho la enfermera que procure tomarme un Nolotil media hora antes, más o menos.

-- Sí, sí. Vale, vale -le he dicho yo, pero lo pienso empujar para dentro con Caol Ila 12 años.

Tengo una botella en casa, que me regaló mi hermana Bego, y no he encontrado aún la ocasión. Puede ser ésta. Ya les contaré... Si es que me acuerdo de algo.

X. Bea-Murguía (estoy bien, mamá).

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jueves, septiembre 25, 2008

Una idea genial

Queridos amigos,

no es por nada, pero ayer tuve una idea genial. Disculpen la inmodestia, pero no se me ocurre otra manera de llamarlo. Una genialidad que, quizá para entrada en el blog resultaría algo larga, pero muy divertida y con un final desternillante. Buenísimo, buenísimo.

Así es como me gusta a mí escribir. No me gusta el "a ver qué me sale", que es una técnica demasiado Paul Auster para mi gusto, una lotería, una decepción en potencia. Escribo el blog, fundamentalmente, para mí, porque me lo paso bien confesándome aquí cada mañana y firmar un texto redondo, completo, es una enorme satisfacción personal. Desvariar, dar vueltas, rodeos, meterme en callejones oscuros de Nueva York y tener que dar marcha atrás, me pone muy nervioso, Paul. No me gusta como lector. Eso es caca. Eso es, como dijo Rafael Reig en una ocasión, "una novela que trata de un escritor en busca de una novela". Bufffffff.

A mí me entusiasma tener la idea, la idea buena, buena, en el coco estructurada y conocer a grandes rasgos el camino aproximado por el que voy a llevarla a un final sin sorpresas (para mí). Luego, en el desarrollo, puede que me enrolle más o menos, que me vaya por las ramas, que surjan, al hilo, otras ideas secundarias o alguna digresión, pero una salida y una meta claras son fundamentales para este viaje, dos puntos en un mapa que hay que unir con una línea más o menos recta, más o menos curva. Nada de Deus ex machina, como Pérez Reverte (Tenebroso de la Fuerza), el señor oscuro del Deus ex machina.

Así que tuve una idea genial, que es de lo que iba la entrada de hoy, y vuelvo a pedir disculpas por la inmodestia, pero es que era una grandísima idea. De vez en cuando me pasa, no sé cómo funciona el mecanismo (ojalá lo supiera), si se activa rascándome la coronilla, colocándome los testículos para no pillármelos con la costura del pantalón cuando me siento a conducir o metiéndome el dedo en la nariz en un semáforo.

Estaba en la gasolinera, el coche iba pelado de sopa (pero pelado).

-- ¿Me lo llena de diésel, por favor? -le dije al tipo, antipatiquísimo que me atendió (sé que es un tópico, coño, pero es lo que dije).

Pagué 50 euros en la caja con la tarjeta, pedí la factura. Me volví a meter en el coche. Iba, como siempre, conduciendo y escuchando la radio. Eran cerca de las ocho de la tarde. Estaba acabando el informativo local de Madrid. El alcalde de Getafe, Pedro Castro, había dado un discurso en la Asamblea General de la ONU. Remataron con una noticia de última hora, aunque de alcance nacional (¿cuál, cuál?)... y justo empezaba el "jurgol". En ese momento, pum, apareció la idea en mi cabeza, luminosa, maravillosa, aromática, reciente y tierna como un pan recién parido por el horno. Humeante, cálida... Una idea absolutamente genial. Es lo que tenemos los genios (perdón, de nuevo, por la inmodestia).

¡Oh! ¡Oh! ¡Qué idea más genial!

¡Ups! Les dejo, que mi niña llora. Son las siete y media. Ha pasado mala noche. Ahora vuelvo.

Bueno, ya son las nueve y no tengo tiempo para nada. Mis niños se han levantado pronto y la hemos echado larga en el desayuno, con cámara de fotos... Me encanta esa luz amarillita de la madrugada en mi casa...

Les iba diciendo que me dan rabia esas novelas en las que no hay una idea, sólo hay una frase, más o menos brillante, y el autor se pasa todo el libro buscando un desarrollo, un camino, que le lleve a un final honroso que, generalmente, soluciona con un Deus ex machina. ¡Qué rabia me da! ¡Qué pérdida de tiempo para el autor y para el lector! ¡Qué engaño!

Mi idea era genial, se lo juro, pero, ¿saben qué? Se me olvidó a los dos minutos. No podía apuntarla porque iba conduciendo, se me fue la bola detrás de alguna gilipollez y adiós idea. No queda ni rastro en mi atrofiado cerebro, me cago en la leche. Me he pasado toda la noche intentando recordarla, repasando lo que hice ayer, paso por paso, dando yesca al pedernal para resucitar la chispa que generó la idea genial. Esta entrada, de hecho, la he concebido a lo Auster (con permiso, ¿vale?) para acordarme de la puta idea de los cojones.

Pero nada.

Nada de nada de nada.

¡Qué rabia me da, coño!

Ya lo dice mi hija Ana: "Papá tienes la cabeza a pájaros".



Rodrigo opina que mi problema es de enfoque. Será eso.



Para compensarles por la pérdida de tiempo, unas fotos de mis niños desayunando. Son recientes. De esta misma mañana. Son guapos, ¿verdad? Tener a estos dos sí que fue una idea genial y, además, me solucionan la entrada. Son mi Deus ex machina.

X. Auster-Reverte (agente antiecológico que contribuye, con sus rollos, a la desforestación del globo).

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lunes, junio 16, 2008

Quita la caca a la nena


¡Bonito octosílabo! Antes del rollo de hoy, que sepan que mi Rodrigo ya es cinturón amarillo de judo. ¡Cuidadito eh! No me vengan con pistolitas que les hace un iponsionague de esos.

Queridos amigos,

un principio jurídico del derecho consuetudinario del hogar dice: "Defecatium et mictionem puellae ad pater chinam tocare", que se aplica a falta de ley y costumbre. Ley no había, claro, porque las tareas domésticas no se reparten por escrito; uso tampoco estaba establecido: que mi mujer se haya roto un brazo, aunque se nos esté haciendo un poco largo, no se ha convertido (ni se va a convertir) en costumbre. Así que, como ya sabemos que las fuentes del Ordenamiento Jurídico Español son la ley, la costumbre y los principios generales del derecho, se aplica este que, como pueden apreciar, viene del derecho romano.

Porque la nena es muy mona, pero... vaya, en fin, jeje, esto, buff, su put... sobre todo, es inoportuna. No puede esperar, por ejemplo, a que se acabe el partido de fútbol, que estamos todos pendientes de si marca Raúl o no. Ella, no. Ella, pim, pam, pum, lanza los cohetes de celebración antes de tiempo. En esto se nota que es como la furia española: ya estamos celebrando que vamos a ganar cuando sabemos que, al final, caeremos en cuartos. ¿Apostamos? Si nos toca Rumanía, bueno, quizá. Pero como pasen Francia o Italia... Mi nena se hará caca justo a tiempo y la selección española, en el acto.

Antes de la fractura de brazo, el asunto estaba más bien repartidito. Funcionaba de manera que le tocaba la china a quien tuviera a la niña en brazos en ese momento. Era como el juego de la patata caliente. ¿Que precibías la pedorrera previa a modo de Tuba mirum?

-- Bea, anda, cógeme un momento a la niña que voy, un momento a... Bueno, ahora mismo vuelvo que... Hay que mirar cómo van los... Los piringüingüis.

¡El viejo truco de los piringüingüis! ¡No falla! Sueltas la patata caliente justo antes del pim, pam, pum y, una vez en la cocina, a salvo, oyes:

-- ¡Javier! ¡Esta niña se ha hecho caca! -el clásico subterfugio del que sabes que no escapas. Porque... ¿por qué no se levanta a cambiarle el pañal, sin más, sin anunciarlo a voz en grito?
-- ¡Ah! ¡Mala suerte! Te toca.

Truco de hombre sabio al que mi mujer sabe responder con un truco de mujer lista:

-- Cariño, guapo, mi George Clooney -y con tonillo sedutor-. Cámbiala tú, anda, se bueno.

Piensas que tenías que haberte ido de casa, que eres un capullo por pensar que la cocina es como un bunker anti marrones. Yo, además, es que soy muy hombre, ¿saben? Tanto, que si una rubia me hace un puchero, me como cualquier mierda. Esto nos pasa a los hombres desde lo de la manzana del Paraíso, bendito día, porque el Jardín del Edén sería lo que fuere, pero yo no puedo imaginar un sitio más coñazo.

Aplicamos, por tanto, ese principio general del derecho, aunque cabe cierta pequeña venganza en el obligatorio informe posterior, porque no sólo hay que cambiar el pañal a la niña, no. Después hay que hacer una detallada descripción de cantidad y color de la hez. Ella pregunta:

-- ¿Tenía mucho?

Aparte de la descripción del color (en tonos que van desde el verde (candela), pasando por el carmelita claro y el colorado, hasta el maduro), a esto siempre, siempre, siempre hay que responder:

--¡BUFF!

Y, a ser posible, lanzar una metáfora que sea muy gráfica en la descripción de la cantidad. Por si se ven en la situación, les presto dos de las mías. En una escala del 1 al 4, siendo 1 un pedo pintor y 4 una mierda como un piano. Un consejo: use escalas pares, sin justo medio, en las 1 y 2 es poco y 3 y 4, mucho. Si emplea un baremo del 1 al 5, tenderá a decir 3, que es ni chicha ni limoná. Descarte esta posibilidad. No tenga piedad. Ella no la tuvo con usted a la hora de adjudicarle el premio. USE ESCALAS PARES.

Metáfora número uno. La escala M de mierda:

Hay cacas, que son como la M-30 (un pedo), como la M-40 (no mucho, pero de tráfico jodidillo), como la M-50 (considerable y sin acabar) y como la M-607 (la carretera de Colmenar, que es una autovía, sí, pero es un ¡pedazo de mierda de autovía!).

-- ¿Tenía mucha eme, cariño? -esto debe leerse con tonito un poco como de cachondeíto, ¿no? Es una pregunta sillonera, una pregunta de baja estofa, con los pies sobre la mesa y el mando de la tele en la mano. No tenga compasión. Vénguese. No confiese nunca menos del nivel 3 ó 4.
-- ¡BUFF! Tenía la M-607.

Metáfora número dos. Las toallitas.

Las toallitas son una buena vara de medir y, a la hora de describir la cantidad, el número de ellas que emplees, adorna como las estrellas de los hoteles. Así, dependiendo de la cantidad que use para limpiar el culo, tendremos una caca de una, dos o tres toallitas o superior, que es una mierda de esponja húmeda. Aquí se ve la importancia de la escala par, porque para una mierda de esponja húmeda, normalmente, un hombre pide auxilio. Así que no es recomendable superar la caca de tres toallitas. Al ser una escala par, la mujer entiende que se trata de un máximo, pero al loro que hay que acabar la respuesta sin bajar la guardia...

-- ¿Tenía mucho, cariño? -soniquete, eh, no lo olviden. So-ni-que-te.
-- ¡Buff! Una caca de... -haga como que calcula, aunque ya sepa lo que va a decir- tres toallitas.

Pero remate bien la frase, que como la deje así, le van a dar jaque mate en la siguiente:

-- ¡Los tíos, de verdad, que tenéis una manía de desaprovechar las toallitas que...!

No me sea capullo y diga "tres toallitas, pero bien aprovechadas, eh. ¡Pero bien aprovechaditas!".

No minusvalore la inteligencia de su mujer. Parta del principio de que ella es mucho más lista que usted y tiene bastante más escuela.

Una redondilla:

Quita la caca a la nena,
me dice la señorita.
No uses tanta toallita,
que no merece la pena.

Arte menor, arte menor. Rima consonante en ABBA (¡Waterloo!).

X. Caca-Murguía (su seguro servidor).

Hoy es el cumpleaños de mi cuñada Ana. ¡Muchas felicidades! Y pueden felicitar también a mi padre, sobre todo aquellos de ustedes que hayan sido sus alumnos, porque hoy es el Bloom's day, han pasado 102 años desde el día en que Leopold Bloom se hizo una pajilla en la playa. Cucu, cucu, cucu. ¡Felicidades a todos los jamesjoycianos!

Comentario jurgolístico femenino y anónimo: "Si esto del fútbol consiste en meter cuántos más goles mejor, ¿por qué no se ponen de acuerdo y meten cinco o seis goles cada uno". Claro, claro. Así todos contentos.

Otro comentario jurgolístico femenino y anónimo: "La Eurocopa ésta se juega en el mismo sitio durante dos o tres meses, ¿no?". A ésta sí que se le está haciendo largo: de momento, llevamos una semana.

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lunes, mayo 19, 2008

Irse de brazos (las sillas vs Beatriz)

Queridos amigos,

ya estoy aquí, tras el frustrado II Encuentro Internacional H.Wells & X.Bea-Murguía, que debía haber tenido lugar el jueves pasado en la bonita ciudad de Utrecht, Oh Landa, donde teníamos la malsana intención de bebernos unas cervezas y repasar el famoso tratado.

No pudo ser. Las sillas adivinaron nuestra intención y pusieron todos los medios que hallaron a mano (o a pata) para impedirlo. Las pérfidas sillas y sus malvados aliados los bichos. Una lástima, Hormon. Ya nos reuniremos en otra ocasión.

Como saben, hemos pasado cinco días en Holanda, pero sobre todo en la autopista A-12 que une Utrecht con La Haya, con la cabeza puesta en la comunión de mi sobrina Amaia, aunque también para ver a la familia, a los sobrinos y, cómo no, para la celebración del II Encuentro Internacional.

Ha sido todo estupendo, increíble, apasionante, cojonudo. Ha sido la hostia padre. Vamos a reírnos un poco, porque si no.... Nada más aterrizar en Utrecht, en casa de mi cuñado Diego, sin haber intercambiado siquiera los regalos, no más que los tres besos de rigor a Wenneke y las gracias pertinentes a mi sobrino Milo, que está hecho un bollo, mi mujer debió de pensar (digo yo que pensaría esto):

-- ¿Acaso no hemos venido a una primera comunión? Pues la primera hostia me lo voy a dar yo.

Y, ¡hala!, se fue de bruces o, más bien, de brazos. Pero hostión. Fue a espantar un bicho de la cabeza de Milo y la silla le puso la zancadilla.

Nada más verla, yo pensé: "¡Otra vez el codo!", porque era el mismo brazo que se dislocó en octubre, "¡Qué mala suerte!".
Mi cuñado dijo: "¡Vámonos al hospital!", que no es que mi cuñado sea aprensivo, pero como se acaban de mudar a Utrecht, se pasó un par de días aprendiéndose el camino más rápido al UMC Hospital. Por si se daba el caso.
Mi cuñada Wenneke, por su parte, dijo: "¡Tómate un paracetamol!".
Milo dijo: "¡UIT!".
Y el bicho dijo: "¡Ay va! ¡La que he liado!".

En octubre, embarazada de siete meses y medio, Beatriz se tropezó con una silla en IFEMA y se dislocó el codo. Después de lo del miércoles en Utrecht, creo que podemos decir sin temor a equivocarnos que las sillas tienen algo contra Beatriz... Las pérfidas sillas y sus malvados aliados, los bichos.


(Este pedazo de edificio enorme, es el UMC Hospital de Utrecht).

Según el cirujano, en una escala en la que 0 es el no-dolor y 10 el máximo de dolor que puede soportar una persona, Beatriz llegó al UMC Hospital de Utrecht con un 8. No está mal, ¿verdad? Un notable alto en aguante de sufrimiento, aunque, por otra parte, le hubiera costado bien poco al médico darle medio puntito más y ponerle un sobresaliente, ¿no? Sus quejidos largos y afilados chirriaban en el silencio blanco de las urgencias del hospital como una puerta que se chiva de una fuga nocturna; su gesto se retorcía al paso de los segundos, atrapada su mente en el injusto remordimiento que abruma siempre al accidentado; sus ojos, colmados de dolor, acribillaron de preguntas al reloj durante las tres largas horas de espera incierta, sin poder sentarse ni estar de pie ni tumbarse en la camilla, dirimiendo en qué posición le dolía más el brazo cuando en todas las posturas el dolor era insoportable y la diferencia de intensidad, inapreciable. Todo ello, sumado al llanto de una niña de cinco meses que tiene que mamar, bien merecían un sobresaliente en dureza.

O, al menos, un chute de morfina.

-- Malas noticias -dijo la doctora de urgencias-. El brazo está roto y hay que operar.

Ahora casi me estoy riendo, que es mi forma de huir, pero, en resumen, la situación era la siguiente:

Beatriz con el radio dislocado y el cúbito roto tomando morfina en un hospital en el extranjero a la espera de pasar a quirófano a la diez de la noche, mientras Ana rechaza el biberón, ese sucedáneo repugnante, con cara de que alguien le está escamoteando su legítima teta, que no le iba a llegar hasta 48 horas más tarde porque la morfina pasa a la leche materna y tiene que eliminarla antes de volver a dar el pecho.

Menos mal que está la familia. Dankjewel.

Mañana se lo resuelvo. Hoy se ha hecho tarde.

X. Bea-Murguía (mi mujer es una máquina).

No se preocupen que la operación fue bien. Le han implantado el brazo de C3PO, con una garantía de cinco años, es anticorrosión, es no frost y, además, hace más daño cuando pega con él.

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viernes, febrero 15, 2008

Meeeee voooooooy (y no vuelvo hasta el 26)

Queridos amigos,

no me gusta volar, lo confieso. ¿Qué pasa? No me gusta nada de nada de nada. Las paso realmente canutas subido en esa puta lata, cuyo opresivo ambiente tiene algo de irreal, de escenario fantástico, de decorado de cine. No sólo no me gusta volar sino que, además, normalmente no pierdo el tiempo disimulando. Me acoplo agazapaíto a mi asiento, me abrocho el cinturón de seguridad casi en la portezuela del avión y no lo suelto ni para ir al baño. Mi único afán es que me dejen en paz. ¡Que nadie intente racionalizar mi miedo! Es inútil: yo pertenezco al miedo.

No me consuela que mi compañero de asiento me dé conversación ni que las azafatas me hagan un strip tease. Si se me sentara al lado Monica Belucci no le haría ni puto caso. No quiero que me hablen de fenómenos de la física ni de parábolas trazadas por una bala de cañón ni de estadísticas (menos cuando sé que la palabra exacta es "probabilidades"). Mi única pretensión es que nadie me dirija la palabra, ovillarme en mi asiento, a ser posible en la ventanilla, coger un libro y abstraerme, que mi mente se libere de la mortaja que me impone la artificiosa realidad de la cabina del avión.

Sólo quiero disipar de mis ojos su luz cenicienta y si he de morir, que sea en paz. No es mucho pedir ¿no?

Y sin embargo, me encanta viajar. Así que, aunque ustedes puedan estar pensando ahora mismo que soy un cobarde, muy al contrario, me considero un valiente: mi miedo a volar no ha llegado al extremo de pretender alcanzar América en tren, cruzando el estrecho de Bering. No. Yo me meto en la lata y tiro: me enfrento a mi miedo (que no se disipa, ni mucho menos, con la frecuencia) y vuelo.

Quien no tiene miedo a volar, no se ve en la obligación de enfrentarse a él. El que ignora, no sufre, "a más ciencia, más dolor" dice el Eclesiastés, y el miedo es siempre, siempre un atributo de los valientes. El desconocimiento del miedo sólo es osadía.




Como el domingo me voy a Miami, Managua y Tegucigalpa y, en total, me esperan unas 24 horas de agonía dentro de una lata con alas (como las compresas), he decidido hacer una buena obra antes de partir, para llegar al gorgo con un óbolo bajo la lengua y la conciencia limpia: he fundado una ONG que se llama "Javieres sin fronteras", cuyo objetivo es enriquecerme a costa de su amistad y de su buena fe.

Hagan sus aportaciones para que mi mujer y mis hijos no se queden en la indigencia.

Me piro. No volveré por aquí hasta el 26 de febrero, martes. Le dejo toda la responsabilidad a Hormon Wells. Se inclina a sus pieses, su humilde servidor que les besa las rodillas a todos ustedes, pasen de uno en uno, no se me atropellen que hay besos para todos.

Javier Blanco Urgoiti (fundador de la obra social "Javieres sin fronteras", haga su aportación ¡YA!)

¿Y tú qué? ¿Tienes miedo a volar? Confiesa cobarde, pecador. Aquí les dejo esta canción que me encanta.

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miércoles, noviembre 14, 2007

Ana, hija, dame un par de hostias

Queridos amigos,

no es que mi hija Ana se mueva dentro de la tripa de su madre: es que boxea. Tiene un prodigioso baile de piernas y un uno-dos demoledor. Sé que van a pensar que son fantasías de padre, pero me da igual. Por la noche, cuando ya por fin hemos conseguido amordazar y atar a la cama a su hermano Rodrigo, que no se hacen ustedes una idea de la cantidad de veces que, armadísimo de paciencia, me cago para mis adentros en el puto conejito de Duracell, bajo al salón y coloco el jetuño sobre la tripa de Beatriz.

-- Ana, hija, que tu padre se va a ir a la cama. Lánzame unas manos.

Y Ana, zasca, un directo, pumba, un gancho de izquierda, plaf, un upper-cut, rediós, me somete a un castigo que me gana por los puntos. No me extrañaría nada que hubiera sorpresas en el paritorio:

-- Ha sido usted el feliz papá de un George Foreman.

No todos los felices padres reaccionarían bien en esta tesitura: imaginen que les dicen que su hijo recién nacido es negro.

-- ¿Un negro, doctor?
-- Sí, pero mire el lado bueno, hombre, es campeón del mundo de los pesos pesados.
-- ¡Ah! Bueno. Claro. Visto así...
-- ¡Enhorabuena!
-- Gracias... Supongo...

Además hay que aceptar a los hijos como vienen, sean como sean: que en la relación paterno-filial los colores de piel no casen no es un problema dermatológico, ni siquiera social, sino de óptica. Es una cuestión de enfoque que, como dice el doctor, todo tiene su lado bueno: a ver quién es el guapo que me sopla cuando baje al parque a pasear a mi George Foreman en su bugaboo.

Anoche, Rodrigo se había pasado con la dosis de azúcar, o yo que sé qué coño le pasaba, pero parecía un endemoniado. Se agitaba más que el culo de una bailarina de samba y las palabras, esparcidas en el vacío entre llantos fingidos (que ya no cuela, macho), le brotaban trémulas como si el camino de su cuarto estuviera lleno de baches y bandas sonoras.

Lo acosté y, como su madre me había castigado sin leerle cuento (con razón, no me quejo), todavía estuvo dando la tabarra una media hora desde su cama:

-- ¡Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija!- gritaba.

Pero, al final, cayó rendido el angelito. No se hagan una idea falsa de él: normalmente es un niño muy bueno, pero Homero también descansa (digo yo).

Agotado, obsesionado como estoy, últimamente, con la hora en que sean dos baños, dos cenas y dos vete-a-la-cama-de-una-p-vez-me-cago-en-tu-padre, bajé al salón para, antes de irme yo a la cama, recibir el castigo de mi hija Ana, "Nudillos de acero".

-- Ana, hija, dame de hostias, bonica, que me piro a la cama- me encantan las mujeres con carácter fuerte. ¡Verán ustedes cuando salga ésta! A mi futuro yerno no le arriendo la ganancia. Se va a tener que casar con armadura.

Los hijos hacen lo que les da la gana, no lo que tú mandes, y algunos empiezan bien prontito. Pegué mi cara en la tripa de mi mujer, todo lo que mi napia me permite, y quise imaginar el eco grave de mi voz resonando lejano en su pequeño espacio como en una cueva y vi a mi hija Ana reconociendo el sonido de su padre e, incluso, por qué no, sonriendo. Estaba preparado para recibir mi ración de bofetadas, que nunca en mi vida me ha gustado tanto que me zumben la badana, cuando pude sentir en el carrillo, con total nitidez, como si no mediara mi mujer entre ella y yo, en vez de una ración de puño, una caricia de princesa.

Fantasías de padre, dirán ustedes. No me importa.

Tiré la toalla.

X. Bea-Murguía (¡Uf!, pensé, no es George Foreman).

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martes, noviembre 06, 2007

Aquí hay bigardo

Queridos amigos,

creo que si destaco por alguna cosa, además de por ser "contaminación acústica" y agente favorecedor del cambio climático, es por mi figura atlética.

A la vista está.

Es evidente.

Voy por la calle y me paran los chavalitos: "¡Mira, mira! El Fermín Cacho".

Y firmo autógrafos y todo: "Con cariño, Cacho Fermín", que no es exactamente lo mismo pero se adecúa más a mi actual, como decirlo, anatomía propia de los kouroi, salvo que yo no tengo tanta nariz como algunos (y no me refiero sólo a Fermín Cacho). La nariz es importante en un atleta como yo porque sirve de cortavientos, es aerodinámica. Es mi gran defecto, lo que truncó mi carrera de atleta de élite.

Es cierto que ando un poco bajo de forma física y que he hiperdesarrollado el abdomen que, así, visto de primeras, podría parecer un poco fofo mas, muy al contrario, soy capaz de ponerlo duro como la pizarra sobre todo después de un buen guisote de jabalí y unos callos con garbanzos. Una vez, incluso, se me puso tan rígido que tuve que ir al médico que me dijo que lo mío es meteórico (¿o dijo meteorismo?).

De fumar no hablo, porque confieso que estoy ya en el umbral de lo no aceptable. El otro día, cuando fui al hospital, casi sin haber pisado su suelo de colegio, casi sin haber dicho aún mi nombre, ni un ave María purísima sin pecado concebida, ya me estaban diciendo: "Vas a tener que dejar de fumar". Pero esto se lo dicen a todo el mundo, creo ¿no? Incluso cuando vas con la pierna rota: "¡Deja de fumar!". Se ponen muy pesados con esto y, también, con el "¡adelgaza!", es decir, "deja de comer". Y como yo insisto mucho en que soy un deportista nato y que me mantengo, para mi edad, en una estado de forma no malo del todo, la enfermera me examinó con severidad y me dijo: "¡Y deja de beber, también!".

Pero los amigos son los amigos y, en ocasiones, sobre todo cuando uno está de farra, dice estas cosas que el médico, que va de empírico y de hombre de ciencia, no se ha creído. Lo que buscas es un enfoque más cartesiano, la comprensión y la fe inquebrantable de la amistad, de aquellos que sí creen en la falacia de los sentidos: "Aunque me veas ahora un poco gordo, yo soy un campeón del atletismo: soy la respuesta que relaciona el tocino y la velocidad". Puede que sea que un botellín de Mahou a tiempo envalentona, te lleva arriba y tu boca extiende cheques sin fondo físico aparente o es tu ego, que se desborda por el gollete de la botella. De tus amigos esperas sólo que te crean, pero algunos van más allá, te creen, sí, pero te graban para que, después, les creas tú a ellos:



A esto se le llama traición. O, también, ser capullo y hablar de más. Son, efectivamente, unas declaraciones mías que he hecho el año que viene ¿no ven que tengo el pelo corto? Además, si leen mis labios se darán cuenta de que lo que en verdad digo es: "La fidelité de ton amí te será útil", en perfecto francés de La Sorbón. Lo demás es una manipulación de narices.

Sin embargo, no me importa. La carrera tradicional del Castillo son seis kilómetros de nada y, hablando de nadar, yo he nadado entre tiburones. Tuuuuuso.

Agazapaíto estoy.

X. Bea-Murguía (el hijo del viento... Lo digo por lo del meteorismo)

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lunes, octubre 29, 2007

La Paff

Queridos amigos:

hace un par de semanas que tengo la intención de recomendarles un libro, para que no todo en este blog sean gilipolleces. Sin embargo hoy no va a ser el día. No iba a serlo, de ninguna manera, porque resulta que hoy hace 41 años que mis padres se casaron. Tiene mérito, ¿verdad? Felicidades Luis, Begoña y muchos años más. ¡41 años! ¡Tela! Felicítenles, coño, no se corten. Y denle ánimos a mi madre, además, que se ha roto el hombro la pobre mujer practicando endurance y salto de gato hidráulico. O, más bien, NO salto de gato de hidráulico.

La vida es extrañamente circular (y un poco transparente, pero al estilo de Bergson, ¿no les parece?). Muy a mi pesar, como lo leen, hoy me he acordado de las bodas de plata de mis padres, que celebramos con el incomparable decorado de fondo del edificio de traumatología del hospital La Paz porque a mi hermano Luis le dio por quedarse tetrapléjico. De esa celebración familiar, probablemente más sincera y cálida que si hubiera habido reboda y rebanquete, recuerdo sobre todo la amargura disimulada entre forzados ánimos. Estábamos todos bien jodidos, sobre todo Luis, claro, al que los médicos le había practicado un agujero en cada sien con un taladro de forma que pudieran colocarle una polea y colgarle de la chola unos cuantos kilos para desencajarle las cervicales que se le habían empotrado unas en otras como en una colisión múltiple de autopista de dibujos animados. Con la cabeza que tiene mi hermano, se pueden imaginar, anduvieron como locos buscando pesas de entre 30 y 40 kilos (¡somos de Bilbao o de dónde somos, Lutxo!). Si hubiera podido mover el cuello, Luis habría imitado a Frankenstein cultivando el esternocleidomastoideo en un gimnasio.

Hoy, fumándome mi último Lucky bajo la ventana donde celebramos aquellas bodas de plata, lo he recordado todo. Ya ven. ¿Es bergsoniano o no? ¿Por qué cojones en La Paz no hay un puto sitio donde comprar tabaco? Mis padres nos regalaron una cruz de oro a cada hermano con la inscripción "Begoña-Luis 29 X 91". Llevo su fe colgada del cuello desde entonces. Después se produjo el milagro del diagnóstico erróneo (o quizá fuera antes, no lo sé). Mi padre le hizo cosquillas en los pies y Luis dijo que lo había notado. Habría dado yo mis dos piernas por ver sus caras en ese instante. Mi hermano ha vuelto a andar... Al fútbol, juega como Julio Pamplinas, pero camina, curra, hace una vida normal (si acaso a practicar la abogacía en Bilbao se le puede llamar hacer una vida normal), tiene una hija preciosa (mi sobrina Paula). Nos damos con un canto en los dientes: no había sección de médula, aunque, al principio, sí se la diagnosticaran. De todas formas, unos meses paralizado de cuello para abajo y haciéndote a la idea de que te vas a quedar para siempre postrado en la cama es un trago que mi hermano se comió él solito. Es fuerte el tío: no le dio ni medio argumento a Amenábar para otro bodrio.

Fui un poco cobardica en todo este asunto. Lo reconozco. Soy fácilmente impresionable. Te quiero, Luis.

¿Qué hacía yo en La Paz ayer fumándome un Lucky? Pues que mi mujer, Beatriz, embarazada como está de 31 semanas, estuvo ayer en IFEMA todo el día supuestamente currando, pero yo creo que anduvo montando en el toro mecánico, porque se fue de piños al suelo y la tuvieron que llevar en ambulancia a La Paz (La Paff) con el brazo derecho colgando inerte como si sólo fuera un pellejo sin relleno. Una preciosa luxación de codo que, en la víspera del aniversario de boda de mis padres, me ha llevado a traumatología de La Paz a sentir empatía por su gesto dolorido (no puede tomar calmantes), por la media hora larga regada de gemidos sordos que nos han tenido esperando de pie hasta que una celadora se ha apiadado de ella, por el grito inhumano que ha salido de la consulta 2 como la onda expansiva del dolor cuando le han puesto el brazo en su sitio. Se me han saltado las lágrimas.

Estamos bien todos. Inundados de recuerdos, pero bien. A Ana, mi hija por llegar, no le ha pasado nada. Es más, parece que tenía ganas de cachondeo. Ahora estoy hecho polvo, reflexionando sobre si debemos o no demandar a la ginecóloga por incompetente: nadie nos había dicho que las embarazadas no pueden montar en el toro mecánico.

Un putadón de narices. Riámosnos.

X. Bea-Murguía (¡qué cuento tienen las embarazadas, coño!).

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viernes, octubre 26, 2007

Die mesa de billarrrr


"Me temo que es imprrescindible parra senarr una chaqueta y un corrbato. Si lo desea tenemos chaquetas y corbatos, señorr".
Maitre del restaurante "Al pan, pan y al vino, vino".

Querridos amigas:

disculpen si encuentrran sierta asento de Rrenania del Surr ¿ya? Tantos veses les he dicho que tengo fasilidat parra los idiomas und parra los asentos que ustedas pueden comprrenderr que después de una bunderbag semana en Fuertefenturra, que es una sucurrsal flotante de Alemania, rrodeadas de compatrriotas, haya afansado mucha mit meine guerrmano und un puntillo de westfalense, bitte, ¿ya?

Fean, fean si no un clarro ejemplo de mi manerra de desenfolferme en exprresión mit la lengua de Goethe: die furst tag in Fuerrtefenturra, pasamos meine frau und yo y los amigas porr una sona del hotel donde había eine pequeña templo dedicado al sagrrrado juego del billarrr. Sobrre una de las mesas, con una total falta de respecta a ésta que yo y muchas de mis correligionarrias considerramos como un altarr, trai pequeñas kinderen rrubicundas como walkirrias prrofanaban nuestrras crreensias sentadas sobrre su grune tapete und, es más, poniendo todas sus pieses ensima mit la desprreocupasión irrreferente prropia y sensurrable de las neues generrasiones.

Como comprrenderrán, ich niet podía tolerrarr esa actitut ni ese comporrtamienta de horrda teutona en pequeñas crriaturos que deben serr educadas parra conforrmarr la esperransa de todo un país en expansión porr Fuerrtefenturra. Así que me aserrqué a ellas, prrocurrando poner carra de Gunter Grass pelando la cebolla, y con prresiso asento de Rrenania, les grrité:

-- ¡BAJEN! ¡BAJEN!

Así aprrenderrán estos kinderen a rrespectarr el juego cubaterro por exselensia.

Coño.

X. Bea-Düsseldorf (parra serrfirles)

La verdad es que el camarrada Placidov Domingovich da un poco pena, pero el menda del pollo vale una película... Que no le hayan dado un óscar a ese tío es una injusticia histórica:

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miércoles, octubre 17, 2007

Restos diurnos

Para las soñadoras

Queridos amigos,

nunca, o muy pocas veces, recuerdo lo que sueño. A veces, en el estupor del despertar, con el sueño aún fresco, trato de retener al menos algunas imágenes deslavazadas, pero es inútil: como si me hubiera levantado la piedra de la sesera, mis sueños huyen como hormigas deslumbradas a refugiarse por entre las sombras de mi cerebro.

Esas pocas veces en que sí consigo recordar el sueño, prefiero callármelo: nada hay más íntimo que un reflejo del inconsciente. Pienso que los sueños son, en el fondo, proyecciones del deseo y del temor (que es lo mismo), anhelos, aspiraciones, preocupaciones, obsesiones que reprimimos en estado de consciencia, pero que están ahí, esperando el momento para burlar el veto que la mente les ha impuesto, sortear la autocensura, y por eso aparecen más o menos disfrazados y sujetos a interpretación. Pero la simbología del sueño carece de un significado universal, sino en función del individuo, de su realidad y de su propio lenguaje simbólico. Freud (en la foto), que los llamaba "Restos diurnos", intentó encontrar un patrón de significado estándar para los sueños, pero, según tengo entendido, no llegó a ninguna conclusión demasiado sólida.

Dicho esto, hoy sí voy a contar un sueño que he tenido que me ha dejado helado.

Estaba en una sala muy espaciosa, vestida con varias filas de asientos, aunque pudieran ser bancos y, tal vez, la sala fuera una iglesia. Al principio pensé que estaba solo, pero me equivocaba: dos o tres filas detrás de mí, había una mujer casi octogenaria, peinada con una permanente enlacada más tiesa que... (bueno, piensen ustedes un símil para tieso, que hoy estoy freudiano y sólo me vienen a la mente falos) y ataviada con un traje de chaqueta de color hueso, como si se fuera a casar por lo civil. Su enorme boca se perfilaba con unos llamativos labios carnosos pintados de rojo pasión. En sus orejas lucían dos enormes pendientes circulares de diamantes y remataba su imagen con unas gafas de sol de Cartier con pedrería.

La mujer no hacía nada. Sólo estaba allí, detrás de mí, parapetada en la sombra de mi espalda, como un sueño que no huye dentro de mi sueño. Yo me volvía de vez en cuando para mirarla con timidez, pero ella ni se inmutaba, inmanente, hierática, con cierto aspecto bovino, como si estuviera pintada que dice mi amigo Sergio.

Fin del sueño.

Esta imagen fue directa a algún rincón del olvido. No me acordaba de nada hasta que ayer entré en un bar para comprarme un bocadillo de jamón y... ¿adivinan? Sí. La señora estaba en ese bar, vestida exactamente como en mi sueño, con las mismas gafas de Cartier, con los mismos pendientes de bisutería barata, con el mismo morro enorme repintado de color chorizo. ¡Horror!, pensé al verla, ¿ésta es la mujer de mis sueños?

Porque, en ese instante, el sueño saltó de donde se había refugiado al recuerdo y lo vi todo, de nuevo, tal y como se lo he contado. Estaba un poco azorado, supongo que por efecto del dejavu, así que opté por acercarme a la barra, procurando, como si yo mismo fuera parte del sueño de esta mujer, parapetarme a la sombra de su espalda, quedar fuera del alcance de sus ojos. Sin embargo, había un enorme espejo en la pared que me devolvía su mirada quieta. Durante los diez minutos que tardaron en prepararme el bocadillo, no pude evitar observarla en el espejo fugazmente, con ojos sorprendidos. Sus falsas gafas de sol de Cartier se habían clavado en mí (o tal vez no) a través del reflejo. No me cabía ninguna duda: ella era la mujer del sueño.

Al final, como me había quedado de piedra mirando su cara de Medusa en la rodela, tan sorprendido que estaba, la mujer se dio la vuelta y, con voz cazallera, me dijo, casi me gritó:

-- ¡Ya sé quién eres! ¡No caía pero ahora ya lo sé! Ayer te vi en la televisión.

X. Bea-Murguía (Cuéntame tu sueño, por difícil que sea distinguirlo de la vigilia, tanto como el temor del deseo).

Mañana, amigos y amigas, que lo de mañana no es un sueño... ¿No pueden oler el mar? Una de Guillaume Apollinaire, ese maldito que agonizaba escuchando por su ventana los gritos de los franceses "¡Muerte a Guillermo!" (era en 1918 y se referían al kaiser). Le gusta a mi padre y he tenido un poquito de ayuda de San Google Bendito:

"Los efluvios salinos daban a tus labios el sabor del mar
Olor marino olor de amor bajo nuestras ventanas se moría el mar".

Y este tema es para mi amiga Amaya Corral Yunquera, que me acuerdo muchas veces de ella.

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martes, julio 10, 2007

Empapado

"Sabes mejor que yo que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado". Joaquín Sabina.

Queridos amigos:

ya sé que les dije que les dejaría en paz hasta septiembre, que no les iba a dar más la murga con mis rollos hasta después de las vacaciones, pero entiendan esta entrada como una de esas incursiones prometidas... Mejor no. Cambio de palabra. Prometí “incursiones esporádicas” y ahora prefiero decir “inmersiones esporádicas”.

Me ha pasado algo magnífico. A mí. Al muy cobarde de mí. Y estoy tan contento que quiero contártelo como si sólo estuviéramos tú y yo, imagínalo, recogidos en la intimidad cálida del sonido de nuestra respiración que reina sobre el silencio azul y profundo del mar.

Un mar que no recomienza nunca se mueve por debajo de mí, como un diminuto abismo luminoso, lleno de vida y, sobre mí, el cristal translúcido de la superficie me separa del ruido, filtra la violencia de un mundo que he dejado atrás. No es volar, porque el aire no te abraza ni te sostiene, ni nado ni corto ni atravieso el agua. Floto. Dejo que algo maneje mis hilos con una mano misteriosa y mis movimientos se ralentizan, pero se anticipan a mi pensamiento. Miro despacio a mi alrededor y me siento ajeno a mí mismo. La paz es un suspiro en un tiempo que avanza lánguido, lento pero cóncavo, porque, cuando te quieres dar cuenta, te has sumergido, has besado al mar y has salido, ha sido un instante, rápido pero despacio, como si me hubiera enamorado en el fondo.

Desde luego, algo me ha sucedido, no sé qué, que ahora le dedico cada pensamiento y lo tengo que soltar aquí o, mejor, dejarlo salir despacio de mi boca para que sus burbujas hormigueen ascendiendo por mi cara hasta susurrármelo al oído. Eso sí, que quede entre tú y yo, que nadie sepa que lo que dije en su día lo desdigo. Repito: no es valiente el que desprecia el peligro, sino el que, siendo cobarde, se enfrenta a sus miedos (ROBAR TIEMPO A LA MUERTE).

Y sólo me arrepiento de no haberlo hecho antes, de haberme perdido experiencias inolvidables por mi falta de valor. Tiene razón Sabina: sólo lo que no has hecho antes te empapa de verdad. Hagan como yo, que soy un cobarde y ahora sólo estoy pensando en esa soledad inmensa, pero compartida. Estoy empapado.

En la foto de arriba, mi persona bucea en postura "pofesional", ensayada delante del espejo durante toda la noche para salir bien en la foto (¡qué importante es esto en el buceo!). En esta otra foto, este fin de semana pasado, mi cuñado Miguel, el bombero, que, como pueden ver, está más o menos igual que la morsa que posa a su lado (sólo me falta un bigote como el de Aznar) que soy yo; a mi izquierda, un matrimonio, compañeros de curso, Cristina y Jose Ramón. Abajo, de negro mi hermana pequeña Uxía, a partir de hoy, emocioná, me llaman la emonicioná (cántese con la música de la bienpagá); a su lado Isa, esa instructora con trenzas de irreductible galo (¿cómo se las hará ella sola?), que te habla en diminutivo cuando ve que tienes cara de cacalila: "hay un poco de mar de fondillo" y luego bajas e intentas adoptar una postura medio pasable para hacer los ejercicios y no hay manera porque hay "corrientilla"; y Belén, mi compañera ahí abajo y qué importante es eso.

El año que viene, Bea y yo... Los reyes de la sima. ¿A que sí?

Javier Blanco Urgoiti (pongo mi nombre porque vuelvo a estar de vacaciones hasta el 3 de septiembre)

¡Gracias Isa!

La cita de Sabina, aunque no ilustra el tema muy bien, sirve para que mi hermana Uxía se dé cuenta de que, a veces, no conocemos ni a quien creemos conocer mejor. Te quiero, Uxi.

Hoy es San Cristóbal (¡felicidades!) y hay dos personas mayores que cumplen años, por Dios, y casi me olvido con lo importantes que son ambas: Mariví y Amaya. Muchos besos, amigas.

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jueves, julio 05, 2007

Mi primo Andrés y María... Blanca y Nacho... Amaia e Iñigo...

Queridos amigos:

Voy a transcribir un párrafo ahora que NO es mío aunque no voy a decir de quién es. No es que sea un plagio, lo que sería más tonto que el caso de Bryce Echenique, porque esta persona, autor de este párrafo, entra en H.Wells & X.Bea-Murguía todas las mañanas y es un buen amigo. Se refiere a la película de Jim Carrey, "El número 23".

"Un señor se empecina en ver veintitreses por todas partes (como yo con el Bugaboo) mientras lee una novela de detectives. Se obsesiona (como yo con el Bugaboo) y cree que todo tiene que ver con él y se le va la chaveta y se despeina ya toda la peli".

La obsesiones disponen de ese mecanismo que puede llegar a afectar gravemente a la estabilidad emocional de cualquiera, aunque no tiene por qué ser una cosa de manicomio. Hace falta, por ejemplo, que tu mujer se quede embarazada para darte cuenta de qué forma estamos a merced de la publicidad. Salta el clic de la sensibilidad a un tema y, de pronto, por doquier, no ves más que mujeres embarazadas que te rodean, te salen de las esquinas, las ves en la televisión, en tu círculo de amistades, te crees que es una epidemia, son como los Charlies que están por todas partes, como si una culpa te persiguiera. Si no aprendes a pararla, la obsesión se convierte en patológica, porque tu cerebro busca una explicación y puede llegar a crear un recuerdo o una realidad falsa y acabar convenciéndote de que realmente tú eres el padre de todas esas criaturas y la culpa te reconcome porque, ya se sabe (¡DIOS MÍO! ¡Qué emoción! ¡¡¡¡Voy a soltar mi cita de Soren Kierkegaard!!!!) que "Nada corre más rápido que el pecador ante su falta" (Soren Kierkegaard, "Diario de un seductor").

En este segundo embarazo de mi mujer, hay otra obsesión que está siendo alimentada por mi amigo Pedro, aka El Pescaílla del Guadiana. Pedro, como es guerrero, me quiere dar caña con que va a ser niña y va a ser niña y va a ser niña. Se quiere vengar porque él tiene una María muy guapa y yo le he recordado, en numerosas ocasiones (hasta resultar ya pesadito), que un día no muy lejano su hija se presentará en casa con un maromo.

Ahora cada vez que hablo con él, me lo suelta...

-- Compadre, que gastas poco en vino.
-- Eso tiene arreglo, Pedro. Quedamos y hacemos el gasto en vino que haga falta, que es por el bien de la patria.
-- ¿Qué tal lleva tu señora el embarazo? Me da a mí que va a ser niña.
-- Me da igual, Pedro. Con que no sea madridista, me vale.

Aunque yo prefiero que sea niño, por razones prácticas, si viene una niña, como no puede ser de otra manera y ustedes comprenden perfectamente, será aceptada y querida, hasta que sea lo suficientemente mayor para cambiarle de sexo en quirófano. Por seguirle la broma, le cuento a Pedro una teoría pseudocientífica que me han contado recientemente (para que la crea quien quiera):

-- Si es niña, el feto acapara estrógenos y la mujer adquiere un aspecto feo, hombruno, de virago, mientras que si es niño, el feto se queda con la testosterona y la mujer está reluciente, femenina, mucho más guapa... Yo veo que Beatriz está guapísima, así que... Viene un niño.
-- Esas teorías... -me contesta, para reírse de mí. Tiene razón. El que no se consuela es porque no quiere-. A mí me dijeron una más graciosa: si sumas las letras de vuestros apellidos y el resultado es par, será niño, si es impar, niña. ¿Qué te parece?
-- ¡Hombre! Pues me parece que yo ya he hecho esa suma con mi primer hijo y salió niño, así que, como no nos hemos cambiado los apellidos, sin volver a hacerla, el segundo tiene que ser niño por cojones... Aunque, Pedro, hermano, me jode ser yo quien te diga esto, pero pregúntale a Isabel porque tú tienes niño y niña (mi primo Andrés y María)... ¿Os habéis cambiado el apellido últimamente?

A Ernesto, como la obra en casa se la hace siempre el mismo, le salen sólo niños.

X. Bea-Murguía (Frutero, tú tienes niño y niña también, ¿no? Si quieres, el día que vayamos a hacer gasto en vino, que es patriótico, podemos recitar a Becquer).

"Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de donde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma,
¡Y se me revelo por qué se llora!,
¡Y comprendí una vez por qué se mata!

Pasó la nube de dolor..., con pena
logré balbucear unas palabras...
y ¿qué había de hacer? Era un amigo
me había hecho un favor... Le di las gracias".

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miércoles, junio 20, 2007

¡Tiembla Mickey!


Queridos amigos:

la efeméride de ayer se me escapó viva, por despiste, pero el numerito me da pie a celebrar hoy una mucho más in, más cool y más red label, porque ésta que están ustedes leyendo es


LA ENTRADA 501 DE H.WELLS & X.BEA-MURGUÍA


Gracias, gracias... Por favor, dejad de mandarnos ropa interior usada que, además, no es de nuestra talla. Jamones, sí. Y whisky, también. De eso, todo lo que queráis, pero del bueno, que nunca se arrepentirán de ser generosos.

Dicho esto, voy al tomate.

Ayer mi hijo Rodrigo se graduó. Como lo oyen. Su colegio organizó una ceremonia de graduación, con su birrete, su beca roja (se ve que Derecho y Parvulario comparten color), su "Pompa y circunstancia" de Elgar, su orla y todos los padres pegándose de codazos, como foteros en una rueda de prensa, para sacar el primer plano de su nene recogiendo el diploma. Muy bonito. Muy emocionante.

Estuvo muy bien porque fue un solemne acto académico, pero nada solemne, más bien como de andar por casa. Las profesoras iban llamando a los niños, de uno en uno y de todos dijeron una frasecilla: "Una niña que es muy ordenada"... Y salía a recoger su diploma y su orla la niña que, de mayor, va a ser bibliotecaria (y soltera con gafas, por supuesto). "Un niño que le gustan los animales"... Y salía el futuro veterinario. "Un niño que es un genio de la pelota"... Y salía el futuro futbolista. "Un niño muy cariñoso que dice que quiere hacer felices a los demás"... Y salía el futuro personaje de la Disney, es decir, salió Rodrigo. ¡Tiembla Mickey Mouse! ¡No tiene morro ni nada! ¿De dónde habrá sacado la frase? De mí, desde luego, no. Cuando yo le digo, y lo hago constantemente, lo guapo que es (porque es guapo mi hijo) nunca apostillo: "Pero recuerda: la belleza está en el interior" ni ninguna de esas memeces de galletita de la suerte.

De todas formas, tengo para mí que este niño va a culminar la vocación frustrada de la familia de mi mujer y va a ser actor. Últimamente, para que vean que no son cosas de su padre, se dedica a las imitaciones y, aparte de que se le nota cómodo en el papel de payaso-centro total de la atención, es que lo hace bien, el cabrón.

Lo de que quiere hacer felices a los demás nos viene muy bien porque vamos a tirar de ello una temporadita larga. De hecho, ahora le digo:

-- Rodrigo, hijo, ¿por qué ha dicho tu profe que quieres hacer felices a los demás?
-- Porque sí -me contesta
-- Pues empieza por tu padre: hazme feliz cenando de una puta vez.

X. Bea-Murguía (feliz)

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martes, junio 19, 2007

El ansia (es lo que tiene)

Con el acariciante recuerdo de las croquetas de la Encarna en la memoria de mi paladar. Ojalá, amigas mías, volvamos a vernos pronto y, así, disfrutemos juntos de nuevo de la desinteresada amistad y entrega mutua que tanto nos une.

Queridos amigos:

ando últimamente entregado a la cosa del fogón y no me queda otra (aunque lo hago con mucho gusto) porque si normalmente mi mujer es fina de olfato (que siempre que le doy un poco al frasco me pilla), con esto del embarazo Beatriz ha desarrollado una asombrosa capacidad para oler el suelo y decir a qué hora ha pasado el coche de los malos, de qué color era, cuántos iban dentro, cuántos de ellos fuman, cuántos padecen alitosis y hasta si el conductor llevaba puesto el cinturón o no

Y no exagero. Se pasa el día olisqueando el aire como un sabueso.

De hecho, la van a fichar para el CSI.

Lo malo es que casi todos los olores le dan un asco terrible a la pobre (casi es mejor reírse). Por eso, lógicamente, dice que no puede cocinar, ni abrir la nevera, ni el lavaplatos, ni la lavadora, ni pasar la aspiradora, ni hacer las camas... A veces pienso (pero me arrepiento enseguida de haberlo pensado) que, en cierto modo, me está timando.

Me da la impresión.

Igual ni está emb... No, no, no. Sería demasiado cruel por su parte.

Con todo esto lo que quería decir es que me toca cocinar. ¡Tiembla Abraham que voy! ¡Cocinar yo! La cocina es una de mis más secretas habilidades, tanto que aún no la he descubierto.

Este capricho del destino, junto con algún alineamiento misterioso de Jupiter con la Luna y Tauro, me colocó el otro día al frente de una sartén friendo croquetas con un tenedor de patas largas, cuya curva, según descubrí, es ideal para hacer palanca y darles la vuelta.

Me las prometía muy chulito friendo croquetas con el tenedor de patas largas, imaginando que había descubierto algo nuevo, algo que no viene escrito ni en el "Abraham boca", ni el Simone Ortega ni en la Ley de Igualdad. Estaba a punto de echarme a cantar "Cocinero, cocinero", lo que, estamos de acuerdo, habría sido para darme de leches.

Además, hay que añadir que a ese estado de alegría cocinera contribuye el hecho de que me encantan las croquetas. Yo soy el clásico gocho ansioso que se mete en la boca la croqueta cuando se ve que quema más que un pecado recién cometido. La gente cuando me ve se ríe.

-- ¿Qué? ¿Quema?
-- Hí, hí, guema, guema, ero eh'á ojonúa (1).

Pero yo ya lo sé antes de metérmela en la boca. Lo que me pasa es que me gusta que las croquetas estén hirviendo, lo que hay que calibrar muy bien porque cualquier día me abraso el paladar por ansioso.

Supongo que ya están viendo por dónde va la historia. Yo, el ansioso, friendo croquetas (y juro que antes de acabar la entrada de hoy voy a llamarlas por su verdadero nombre) y esas croquetitas con su cuerpo lleno de curvas, tiernas, doradas como la Garota de Ipanema, calientes, tentándome con su chisporroteo sicalíptico sobre el papel de cocina. ¡Hay que ser muy hombre para decir no!

De pronto, quizá por culpa del tenedor de patas largas (cuyo ascenso a "Útil de cocina" pensaba vindicar), a una de las croquetas que tengo en el fuego se le quiebra la corteza y le empiezan a brotar el relleno como si fuera la lava de un volcán (nunca mejor dicho). ¡Dios! Tendrían que haberme visto intentando retener sus tripas como en una de Tarantino. Si me hubiera sentido un poco Samuel L. Jackson me habría hecho una corbata, pero no, amigos, me sentí Nabokov: cuando me fijo mejor, veo que la hija pequeña de la croqueta se está dorando prometiendo convertirse en un tierno bocado, en la Lolita de las bechameles, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía...

El ansia, ya lo he dicho, me puede. Me metí la crujiente bechamel en la boca directamente de la sartén en cuanto vi que adoptaba un color cobrizo. Y me quemé. Claro. Me quemé igual que el profesor Humbert. Si es que hasta el nombre suena a diablesa bíblica (¡Aléjate de mí, Bech Amel!).

Pero no fue la bechamel lo que me abrasó la boca. Ya lo he dicho. Estoy acostumbrado. Fue el tenedor de patas largas el que, al cerrar mis labios sobre él, me marcó como un hierro candente en la grupa de un caballo, con el mismo suspiro ofidio, chsssssssssss

Cocretamente me hice cuatro quemaduras seguidas en cada labio, como el paso de cebra de mi boca. Una cosa muy moderna

X. Bea-Murguía (Cocinero, cocinero, Mariví. Cocinero, cocinero)

(1) Cita literal de "Ulises", James Joyce.

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jueves, junio 14, 2007

Antes del Racing Culebras

Queridos amigos:

supongo que hacer públicas estas fotos me puede perjudicar, pero este es el sacrificio del bloguero, en la brillante soledad de la madrugada y todas esas chorradas. Publico estas fotos para echar unas risas.

Miren, miren...





Si ponen un poco de su parte, un poco de agudeza visual, no hará falta que les diga quién soy yo de todos ellos. La pista es que no he vuelto a ser capaz de doblarme tanto. Lo veo hoy, con la serenidad que dan los años, y pienso: "¡Qué daño!". Hoy, en esa postura, dejaría de ser dueño de mi esfínter y tendría que ir al traumatólogo para que me enderezara de nuevo.


La foto debió de hacerse en el año 1980, más o menos, en Murguía (Alava). Puede que se hiciera antes, no estoy seguro, pero recuerdo exactamente el sitio donde nos la hizo mi tío Isidro con su Rolliflex. De izquierda a derecha, arriba, mi primo el Gordo (un beso, primo); mi hermano Luis, obvien pensar que era bueno de cabeza porque está acostumbrado a que se lo digan, además lo es, es bueno en todos los usos internos y externos que se le puede dar a la cabeza (planificación, inteligencia militar y derribos); mi primo Coe, que es como mi hermano, ahora es ingeniero y no tiene novia (por si alguna quiere ser como mi cuñada); Jon Cortina, buen amigo de la infancia a quien recordarán porque era el calvo del Eibar y del Ourense, fue el único que, al final, destacó algo en el mundo del fútbol; mi primo Kiko, a quien también considero mi hermano; y Mikel Cortina... Bueno, Mikel. El cabrón de su primo, Rober Bertol (nietos todos del mítico Bertol del Athletic de Bilbao), le llamaba el Cura de Markina. Mikel debutó en primera división con el Athletic y su gran logro fue lesionar a Fernando Redondo en un partido "amistoso" contra el Real Madrid. Un puto héroe. Estaba jodido porque le confundían con Julen Guerrero y, cuando firmaba autógrafos a la salida de Lezama, escribía: "Yo no soy Julen Guerrero". Sin más comentarios, que luego es un rollo, abajo, de izquierda a derecha, Alain Arenaza, yo, Jon Álvarez, mi primo Isidro y Ricardo Cirarda.


Esta otra foto, también es de traca...



La prueba de agudeza visual es localizar a Hormon Wells, dirigiéndose a su puesto, que es siempre el de los comentarios técnicos desde la banda. Miguel, tronco, menos mal que has engordado porque en esta estás clavaíto a ZP. Y Alex, fumando... ¡Qué malos éramos! Luis con la camiseta de los Dead Kennedy... De esta foto, en mi caso y en el de Iñaki de la Torre, puede hacer fácil unos veinte kilos. En el caso de Miguel, cuarenta. En el de Luis y Alex, como viven en el extranjero y ya se sabe que por ahí no se come más que porquerías, están en el mismo peso (más o menos, los cabrones). Juan estaba cerca de la anorexia.

Le leche. Tono, Pelayo, Pedrito, Gonzalo, Javi Martí, Richi, Jaime...

Cosas del barrio. Buenos recuerdos.

Javier

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jueves, junio 07, 2007

Soy un ceporro, pero capaz de autocrítica


Queridos amigos:

un poco de ejercicio autocrítico es mucho más sano que ir a un gimnasio, comer ensaladas de rúcola , dejar de fumar, de beber y de todo. De hecho, el ministerio de Sanidad lo sería completamente si hiciera un poco más de ejercicio autocrítico y un poco menos de contorsión gilipollesca en la espaldera. Así se hace autocrítica, sin paños calientes, a rás:

-- Soy un ceporro.

Ven qué fác... ¿Cómo que no? (Un poco de falsa modestia es fenomenal para la autoestima). Que sí, que se lo digo yo, que soy un ceporro cien por cien.

Soy tan ceporro que estoy por montar una asociación ceporra para ser elegido presidente y aprobar unos estatutos o unos principios fundacionales, entre los que destaque, como principal objetivo, pelear contra la puta costumbre de quedarse frito en el sofá. Esto es una gran idea. En cuanto lo organice todo, en plan ONG sin ánimo de lucro ninguno, les paso el número de cuenta para que empiecen a hacer sus aportaciones pecuniarias.

Odio quedarme dormido en el sofá como un ceporro. (Confesar los odios ancestrales e irracionales es buenísimo para el karma). ¡Lo odio! Pero, últimamente caigo constantemente y me despierto allí, hecho un guiñapo, una piltrafa, un ocho, en una postura inverosímil de "muñeco abandonado por su ventrílocuo"(1), como si no hubiera dormido en toda la noche.

La culpa es de mi señora (repartir culpas es lo mejor para la mala conciencia). Ella adora dormirse en el sofá. Es su costumbre más tonta. Dice, para justificarse: "Es que cojo postura y me da pereza irme a la cama". Así que, ahora, con lo del embarazo, como no quiero que se duerma, en vez de acostarme, como he hecho siempre, a horas que son inconfesables (no quiero pasarme con el autodespelleje), me quedo ahí, en el sofá, vigilante, sonriendo impasible como un despertador a las diez y diez.

¿Quién despierta al despertador?(2)

El martes había House. Me encanta el personaje, que es de un cinismo mordaz delicioso, aunque la serie me gusta cada vez menos porque me parece ya de un rutinario insufrible. La podría protagonizar mismamente un señor inglés que se llamara John Smith y que fuera en tren a trabajar con su paraguas y su bombín, tomara su insulso lunch a las 12.05 horas bajo el mismo árbol de Hyde Park y el té a la cinco viendo la BBC y que, en todos estos días univitelinos, se fuera metiendo con todo Cristo. Sería lo mismo.

Soy tan ceporro que recuerdo haber visto las letras en nebulosa y eso que me quedo para ser yo el despertador. Beatriz me jura y me rejura que me despertó para que me fuera a la cama. Soy tan ceporro que no me entero de nada. Soy un ceporro comatoso.

Lo que más odio de dormirme en el sofá es su despertar amargo, que enciende un rescoldo de mala conciencia en ese preciso segundo en que la teletienda, anunciando un aparato de tortura física (ideal para aquellos que se torturan psíquicamente), y la luz de la lámpara baja del salón te dicen, como dos Pepitos Grillos, que te has vuelto a quedar dormido en el sofá como un gilipollas. En el pequeño vahído posterior al sueño, abro los ojos a un tío supercachas lleno de cables y me pregunto si gimnasia pasiva y pasar de hacer gimnasia es lo mismo.

-- Me cago en diez. Que puto ceporro soy.

Miro el reloj que nos regaló mi cuñado, son las cinco y cinco de la mañana, y decido levantarme... del sofá donde he dormido hecho un osario. Voy a la cocina a preparme el café. Activo el microondas, empiezo a darle vueltas a lo que voy a contar en el blog. La respiración tecnológica del horno me ayuda a concentrarme hasta que el pitido del final de la cuenta atrás, que es afiladamente agudo y muy desagradable, me saca de mi ensimismamiento...

-- La verdad es que estoy hecho una mierda -este es mi momento cobarde de cada mañana, ese en que siento una enorme tentación de volverme a la cama (nunca al sofá), lo que, en verdad, es una coartada para no enfrentarme con el pánico atroz al folio en blanco que se apodera de mí antes de ponerme a escribir-. Que mal sienta dormirse en el sofá. Es como si no hubiera descansado.

Miro con indignación el relojito digital del horno: es la 1.30 h.

Vuelvo al salón. Confirmo que las manillas del reloj que nos regaló mi cuñado son muy parecidas en tamaño y forma y me voy a la cama.

-- ¿Has usado el microondas? -me pregunta mi mujer, que aún está leyendo en la cama.
-- Soy un ceporro.

X. Ceporro-Murguía (capaz de autocrítica).

(1) Dice David Torres que Truman Capote describió así a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir dormidos, apoyados el uno en el otro, completamente borrachos en un sillón.
(2) De "La mesa limón" de Julian Barnes, "¿Quién le corta el pelo al peluquero?", que es una variación del dilema, mucho más preocupante, "¿Quién vigila al vigilante?".

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jueves, mayo 24, 2007

Descalzo por Estocolmo con mi cuñao


Queridos amigos:

si van a Estocolmo, háganme caso, lleven calcetines nuevos. Nada de tomates a lo Paul Wolfowitz que les pueden sacar los colores. Los suecos tienen por costumbre descalzarse al llegar a una casa, propia o ajena. Dejan los zapatos en la puerta, bajo el perchero, con toda la normalidad del mundo, como si lo llevaran haciendo siglos (probablemente eso es lo que pasa) y entran sin hacer ruido.

Ahora entiendo que los extranjeros se descalcen por todas partes. En España, no tenemos esta costumbre, que podría no ser bien recibida, además, en según qué casa, pero, por supuesto, hay tantas maneras como países y yo no pretendo decir que lo nuestro es mejor. Ni mucho menos. Digo que es distinto y que estas cosas a mí me llaman la atención. En Estocolmo he asumido que estoy en casa ajena y me he comportado como si fuera sueco de toda la vida, como un Alfredo Landa enamorado de las suecas, y mis zapatos se han desprendido del pie con la facilidad de los zuecos, lo que, por cierto, como trataré de contar, casi me cuesta un buen resfriado. En Estocolmo, en definitiva, he desayunado Kaviar y me he hecho el sueco.

Aunque en Suecia en las bodas no se reparten puros, le dije a Peter, el novio, y él se mostró completamente de acuerdo, que toda buena costumbre tuvo una primera vez. Así que llevé una caja de puros, muy ricos, muy sanos, para la boda. Me tocó, encantado, asumir otra costumbre sueca: la de los discursos en las bodas. Fui invitado por el hermano del novio, Thomas, a hablar de los puros o a decir lo que quisiera, así que me puse de pie (aún no estaba descalzo, que conste, que las costumbres suecas se asumen pero de una en una) y solté mi discurso, en inglés, breve e improvisado, dedicado a Peter y a Charlotta, y que provocó en los invitados la habitual reacción de lluvia de ropa interior femenina. Es mi natural charm. Cuando me senté en mi sitio, como mi hijo Rodrigo había visto que la gente se había reído con mi discurso, vino y me soltó un...

-- Papá, ¿ya has estado diciendo tonterías?
-- Sí, hijo, ya sabes.

Entre las tonterías que improvisé (nada de valor ni técnico sobre puros, no se vayan a pensar que me hice el listo... De eso nada), les dije que había traído aquellos puros, pero que eran muy malos para la salud, que no se los recomendaba. Esto hizo mucha gracia, porque, claro, en ese momento yo no caí en lo malo para la salud que, verdaderamente, puede llegar a ser fumar un puro en una boda sueca por la noche... en la calle.

Los suecos son, por lo menos los que yo he conocido, gente tan absolutamente amable y cordial como lo fue Sofía, la encantadora editora y modelo que me sentaron al lado en la boda (desde aquí siento su envidia y no me extraña: es para tenerla) que me tradujo los discursos y las canciones. Lo digo porque no hubo un solo fumador de puros que, en la solidaridad del frío nocturno, obviara acercarse a mí y decirme: "Buen discurso. Buen puro".

Entre los que se acercaron a alabar el puro, Jonas, un sueco enamorado de Cuba y de los habanos que estaba sentado en mi mesa. Esto ya se lo contaré, porque no es una casualidad.

La fiesta terminó a la una de la madrugada y tanto mi cuñado Diego como yo estabamos más por seguirla que por irnos a la cama, como era intención de nuestras mujeres (la mía se había marchado a la cama hacía un par de horas), así que, aunque estábamos dispuestos a conocer Estocolmo de noche por nuestra cuenta si fuera necesario, pedimos voluntarios para seguir la juerga.

Sería un poco largo explicarlo y no aportaría mucho a la historia: fuimos invitados a casa de Jonas a seguir la fiesta. Encantados. Llevamos a la suegra de Peter, a mi cuñada Wenneke y los regalos a casa, donde todo llegó intacto... jeje... Bueno... Todo, todo, no. Cogimos un taxi, que conducía un argentino, y nos plantamos en casa de Jonas.

Al entrar, nos descalzamos. Yo tenía un tomate en el calcetín, pero en la planta del pie, donde no se ve (menos mal). Eran más de las dos de la mañana. Estaba empezando a clarear la noche. Amanecería en poco más de una hora. Jonas nos ofreció un manhattan.

-- ¿Qué es un manhattan?- además de una isla, claro.
-- Un whisky con Martini Rosso y angostura... Está muy bueno. ¿Quieres probarlo?
-- Vale -le dije y me acordé del martini seco de Buñuel-. Pero pónmelo sin angostura y sin Martini Rosso- y, luego, ante la cara de asombro de Jonas y las risas de los demás, añadí-. Es una broma- y traté de explicarlo, pero fue inútil: no sabían quién era Buñuel... Sólo conocían a Pedro Almorrana. Nadie es perfecto.

Aún más amable todavía, Jonas me honró con un Montecristo nº2 que casi me arranco y le doy un beso en la calva. Fui a encendérmelo, pero en Estocolmo, a las dos y media de la mañana, se fuma uno un Montecristo del dos en la terraza... Así... Descalcito... Con mi tomatito en la planta del pie... No estaba ni en mi casa ni en mi país y, por supuesto, acepté la amable invitación de Jonas y me salí a fumar con él, hasta que ya no pude aguantar la quemazón fría de las baldosas de la terraza en los pies (sobre todo en el circulito del tomate). Eran las tres y media de la mañana y ya era de día.

Yo tenía los pies helados y Diego, hipo, así que, después de un discurso contra Gaudí (con el que yo no me mostré de acuerdo) decidimos irnos. Dimos las gracias al anfitrión y Jesper y Cecilia se ofrecieron a llevarnos a casa. Además, Diego andaba agobiado porque su truco infalible contra el hipo no le había funcionado y, ya se sabe, eso da mal rollo.

-- Te parecerá raro -me dijo mientras se llenaba la boca de líquido, doblaba el tronco, como si quisiera tocarse los pies descalzos con la punta de la nariz, y tragaba - pero a mí se me pasa así.
-- Raro, no, lo que me parece es que podría llegar a ser peligroso para tu integridad que te entrara hipo según dónde estés... Pero, vamos, por lo demás, creo que deberías intentarlo con agua en vez de con un manhattan.

X. Bea-Stockholm (HIP... HIP... HIP...)

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